El 'cruyffismo' murió con Guardiola

El 'cruyffismo' murió con Guardiola

Ivan San Antonio
Johan Cruyff, dando instrucciones a Pep Guardiola
Johan Cruyff, dando instrucciones a Pep Guardiola | sport

Cuando esté usted tomando una cerveza en los bares de Travessera de Les Corts, al lado del Camp Nou, y se les acerque alguien susurrándole al oído que “el juego del Barça cada día es menos cruyffista”, abrácenle y respondan, también al oído no sea que alguien no lo entienda, que “el cruyffismo murió con Guardiola”

Y así es, el ‘cruyffismo’ ya solo existe en el imaginario colectivo de quienes pintan canas y muchos de ellos ya no se reconocen en esa forma de interpretar el fútbol porque se han vuelto rehenes del ‘guardiolismo’. Pep Guardiola, de hecho, es el último gran ‘cruyffista’. De todo aquello que aprendió de Johan y con todo aquello que él aportó construyó la mejor máquina de jugar a fútbol nunca vista. El problema, si es que existe algún problema, es que sublimó tanto la idea de Cruyff que en el recuerdo imaginario colectivo de quienes rondan la treintena el cruyffismo es lo que jugó Guardiola. Y no se dan cuenta de que el ‘guardiolismo’, en realidad, no existe. Fue una ilusión temporal, un milagro irrepetible tan bestia que ha borrado de un plumazo el recuerdo del propio Johan Cruyff, cuya idea es la base de todo, pero cuya forma de jugar tiene múltiples réplicas siempre que esas réplicas tengan en mente respetar la posesión, jugar al ataque, la mentalidad ganadora y la falta, la absoluta falta e incluso la negación total de cualquier atisbo de complejos. También eso sublimó Pep, metiendo sin querer en un cajón el abecé expandido por transmisión oral, sin método escrito, de todo aquello que Johan predicó durante toda su vida, desde su etapa en el fútbol base del Ajax, recién salido de Betondorp. 

Toca volver a Cruyff, toca acariciar sus esencias sin manipularlas. Toca olvidarse del ‘guardiolismo’ como espejo en el que mirarse porque lo que veremos reflejado en él será solo una burda caricatura llena de imperfecciones. Volvamos a 1992 y pidámosle al equipo que juegue con el cerebro, la única forma que existe de practicar el fútbol, regresemos a 1994 y suframos con el Barça porque sufrir, padecer y llorar es el primer paso hacia la victoria. Transportémonos a La Coruña y lloremos de emoción con el gol fallado por Miroslav Djukic. Proyectémonos sobre el césped del Heliodoro Rodríguez y sintamos la gallina de piel gracias a los goles de Pier y Dertycia celebrados con el sonido metálico de un transistor. Dejemos atrás, de una vez, el fútbol que nunca más volveremos a ver y confiemos, otra vez, respetándole con veneración, en Cruyff. Volvamos al ‘cruyffismo’ o nunca más volveremos a disfrutar de él

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