De portero del Barça a campeón de boxeo

Una sordera de nacimiento impidió a José Hernández triunfar de blaugrana en los años sesenta

Kubala apostó por él pero cuando tenía que dar el salto al primer equipo la Federación le prohibió ser profesional

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José Hernández besó la gloria como boxeador... peor, quién sabe, tal vez lo hubiera hecho en el Barça | sport

Mientras el coronavirus y el confinamiento nos deparan día tras día historias de vida y muerte, de luchadores y derrotados... el periodista deportivo Pere Ferreres ha rescatado del olvido el nombre de José Hernández (7-7-1944) en el libro ‘Los años mudos’.

Corren los años cincuenta en España. El país, aún con las cicatrices de la Guerra Civil, está sumido en  el analfabetismo, la pobreza... En ese entorno, en una familia humilde de Santa Coloma de Gramenet, en Barcelona, un chaval sordo de nacimiento sueña con ser una figura del fútbol y emular a los Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón.

Aprende a leer los labios  gracias a unas monjas, pero todo a su alrededor sigue siendo silencio, un tiránico silencio. En 1959 aterriza en el Barça con 15 años. Pronto destacará como portero. Lo suyo, parece que debía pasar por llevar guantes. Bajo los palos, aquel adolescente de figura estilizada asombra a los técnicos por su agilidad y reflejos. Y una persona, especialmente, apuesta por él. Es Ladislao Kubala. Recién acabada su carrera como jugador, ejercía por aquel entonces como director de la Escuela de Futbolistas del Barça.Tener el respaldo de un símbolo como ‘Laszy’ eran palabras mayores.

Su relación con Kubala será cada vez más cómplice. En una ocasión, según se relata en ‘Los años mudos’, durante un entrenamiento Kubala reta a Hernández. Se apuesta un vermut a que le marca un gol de penalti. ‘Laszy’, que en toda su carrera con el Barça tan solo había fallado tres lanzamientos, coloca el balón en el punto a once metros de la portería. Toma carrera, chuta y... ¡Hernández le gana el vermut!

En el campo de Fabra i Coats de Sant Andreu, donde entrenaba y jugaba el filial azulgrana, Hernández sigue su progresión. Es un portento, llega a todos los balones, literalmente vuela. En 1962, en su tercera temporada, con 17 años y siendo jugador del amateur, fantasea con llegar al Camp Nou. “Jugar en el Barça ya es triunfar en la vida”, dice ilusionado.

adiós a un sueño

Pero todo se desmorona un buen día. Kubala, con un nudo en la garganta, le comunica que no puede dar el salto al primer equipo del Barça. La Federación Española no permite jugar profesionalmente a los sordos porque no pueden oír el silbato de los árbitros. No le van a tramitar la ficha para la siguiente temporada. Es su final futbolístico. Hernández y Kubala lloran y se funden en un abrazo...

Hernández pasa unos días atormentado. Debe renunciar a lo que más ansía en la vida: jugar en el Barça. Desesperado, busca cómo llevar dinero a casa y acaba en un destartalado gimnasio en los bajos fondos barceloneses. El boxeo será su válvula de escape para dar rienda suelta a su rabia. Antes llevaba guantes para atrapar balones; ahora los llevará para dar puñetazos a sus rivales.

No tardarán en darse cuenta sus preparadores de que Hernández es un campeón en ciernes. Apenas unos meses después de dejar el Barça disputa su primer combate -pierde pero gana 300 pesetas-. Sus primeras peleas las simultanea con un trabajo de pulidor metalúrgico en un taller del Poble Nou. El 29 de enero de 1966 debuta como profesional y su carrera ya será meteórica. Bajo el apodo de ‘El mudo’, se erige en campeón de España, en campeón de Europa en peso wélter, superwélter y llegará, incluso, a acariciar el título mundial.

entre la vida y la muerte

Su carrera, sin embargo, una vez tocado el olimpo de la fama estaría minada de continuos altibajos: de la gloria al ostracismo, de amasar dinero a perderlo todo. El 12 de diciembre de 1972 tocará fondo. En un combate en el Stadthalle de Viena ante el nigeriano Nojim Maiyegun sufre un desvanecimiento. No tiene pulso ni respira. Es trasladado a un hospital y, hora y media después, su corazón vuelve a latir. Le prohíben boxear y le retiran la licencia. Como pasó en el Barça, el destino volvía a golpearle. Pero Hernández, tozudo, volvería a levantarse. “El adiós  -diría- llegará en su momento. Aún me quedan guerras que ganar”.

Y así sería. Tres años después, en 1975, reaparece y vuelve a saborear el título de campeón de España. Pero la gloria sería de nuevo efímera y su carrera se apagaría. El 9 de junio de 1984 se organiza una velada-homenaje  para recaudar fondos en su Santa Coloma natal porque estaba arruinado. Al combate acude hasta Maradona, entonces en el Barça, que compra un buen puñado de entradas en la fila 0. No cambiaría nada. El 8 de septiembre de 1984 disputa su última pelea. En Tenerife pierde ante un ‘don nadie’. Con 39 años, su cuerpo no da para más. Deja atrás un registro de 64 victorias, 29 derrotas y 11 nulos. Dice adiós en silencio, otra vez ese maldito silencio. Sin aplausos, sin homenajes, cae en el olvido. 

Hasta hoy. Casi cuatro décadas después, su historia ha sido rescatada. A sus 75 años, vive en el anonimato en un pueblo de Murcia donde da clases en mensaje de signos de la Biblia a niños . “No quiere saber nada del boxeo. El boxeo es un espacio vacío en su alma”, desvela Ferreres, que en una entrevista a Kubala le confesó que le enorgullecía que Hernández hubiera llegado tan lejos en el boxeo. A ‘Laszy’ le recordaba su pasado, cuando antes de triunfar en el fútbol había sido boxeador amateur en Hungría. Nunca llegó a olvidar a aquel muchacho. Había vivido en primera persona su triste adiós del Barça y no tenía duda de que si no llega a ser por su sordera hubiera triunfado en el Barça. “Era uno de los nuestros. Un paria de la gloria”. 

'LOS AÑOS MUDOS'

‘Los años mudos’ (Editorial Pábilo) es un libro en el que se retrata de forma fiel la escena nacional e internacional de la etapa franquista en España, haciendo hincapié en hitos históricos, culturales, sociales y deportivos, de forma paralela a los acontecimientos vitales y profesionales de la peculiar figura de José Hernández. Como recalca su autor Pere Ferreres, “es una historia para conservar y mostrar a las nuevas generaciones de que en la vida aprendes a bofetadas”.

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