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Comaneci: "No fui un juguete roto en manos de nadie"

La actuación de Nadia Comaneci en Montreal cambió el rumbo de la gimnasia artística
La actuación de Nadia Comaneci en Montreal cambió el rumbo de la gimnasia artística | sport

El régimen la necesitaba; buscaba a una heroína,  alguien que ‘distrajera’ a Rumanía de sus penurias. El dictador Ceausescu gobernaba a sangre y fuego mientras su bota de hierro aplastaba todo cuanto consideraba peligroso para su permanencia en el poder. Mientras eso ocurría, en los Estados Unidos, una joven y desconocida Jodie Foster triunfaba como prostituta en la película ‘Taxi Driver’ y Brooke Shields ‘enamoraba’ en sus primeros trabajos como modelo hasta alcanzar fama mundial cuando, siendo apenas una niña, aparecía desnuda en la película de Louis Malle, ‘La Pequeña’. En esos duros años de la ‘Guerra Fría’, tras el telón de acero, se forjaba la figura de una pequeña gimnasta de mirada inocente y sonrisa triste (por no decir apagada, casi inexistente), frágil como el cristal. Nadia Comaneci, la ‘niña perfecta’ a la que no se permitió ser mujer, declaró a este periódico: “No fui ningún juguete roto en manos del régimen. No tengo la sensación de haber sido utilizada. En realidad, tuve una oportunidad y me ayudaron a conseguir un sueño”. 

Carlos Galindo

¿Existe la perfección? En los Juegos de Montreal 1976, una figura ingrávida, con un maillot blanco y de una elasticidad imposible, desarmó a los jueces –acostumbrados a puntuar con los habituales 9,80, 9,60– y a los marcadores de Omega. Nadie imaginaba que alguien pudiera conseguir una puntuación de cuatro dígitos. Sin embargo, Nadia logró siete dieces y tres medallas de oro. De la noche a la mañana se convirtió en la ‘novia’ de Montreal y en una nueva realidad filosófica. ¿Qué queda de aquella Nadia? Ella misma nos lo explicó en Shanghái, donde tuvo lugar la entrega de los premios Laureus del deporte: “Queda la mujer que ahora soy, los recuerdos de mi infancia, los éxitos deportivos, las medallas, que atestiguan que aquello fue cierto... Gracias a los dieces alcancé una gran popularidad en todo el mundo. Por desgracia, el sistema de puntuación ha cambiado y no me parece que haya sido para bien. Antes, el 10 tenía algo de romanticismo…”, subrayó.

La rumana, cuyo cuerpo espléndido y generoso no pasa desapercibido, añadió: “Ahora faltan historias. Hay buenos deportistas pero se necesitan atletas con carisma que tiren del carro”. Siempre ha rechazado presentarse como una víctima del sistema. De hecho, ante la insistencia de la pregunta, ataja: “No es eso a lo que hemos venido. Yo solo hablo de deporte. Sigamos...”. Asegura que “la gente no se acuerda de las medallas que gané pero sí de los dieces. Cuando regresé a Rumanía, me esperaban más de 10.000 personas en el aeropuerto”, subrayó. 

La vida de Nadia está llena de silencios y de largas pausas. Hay demasiadas cosas de ella que son, simplemente, verdades a medias. O incluso mentiras. “Nunca he entendido porque se decía que yo era la niña que no sonreía nunca. No es verdad; claro que sonreía, como todos los jóvenes de mi edad. Es verdad que cuando realizaba los ejercicios estaba muy concentrada pero cuando acababa, siempre reía”. Arruga el entrecejo cuando se le recuerda que su paso de niña a mujer no fue aceptado por los medios de comunicación ni por el gobierno rumano, ni por el mundo de la gimnasia... “Imagino que entenderá que tenía que crecer. Es ley de vida. No me siento culpable por ello”. Y concluye anunciando que el próximo 17 de noviembre se estrenará un documental sobre su vida en el festival de cine de Tribeca. La hija de un mecánico y de una ama de casa alcanzó la gloria en el nuevo mundo. Mientras fue una niña fue adorada pero no se le perdonó que creciese. Se asegura que tuvo un romance enfermizo con el hijo del dictador Ceausescu –dicen que le arrancó las uñas de cuajo por negarse a satisfacer sus delirios sexuales– y huyó a los Estados Unidos en 1981, tras un rocambolesco viaje. Una vida de leyenda, en fin.

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