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La última lección de Esther Guerrero

La mujer, cuya derrota impresionó al mundo en los JJOO de Río de Janeiro,  radiografía aquella gloria agridulce sin pánico 

Queda su sonrisa y ese trozo de nostalgia hoy, en la frialdad del mes de octubre. Una tarde anónima en la que todavía no establecimos el derecho a olvidar lo que pudo ser una proeza de Esther Guerrero (Banyoles, 1990) en aquella serie de 800 metros de los JJOO de Río de Janeiro. Pudo ser pero no lo fue. Una broma o un regalo del destino que, sin embargo, no impidió esa clamorosa fotografía de la atleta. Una derrota llena de épica o de rabia de las que se pueden hablar toda la vida, poner de ejemplo en los colegios o en las luchas de hermanos. Perdió pero no perdió Esther Guerrero, que pudo ser el icono de esos Juegos y, de hecho, lo fue durante unas horas y acaso unos días. Lo tuvo todo en un momento, hasta la derrota para abrazarse a ella y reconocer con ella que el mundo no siempre fue justo. Así que hoy, separados por unos meses de esa fotografía, está en nuestra mano la posibilidad de resumir una vida en los 2’01″85, que duró su participación en los Juegos Olímpicos.

Foto :COE
Foto :COE
“Todavía me sorprende la importancia mediática que se dio”

 “La gente empezó a interesarse por mí”, explica hoy sin desviarse de sí misma, la mujer que aprecia su trabajo y su vida, una vida de lo más corriente, ciudadana de a pie. “Vivo en mi casa, pongo la lavadora, voy al supermercado a hacer la compra y viajo en Metro cuando voy a Barcelona”. Así que lo que realmente cambió fue su álbum de fotografías y hasta su discurso, todavía inseparable de aquel día en Río de Janeiro… “y no es que haya visto muchas veces la carrera, porque apenas la he visto”, replica. “Pero todavía me sorprende la importancia mediática que se dio a esa carrera. No me lo podía ni creer, sobre todo porque ni yo misma tenía claro lo que hacer hasta que vi que el grupo se frenaba y me dije a mí misma: ‘o haces ahora algo o te vas a quedar con mal sabor de boca’, y lo hice y entonces me pregunté, ‘¿por qué no me siguen?’, y ahora me doy cuenta de que estaba equivocada, de que pensaba más en las demás que en mí misma y de que así no se puede correr. Por eso cuando llamé a mi entrenador, que vio la carrera desde su casa de Manresa, me dijo que no estaba contento y lo entendí. Claro que lo entendí y perfectamente, además”.

 Sin embargo, en esas mismas horas Esther Guerrero se estaba haciendo famosa. Harry Potter tampoco lo hubiese entendido. “Gente que no me conocía de nada empezó a interesarse por mí, a preguntarme cosas que los que me conocen ya sabían, que soy una atleta luchadora que no lleva una carrera, precisamente, corta”. Pero entonces el carrusel de felicitaciones fue digno de un concurso de televisión. Sobrevivió durante días imperfecto, como casi toda derrota, pero verdadero. Nada, sin embargo, capaz de equivocarla a ella en esa soledad que sabe tanto de nosotros . “Las felicitaciones no lograron asustarme. Creía más en mí que en ellas. Sabía que había llegado a los JJOO en mi mejor estado. Había corrido este año seis veces en 2’01” y me quedé con las ganas. Tuve la sensación de que podía haber dado más y de que los que luego me decían, ‘Esther, ¿no te cansaste antes de tiempo?’ llevaban razón”, explica sin nada que reprocharse, pese a todo. “Hice lo que pude. Lo di todo. No tenía más”.

Foto: COE

Sin embargo, tampoco admite que la fotografía disimulase su fracaso. “En mi vida por ahora no existe el fracaso”. Y no admite la réplica del periodista. “No toda la gente ha nacido para ser campeón olímpico”. Y la duda es si Esther podrá serlo algún día, una duda que tampoco se resolverá en esta conversación. “Prefiero ir año a año”, desafía como radiografía de sí misma, alejada totalmente del icono del verano.

“No soy ni siquiera profesional del atletismo. Trabajo en el club de atletismo de mi pueblo, donde soy coordinadora de la escuela municipal y sí es verdad que este año voy a reducir las 30 horas semanales para dedicarme más a entrenar. Yo nunca he doblado. Nunca he hecho más de siete sesiones semanales. Mi única sesión era por la tarde noche después de trabajar”.”Así era imposible que pudiese enloquecer”, admite con el realismo de la mujer que nunca va a sobrevalorar lo que pasó. “¿Por qué? ¿Qué sentido tendría? En realidad, yo olía que me iban a ganar y tenía que jugar mis cartas. En medio de la lucha nunca te puedes hacer pequeña”.

“No me iría ni a Portland”

Son ideas que hoy se repiten en su discurso sin mal humor, “porque otra cosa no tiene sentido. Si en dos años he pasado de correr en 2’08” a hacerlo en 2’01 los 800 metros, ¿por qué pensar que aún no puedo mejorar? No voy a menospreciarme ni a dejar de intentarlo. Sé como soy y con eso es suficiente. Sé los nervios que paso antes de competir y sé que entonces tengo mis dudas. Pero voy a trabajar por corregirlas y no voy a dejarme deslumbrar por la importancia mediática que se me dio en Río de Janeiro”. Y entonces lo razona ella misma con una seguridad que no hace falta ni explicar.  “Al fin y al cabo, fui la 40 clasificada en los JJOO y yo no había viajado ahí para eso”.

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“No hago más que pensar en el Europeo de Belgrado de pista cubierta. Tengo esa intuición. Quiero tenerla”

Y no se sabe si esa es vida de  medallista olímpica. “Pero es la que me gusta, la que necesito, la que he querido y la que quiero. Yo no me iría a la Blume de Madrid ni a Portland a entrenar con Alberto Salazar”, replica. “Yo no quiero salir de mi pueblo, porque estoy encantada aquí y aquí tengo mis recursos. No se sabe hasta donde puedo llegar, pero mi entrenador y yo sí sabemos que nos queda recorrido. Ahora bien, eso pasa por ir al día. Hay gente que al acabar los Juegos de Río ya estaba pensando en los de Tokio y eso es algo que a mí ni se me ocurre. Prefiero vivir al día y si hace falta fijar un objetivo próximo no hago más que pensar en el Europeo de Belgrado de pista cubierta. Tengo esa intuición. Quiero tenerla”, añade sin miedo al pasado ni al futuro que nunca debería ser más fuerte que ella.

 “Llevo corriendo desde los siete años. Sé quién soy y como es esto. Hasta mi propia hermana es atleta y ya ha estado en Estados Unidos compitiendo con una Universidad. Y todo eso te ayuda a saber más”, insiste Esther, la misma mujer a la que los que adoraron en el mes de agosto tal vez ya no reconocerían en una fotografía. “Pero no pasa nada. La vida es así o puede ser así. Por eso prefiero valorar el momento, la emoción que me produce como atleta ser capaz de emocionar a los demás, el hecho de que tu familia, tu entrenador vengan a felicitarte… Eso es lo que realmente no tiene precio”, añade ella, la atleta o la mujer que está a punto de terminar de leer el libro ‘Sin fronteras’ de Vicente García Campos y cuyas páginas también refuerzan esa idea suya de la vida en la que nunca se sintió protagonizando un anuncio de televisión ni liderando la próxima revolución. Ni siquiera aquellos días de agosto en Río de Janeiro. “Somos humanos, no somos extraterrestres”, replica antes de que esa foto vuelva a intentar separar sus pies de la tierra. No lo hará. Octubre tampoco sería mes para hacerlo.


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