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Tiago, dile que no vuelva

OPINIÓN

E. Pérez de Rozas

Se lo explique a ustedes el lunes pasado ¿verdad?, se acuerdan. Bueno y también, también, la semana pasada. Un día en la contra y otro en las páginas interiores en ‘Las cosas de Emilio’. Y estoy convencido de que muchos de ustedes y un ejército de culés estuvieron de acuerdo conmigo: ¿Qué hace Leo Messi yendo a jugar con la selección argentina? ¿Qué se le ha perdido allí con todo el desamor que destilan los argentinos (perdón, no todos, pero muchísimos) hacia él y su familia?

No se entiende más que por el amor que le tiene a su país, a esa bandera, a ese camiseta. Ni siquiera pienso que lo haga porque necesite reivindicarse, conquistar esa Copa del Mundo que todo el mundo (no solo Argentina, no), le echa continuamente en cara. Lo hace por insistencia, porque cree que su corazón de niño debe estar dentro de esa zamarra albiceleste y porque siente que le debe algo (yo no creo que demasiado, pues no encontró a nadie que, con 12 años, le pagase las inyecciones del crecimiento que le costeó el Barça), aunque, en caso de deuda, hace ya muchos años que la pagó.

Yo, que estos días estoy en un pueblecito acogedor argentino, Termas de Río Hondo, donde se celebra el Gran Premio de Argentina, no entiendo como Messi no ha hecho antes las declaraciones que le oí (y leí) ayer en la prensa mundial. No entiendo como no dijo “basta” después de tanto torpedeo. Y, sí, entiendo perfectamente (de ahí que de muestras el niño de ser un auténtico Messi) al pequeño Thiago cuando le pregunta continuamente por qué se meten con papá en Argentina.

Ni que decir tiene que para Messi es imposible explicarle, no ya a un niño, no ya a un hijo, no ya a otro argentino, por qué tantos miles de argentino están en contra suya, de su padre, de su familia, de su fútbol. Ya no digamos por qué siguen queriendo y admirando mucho más a Diego Armando Maradona cuando el mundo sabe (porque lo ve cada fin de semana, perdón, cada tres días) que Messi es ‘Dieguito’ todos los días.

No es necesario ¿verdad? que cite el diario (créanme, es muy importante en Buenos Aires), ni el articulista (debe serlo, tiene columna propia ‘El Enfoque’), pero les voy a relatar el último párrafo de un artículo que apareció el miércoles, tras la minigira por España y Marruecos, de la selección argentina. Ya saben, 1-3 ante Venezuela y 0-1 en Marruecos.

“¿Y Messi? Los indicios solo indican que la cuestión central va de mal en peor. Volvió cuando quiso –no porque recién ahora lo convocaron, como ridículamente quiso instalar Tapia (presidente de la federación)—y no le hizo honor al rol de capitán. No hay liderazgo contagioso si el mejor de todos se mueve en silencio hacia fuera (nada dijo sobre el pasado, presente y futuro) y se le complace hacia adentro en todo lo que desee: poner las condiciones para su regreso. Y la federación no da una señal que la aleje de la peor de todas las ‘Messidependencias’ posibles: la enfermiza.El video que publicó sobre su regreso y el comunicado inverosímil que justificó su deserción del partido en Marruecos retratan una manera de conducir que no guía: da volantazos. Y así, difícilmente la selección encuentre el camino”.

Estaba lesionado en el pubis. Eran dos partidos absolutamente intrascendentes. Eran contra Venezuela y Marruecos, con perdón. El equipo iba plagado de suplentes. El nuevo seleccionador, Lionel Scaloni, estaba haciendo pruebas y más pruebas. César Luis Menotti, el nuevo director técnico de AFA (Asociación de Fútbol Argentina, la federación, vamos) puso el grito en el cielo y vociferó por haber llamado a Messi “que no está ni debe venir a batir huevos”. Tenía descanso con el Barça antes de un mes decisivo. Y él, Lionel Messi, el papá de Thiago, el más grande, va y viaja a Madrid. Y juega 93 minutos. Y casi marca. Y da dos goles regalados que dos compañeros fallan.

Y, a los dos días, en efecto, sí, sí, Thiago, así es, va y le maltratan. Le dicen que él impone las reglas de la AFA, de la selección, le dicta el equipo a Scaloni, juega con sus amigos.

No vayas más, Leo, no vayas más. Ayer, sin ir más lejos, le dije a Ramón, nuestro taxista en Termas de Río Hondo, lo que explique el lunes en la contra del ‘Sport’, que si, en el 2003, hubieses escogido a España para jugar, debutar, en el Mundial Sub-17 de Finlandia, con tu amigo Cesc Fábregas, ahora tendrías más mundiales que Maradona. Y ya no me habló en todo el recorrido.

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