El emperador que abdicó

El emperador que abdicó

Adriano, en un duelo ante el Valencia
Adriano, en un duelo ante el Valencia | EFE

Adriano maravilló al mundo dominando la Serie A con 20 años, pero acabó dimitiendo del fútbol a los 25

Era un ídolo y un futbolista absolutamente dominador del juego. Incluso en la Champions League, ante los grandes, el brasileño no hacía prisioneros

“Este año no hay otro rey que Adriano”, escribió Enric González en las páginas de El País en septiembre de 2004. El corresponsal del diario estaba en Italia cuando Adriano Leite Ribeiro protagonizó su explosión. Fue un estallido ensordecedor que, sin embargo, duró poco.

González tenía razón, al brasileño se le debía disfrutar en presente: “Quien no vio a Bernd Schuster en el Europeo de 1980, no vio jugar al auténtico Schuster. Quien conoció a Franz Beckenbauer en los años 70, descubrió a un gran directivo que se alineaba como defensa libre en el Bayern y la selección alemana, pero se perdió al maravilloso centrocampista que fue antes. A Ronaldo hubo que verle en el Barcelona; a Cruyff, en el Ajax. Y a Adriano Leite Ribeiro, 22 años, hay que verle ahora mismo”.

Hubo un tiempo en el que el mundo del fútbol se rindió ante la evidencia. Su superioridad en el césped era tal que nadie osaba dudar de los Balones de Oro, en plural, que iba a ganar Adriano en una carrera que se auguraba histórica, comparable a las de sus compatriotas Ronaldo o Rivaldo. Era el ‘Emperador’.

A la vez que Ronaldinho se elevaba a los cielos de la mano del Barça –o al revés, el Barça revivía gracias a Ronaldinho–, Adriano triunfaba en el Inter de Milán tras un año de adaptación en el Parma, donde estuvo cedido por el equipo interista para adaptarse a un torneo física y tácticamente complejo. El Inter lo había fichado del Flamengo, con el que había debutado en primera división con 18 años.

En ese Parma, haciendo pareja con el rumano Adrian Mutu, marcó 23 goles sin despeinarse. Estaba perfectamente preparado para liderar al Inter en su lucha por volver a ganar el Scudetto, que no levantaba desde 1989.

También llevaba casi dos décadas sin ganar la Coppa Italia. La última había sido en 1982. El Inter estaba sediento de ídolos y de grandes campeonatos, pese a haber conseguido la Copa de la UEFA –actual Europa League– en la temporada 1997-98, con otro brasileño ilustre, que acababa de aterrizar del Barça: Ronaldo Luís Nazário. De hecho, aún hoy, el nombre de Adriano se sigue asociando al de su compatriota. Por perfil, por movimientos con el balón, por una aceleración imparable, por su voracidad dentro del área. Incluso por el parecido físico, aunque Ronaldo fuera menos corpulento.

Con Adriano, el Inter volvió a competir. Había más cracks, como Toldo, Javier Zanetti, Sinisa Mihajlovic, Esteban Cambiasso, Juan Sebastián Verón, Luis Figo u Obafemi Martins, con el que Adriano hacía una pareja imparable en el exitoso videojuego Pro Evolution Soccer. Pero el brasileño era único. Una bestialidad de futbolista.

Fuerte, rápido, resistente, técnico, con un disparo potentísimo y preciso, imponente por alto. Lo tenía todo. Si no le recuerdan, búsquenlo en las redes, existen compilaciones de goles de auténtica locura. Con sus exhibiciones semana tras semana, el Inter de Milán se alzó primero con la Coppa, en la temporada 2004-05, y con el Scudetto, en la 2005-06, 27 años después de la última vez, aunque luego le fue retirado el título por el escándalo del Calciopoli. No hubo problema, lo volvió a ganar el año siguiente.

Locura en Mestalla

Adriano era un ídolo y un futbolista absolutamente dominador del juego. Incluso en la Champions League, ante los grandes, el brasileño no hacía prisioneros. “Fue de los pocos días que fuimos superados en defensa, y en parte fue por culpa de este tipo que era una auténtica barbaridad”, explica Santi Cañizares a Sport Dossier. El que fuera portero del Valencia durante una década sufrió en sus propias carnes la superioridad de Adriano.

El 20 de octubre de 2004, Mestalla claudicó. “Por aquí pasaron muchos jugadores durante los diez años en los que estuve en la portería. Pero pocas veces nos vimos superados como ese día. Dely Valdés o Rivaldo hicieron un hat-trick, pero lo que pasó esa noche en Valencia hizo levantar al público de Mestalla y rendirse ante él”, relata el exguardameta y actual comentarista de fútbol.

La noche del partidazo en Mestalla dio la vuelta al mundo. Adriano tenía 22 años, pero ya lucía el ‘10’ en la espalda y asumía las responsabilidades de llevar el peso de todo su equipo. El ataque pasaba por él. Cada jugada, cada aproximación. Ante la duda, balón a Adriano. Marcó uno de los cinco goles que el Inter le metió al Valencia, pero también regaló dos asistencias y deleitó al público con una jugada que, de haber terminado en la red, hubiera entrado en la lista de los mejores goles de la historia de la Liga de Campeones.

“Lo de Adriano nos dejó realmente impresionados”, recuerda Cañizares. “Aquel día fue un avión a reacción, no hubo manera de pararlo”, dice el exinternacional, que sitúa a Adriano a la altura de una leyenda del fútbol italiano por su actuación en Mestalla: “He visto a dos jugadores que han causado sensación en Champions y ante los que todos nos hemos tenido que rendir. Uno es Adriano y el otro, Francesco Totti”.

La repentina muerte de su padre le quitó la pasión  por el fútbol

Ahora que cumplirá 40 años –lo hará el próximo 17 de febrero–, todavía nos preguntamos qué pasó para que Adriano desapareciera del mapa de la noche a la mañana. Y a tan temprana edad. Según el propio jugador, la muerte de su padre fue el motivo por el que el fútbol dejó de interesarle, de hacerle sentir feliz. Fue en el verano de 2004, tras haberse lucido en la Copa América con la selección de Brasil.

Campeón y máximo goleador, con siete goles en seis encuentros. Al volver a Milán, todo cambió. Lo contó el pasado mayo en The Players’ Tribune: “Nueve días después regresé a Europa con el Inter. Recibí una llamada de casa. Me dijeron que mi padre había muerto. Infarto de miocardio. Después de ese día, mi amor por el fútbol nunca volvió a ser el mismo. Me deprimí mucho. Empecé a beber mucho. Realmente no quería entrenar. Solo quería ir a casa. A pesar de que marqué muchos goles en la Serie A durante esos pocos años, y aunque la afición realmente me amaba, mi alegría se había ido”.

Su nivel aguantó un año más para luego no volver a brillar, pese a los intentos que hizo con toda la voluntad para disfrutar del fútbol. Fue jugando menos, fue marcando menos y se fue apagando, hasta que dejó el Inter en 2008. Se marchó cedido al Sao Paulo y volvió tras un año, pero José Mourinho no logró rescatarle para su causa.

Pareció despertar en 2009 con el Flamengo, con el que marcó 19 goles, pero fue un oasis. En su segunda temporada con los ‘rubro-negros’ prácticamente no jugó. La Roma, el Corinthians, el Atlético Paranaense y el Miami United lo intentaron, pero fue en vano. El ‘Emperador’ había roto su corona. “¿Un tipo de favela como yo? ¿Soy el emperador de Italia? Ni siquiera había hecho mucho todavía, y todos me trataban como a un rey, lo tenía todo después de crecer sin zapatos”, continuaba en su artículo, un texto lleno de sentimiento: “A él le encantaba el juego, así que a mí me encantó. Así de sencillo. Fue mi destino. Cuando jugaba al fútbol, jugaba para mi familia. Cuando marcaba, marcaba para mi familia. Entonces, cuando murió mi padre, el fútbol nunca volvió a ser el mismo”.

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