Sudamérica, víctima indirecta de la Superliga europea

El nuevo formato de competición afectaría a muchos jugadores de Latinoamérica

Entre los países con más futbolistas participantes destacan Argentina, Brasil y Uruguay

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Doce de los clubes más poderosos del planeta han cumplido su amenaza de golpear el tablero del fútbol mundial y, como un tsunami, sus efectos pueden expandirse por todos los mares del planeta. El anuncio del lanzamiento de una futura Superliga europea y la furibunda reacción de la UEFA han encendido todas las alarmas al otro lado del Atlántico. La mirada, claro, está puesta en lo que pueda ocurrir con la participación en sus respectivas selecciones nacionales de los futbolistas que juegan en los equipos europeos “separatistas”.

La cesión de jugadores a las selecciones es un viejo tema que transita por las entrañas de los clubes ricos. De hecho, el tema fue parte de la agenda en la reunión donde se conformó el G-14, en 1998, la semilla del movimiento que ahora parece culminar con este intento de organizar un torneo por su cuenta. 

Si para una entidad pequeña, el hecho de que un futbolista propio sea convocado a defender los colores del equipo nacional es motivo de orgullo -al margen de la revalorización económica que significa-, para los poderosos se fue convirtiendo en una piedra en el zapato. Ausencias más o menos prolongadas, largos viajes transoceánicos, lesiones, sobrecarga de partidos, reducción de los descansos entre una temporada y otra son los argumentos que esgrimen los dirigentes de esos clubes. “Nosotros les pagamos muchos millones al año para tener que arriesgarnos a que se rompan en un partido con su selección”, es el discurso que repiten desde entonces.

Argentina, Brasil y Uruguay, los que llevan más jugadores

En el caso sudamericano, el tema es especialmente conflictivo. Argentina, Brasil y Uruguay, por encima del resto, están repartidos en los doce equipos “fundadores” de la Superliga -y en varios de los que suenan como candidatos a sumarse en el futuro- a un elevado porcentaje de sus estrellas. En menor medida, pero también Chile, Colombia, Ecuador y Paraguay se verían afectados si el resultado de una guerra que ya ha comenzado fuese una prohibición que recaiga sobre esos jugadores. 

No podrán participar en Copas del Mundo o Eurocopas”, fue la primera declaración apresurada que hizo al respecto Aleksander Ceferin, el presidente de la UEFA, y de solo pensarlo, a este lado del océano un temblor frío recorre el cuerpo de las federaciones nacionales y de la propia Conmebol, que por el momento no se ha pronunciado sobre el tema.

La bomba acaba de explotar y resulta demasiado prematuro saber con precisión algunos detalles. Por ejemplo, cuándo comenzaría a tener efecto esa eventual sanción sobre los futbolistas. Podría ser en el momento en que la pelota empiece a rodar, pero también ya mismo, como medida de presión. 

La idea de los organizadores es dar el puntapié inicial “lo antes posible”, es decir, en la temporada 2021/22, o la siguiente como muy tarde, y ello tendría incidencia directa en el Mundial de Qatar. Si el proyecto se concreta y la UEFA, con el lógico apoyo de la FIFA, cumple con sus amenazas, Lionel Messi, Edinson Cavani o Gabriel Jesús, por poner algunos ejemplos, ni siquiera podrían defender a sus selecciones en lo que resta de las eliminatorias para la cita de noviembre de 2022.

Así como en 1995 las repercusiones de la Ley Bosman modificaron para siempre la estructura del fútbol mundial, y no solo en Europa, esta “revolución de los poderosos” que plantea la Superliga parece ir en el mismo sentido. Quedan muchas batallas por librar y habrá que estar atentos. Mientras tanto, en Sudamérica nadie puede sacudirse el susto por el estallido de una guerra que de una u otra manera lo tendrá como víctima indirecta.

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