Antoine Griezmann está dispuesto a volver al Atlético

Así se usó a Griezmann para hacer ‘mobbing’ a Messi

OPINIÓN

Ernest Folch

@ErnestFolch

A Griezmann no se le fichó por razones deportivas, sino políticas: la obsesión de la junta de Bartomeu era reequilibrar el poder dentro del vestuario blaugrana.

La triste historia de Griezmann con el Barça, que terminó la madrugada de ayer miércoles, empezó tan mal como ha acabado: con un sonoro ‘No’, el 14 de junio del 2018, en un documental producido por Piqué y celebrado por Umtiti con unas palomitas. ¿Por qué entonces Griezmann fichó por el Barça un año más tarde, tras aquella humillación innecesaria, cuando su rendimiento ya había bajado y además hubo que pagar la descomunal cifra de 135 millones (120 + una delirante posterior penalización de 15)? Esta es sin duda una de las preguntas del millón de los últimos años en can Barça. Dicen que, un día, ante su inminente fichaje, Messi le preguntó a Valverde en qué posición jugaría Griezmann y que el entonces entrenador blaugrana bajó la cabeza y fue incapaz de responder una sola palabra, como si ya intuyera la futura desubicación en la que viviría el delantero francés el resto de su vida blaugrana.

Dicen también que el día en el que los capitanes se enteraron de que podía venir, le preguntaron a Bartomeu si la información era verdad. Les dijo que no, y les mintió. Fue entonces cuando este periódico publicó una polémica portada titulada “El vestuario NO quiere a Griezmann”, que a pesar de que fue desmentida por algunos que no tenían la información adecuada, no solo se demostró verdadera sino que además fue premonitoria del desastre que vendría más tarde. Porque el principal problema del fichaje de Griezmann fue que nunca se hizo por razones deportivas: la prueba es que nunca nadie, ni él mismo, terminó de saber dónde y por qué debía jugar. Porque, como reconoce ‘off the record’ más de un directivo de la anterior junta, Griezmann vino al Barça con un solo objetivo: reequilibrar el poder dentro del vestuario y quitar influencia a Messi y Suárez.

Lo de menos era su rol en el campo, se trataba de que emergiera una nueva estrella blaugrana fuera del círculo de influencia sudamericano. O dicho de otra manera: Griezmann fue una herramienta (carísima) para hacer ‘mobbing’ a la aristocracia del vestuario. El resultado deportivo fue el fiasco de sobras conocido: más allá de haber sido un ejemplo de esfuerzo, de haber destacado en defensa y de unos números más o menos correctos, la influencia de Griezmann en el juego fue directamente nula y el propósito con el que supuestamente se le fichó (lograr que el equipo fuera más competitivo en los partidos decisivos) resultó un fracaso sin paliativos. La paradoja es que su llegada, pobre deportivamente, fue en realidad eficaz desde el punto de vista del ‘mobbing’ y supuso, sin ni siquiera quererlo él mismo, el principio del fin de Suárez (despedido el verano del 2020) y el adiós de Messi (despedido este verano). En realidad, Griezmann es seguramente el menos culpable de todo este desaguisado. Como tampoco lo es la junta actual, que ha priorizado (aunque de manera improvisada) una salida por la puerta de atrás, que ya no podía esperar más.

Donde las dan las toman

El madridismo se pasó un verano mofándose de la pasividad del PSG cuando el Barça quería fichar a Neymar, y ahora ha recibido una taza del mismo caldo: la humillación que el club francés ha endosado al Real Madrid, al que ni siquiera le ha respondido su oferta final de 200 millones, ejemplifica por sí sola la inversión de poderes en el fútbol. Los nuevos ricos han asaltado el poder y ahora se ríen de los clubs viejos y envejecidos. El no fichaje de Mbappé servirá para que el entorno madridista choque de bruces contra esta nueva realidad.

Nadie merece el ‘10’ (todavía)

Asignar el ‘10’ a Ansu puede ser una estrategia de marketing, pero es una nefasta y peligrosa idea. Primero, porque es una evidente falta de respeto a una leyenda como Messi. Segundo, porque es ponerle el listón demasiado alto a un excelente jugador que aún tiene mucho que demostrar. Un dorsal como el ‘10’ se gana en el campo, no en un despacho. No costaba nada dejar el dorsal libre una temporada, o las que hicieran falta, a la espera de un heredero que se lo mereciera. 

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