Kipchoge caminó por encima de las aguas

Kipchoge caminó por encima de las aguas

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Eliud Kipchoge, por Marcelo Dematei

1) Mientras se corría la maratón, en las iglesias de todo el mundo se estaba rezando sin que los feligreses se dieran cuenta, que, en esos precisos instantes, la única prueba irrefutable de la existencia de Dios era ver como Kipchoge volaba literalmente por las calles de Río.   

2) Kipchoge hoy hizo el milagro de correr por encima de las aguas mientras el resto de los mortales se tenían que conformar con pisar charcos.

3) Vino siendo el mejor de los 400 atletas en su país que habían conseguido mínima olímpica. Y en su tierra sólo él consigue hacer mortales a sus 399 paisanos, que, en cualquier parte del mundo ganan maratones comerciales. Kipchoge es una figura. Kipchoge es el supermaratoniano. Uno de esos desconocidos que, probablemente ni usted ni yo, conoceremos en la vida, pero de encontrárnoslo en la calle no dudaríamos en darle un abrazo por los momentos de plenitud y satisfacción que ha dado a este deporte tan necesitado de amor y bondad como la suya. Los que hayan sintonizado hoy la tele, podrán decir que han visto a un hombre de maratón. Pero nos estaríamos equivocando, porque Eliud, antes de ser el cocinero del asfalto fue un fraile en el tartán. Un atleta completo de la cabeza a los pies en todas sus suertes, rápido en pista, estratega y resistente.

4) Kipchoge no es un hombre que viene de la nada, como suele suceder con los Etíopes que arrancan 2h 4´ en el maratón de Dubai sin que antes nadie los haya visto pisar un tartán. En cambio, su curriculum deportivo se puede enseñar en las escuelas, y no sobraría ningún detalle. Hace algunos años atrás, cuando era atleta del 5 mil, supo ganar el Bronce y Plata en las olimpiadas de Atenas y Pekin. Casi nada. Luego vino lo que más o menos todo el mundo sabe: 5 victorias de 4 maratones disputadas (y con esta de hoy ya van 6) incluyendo su extraña épica en Berlín al ganar con las dos plantillas sobresaliendo en los laterales de las zapas. Una circunstancia de abandono para cualquier mortal. En cambio, en sus pies, esas incómodas plantillas amarillas parecían dos alitas de canario cantarín que se agitaban y le llevaban en volandas hasta la puerta de Brandeburgo. Este señor ha nacido atleta y se morirá como tal. Viene de una progresión coherente, lleva el atletismo tanto en la cabeza como en el corazón, y posee un carisma y un sentimiento muy tangible que le hace ser hoy el espejo en el que se pueden mirar los fondistas de todo del mundo.

5) Él no se arruga, es valiente a carta cabal, no es como Kipsang o Kimeto que en el pasado mundial de Pekín se quitaron de en medio, bien por el calor, o porque prefirieron reservarse para conseguir el botín que les esperaba en los maratones de las grandes ciudades. Una cosa muy lícita cuando has pasado hambre. En cambio, Kipchoge también ha pasado hambre, pero ahora no. Prefiere la gloria olímpica a la ambición económica. Es de otra pasta, fiel a sus ideales, y ha convertido el atletismo en una declaración de amor y de principios. Corre por intuición y no es de esos metódicos atletas cansinos que van con el cronómetro hasta para ir a evacuar. Kipchoge corre por sensaciones y a lo que el cuerpo le pida. Prueba de ello lo vivimos en Londres donde pudo hacer el récord del mundo, y se quedó a 8 segundos, precisamente, por no prestar atención al crono y dedicar su último kilometro a la tarea de saludar a las personas que lo aplaudían en un acto de generosidad muy bonito por su parte.

6) El cuento empezó con lluvia. No era el día ideal para correr una maratón, desde luego. Adelante iban Chinos, Ugandeses, Etíopes, Americanos y Kenianos…las naciones unidas con gafas de sol y gorras de visera. Iban todos juntitos, en fraternidad, a un paso lento, de 3:09 el kilómetro. Un trotar bajo la fina lluvia de Río. En el 10, Kipchoge, se colocó en medio, siempre vigilado por “la espiga dorada”, el americano Rupp. Entonces el keniano, se puso de charla con Korir y Biwot, y el Ugandés Kiprotich (compañero de entreno). El trío lo miraba incrédulo como diciendo: “Aquí nosotros sacando la lengua y tú de cháchara“. Y era cierto. Todos respiraban por la boca, menos Kipchoge que, la llevaba cerrada, con el gesto imperturbable. Él, a diferencia del resto, corría como si estuviera entrenando por la pista de arcilla roja de su Kenia natal. Afortunadamente, sobre el kilómetro 20 dejó de llover, y el cerro del Cristo de Corcovado quedó cubierto por una espesa niebla y en el ambiente había tanta humedad que, de haber sido legal, los atletas habrían llevado enganchado en sus gorras, unos parabrisas de buena gana. La cosa fue fluyendo y algunos empezaron a librar sus propias batallas con la prueba. La más original de todas, sin duda, la libró Ibrahim Bekele que, descubrió en sus carnes, que hay momentos muy contados en la vida de una persona en los que los cordones de tus zapatillas están vivos y te vienen a joder la existencia. Tuvo que remontar hasta tres veces el grupo de cabeza y, finalmente, amargado, desistió o explotó.

7) En el kilómetro 30, Kipchoge al aparato, se quedó sin sus paisanos y decidió que había que correr por la gloria de los suyos que habían caído 2 kilómetros antes. Entonces se quitó la gorra, iba a pelo, sin condimentos, ni aderezos, sin gafas, ni sombreros, solo con su calva cortando el viento a 3´y ¡Milagro! Rupp que parecía que se había descolgado, llegó a donde estaba él y el etíope Lilesa, con la comisura de sus labios blanca por la saliva reseca. Aguantó como un jabato. La pasión, el sufrimiento, la resistencia…estaban en las calles de Río. El show era una delicia.

8) En el kilómetro 35 llegó el momento histórico: Lilesa tras los pasos de Kipchoge, no podía con su alma, y este, en un bonito gesto de compañerismo que quedará grabado en nuestra retina, le dio ánimos al etíope para continuar como si de su liebre se tratara. Pero no pudo seguir y el keniano se quedó solo.

9) En un esfuerzo supremo llegó el tramo final de carrera, y una vez enfocó Kipchoge la interminable recta que apuntaba a la meta, aquello parecía el pasacalle del ejercito militar Brasileño para evitar todo el caos y el desenfreno que vivieron las chicas.

EFE (SPORT)
EFE (SPORT)

10) Finalmente, Kipchoge consiguió el oro, Lilesa Plata, y en un esfuerzo mayúsculo, Rupp, hizo bronce con el merito añadido de haberse pegado una buena paliza hace unos días en el 10 mil, y sabiendo que la maratón no es una prueba amiga que reciba a la gente con abrazos sino llegas fresco a su cita.

11) Las cruces de Lilesa. Todo el mundo se preguntaría en casa porque Lilesa, al llegar 2º a línea de meta, hacía una equis con sus brazos cerrando los puños en tono de reivindicación que el mismo se encargó de aclarar luego en rueda de prensa. En plena fiesta dejó repentinamente a todo el mundo helado: “Fue una protesta, porque soy Oromo, y en Etiopía los Oromo somos reprimidos por el Gobierno. Nos matan y nos encarcelan, somos sospechosos por el simple hecho de ser oromo. Tengo parientes presos y llevaré la protesta de mi gente allí adonde vaya”. Ahora hay que esperar la reacción del olimpismo ante la situación de este chico que no puede regresar a su país. Estaremos atentos y no es moco de pavo porque parece que necesitará protección.

12) Carles Castillejo ya lo dijo en Amsterdam: “¡En Río me jubilo!”. Y parece que es así. Se va el auténtico y genuino hombre orquesta del fondo patrio, que ha sabido tocar con digno primor todas las pruebas del medio fondo (y fondo), y en cada una de ellas interpretó una música ejemplar con sus zancadas. Ahora ya nadie te podrá decir que no puedes correr carreras populares porque eres un corredor de élite. Te seguiremos atentos. Adéu, Carles.

13) Hoy más que nunca diremos las gracias en Keniano: “Shukrani Kipchoge”.

Ilustración: Marcelo Dematei (marcelodematei.com)

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