La afición fiel no falló ante el Benfica pese a la lluvia

En el Camp Nou no hay sitio para los infieles

OPINIÓN

Ivan San Antonio

@sanantheone

El 22 de diciembre de 2017, quien escribe expuso lo siguiente: “El Camp Nou es una valeriana gigante. El teatro del sueño. Literalmente. La Grada d’animació, cuyo objetivo es abofetear a la afición para que despierte de su somnolencia, logra todo lo contrario: el socio se siente liberado de su teórica responsabilidad para animar al equipo porque ya hay quien se encarga de ello”.

Era la época en la que el ‘Seient Lliure’ estaba en pleno apogeo y los turistas ocupaban todo tipo de localidades tras haber hecho el ‘tour’ por el museo y acababan de comprar la camiseta de aquel año en la FCBotiga. Las arcas del club estaban llenas gracias al ‘guiri’, a ese aficionado ocasional que el resto del año sigue la actualidad a través de Twitter. Alquilaban el asiento de algún abonado, se sentaban, comían y celebraban algún que otro gol. A las pocas horas, de vuelta al aeropuerto y ‘cap a casa’.

Había (o eso parecía) dinero en la caja y Messi, la gallina de los huevos de oro, lucía el brazalete. El Camp Nou era una atracción turística, como visitar la Sagrada Familia o pasar el día en Port Aventura. Los días de vino y rosas convirtieron al templo blaugrana en un muñeco de cera, una caricatura triste de una realidad esplendorosa. Solo se activaba en las grandes noches, vestido de etiqueta o, lo que es lo mismo, con camisetas ‘vintage’ de Meyba y Kappa, con sus socios abonados acudiendo en masa o dejando sus carnets a amigos y familiares. Lo que pasaba sobre el césped, un fútbol que empezaba a languidecer pese a mantener aún cierta dignidad, nada tenía que ver con la fiesta silenciosa de una grada que, del himno, solo conocía la estrofa “¡Barça! ¡Barça! ¡Barça!.

Por eso Xavi, nada más sentarse en el banquillo, flipó. Por eso dedicó estas palabras a su gente en rueda de prensa tras ganar al Espanyol: “He apreciado un cambio tremendo, parece otro estadio”. No lo parece. Lo es. Porque quienes acuden al Camp Nou hoy son sus fieles, los que sienten el club como propio, los que están dispuestos a dejarse los pulmones gritando su nombre: padres,abuelos, hijos y nietos a los que el resultado les importa muy poco si ven a su equipo dejándose la piel por el escudo. Quienes apostaban al ‘Seient Lliure’ este año se han dado de baja y los que quedan han convertido el estadio en aquello que nunca debería haber dejado de ser. El culé ha regresado a su casa, la ha abierto de una patada y ha dicho “aquí mando yo”. No hay sitio ya para quien no suda los colores, para quien no sale afónico y emocionado tras cantar el himno bufanda al viento diga lo que diga el marcador. Orgullosos de pertenecer al mejor club del mundo.

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