Tokio 2020: Una ceremonia sin alma

Japón intenta sorprender con un espectáculo concebido para la televisión y que estuvo huérfano de emoción desde el inicio

Tokio pierde en la comparación con la tamborrada de Pekín, el macroconcierto pop de Londres o el carnaval de colores de Río

Ceremonia sin alma
Ceremonia sin alma | sport

Manoj Daswani, Tokio

Histórica pero melancólica y triste. Así fue la ceremonia de apertura de los Juegos de Tokio, el primer gran examen para el comité organizador en la cita olímpica más exigente y difícil de todos los tiempos.

Tokio pierde en la comparación con la tamborrada de Pekín, el macroconcierto pop de Londres o el carnaval de colores de Río. Japón impuso su estilo y sacó adelante el reto de un evento que hubo que reconfigurar ante la ausencia de espectadores. Sin alma en las gradas, el espectáculo estuvo concebido para emocionar por la televisión. Pero al menos al inicio, no lo consiguió.

In situ, en el Olímpico de Tokio los protagonistas fueron los deportistas de los más de 200 países participantes. Ante la atenta mirada de oficiales, patrocinadores y periodistas, no hubo en el estadio nadie más que ellos. Antes de llegar, estrictas medidas de seguridad y prevención del virus; una vez dentro, la amenaza de la covid (ya se ha llevado por delante la participación de un par de atletas) estaba tan presente que la ceremonia alargó su metraje para que todas las delegaciones pudieran guardar distancia de seguridad. Obsesión o cuestión de imagen, el caso es que disparó la duración del acto mucho más de lo deseable. Al final, mucho más de las tres horas y 35 minutos que aparecían en guion.

La inauguración deja detalles para la posteridad y que nunca olvidarán quienes estuvieron en el Estadio. Sobre todo uno, la icónica estampa de la bola del mundo iluminándose en el cielo de la capital japonesa. Del país del Sol Naciente se esperaba tecnología punta. Y la hubo. Pero la apertura sobre todo ofrece al mundo dos mensajes inequívocos. El primero es que el deporte y los Juegos han vencido y superado a todas las adversidades; el segundo, que al olimpismo sin público le falta lo fundamental. Sea como fuere, los Juegos siguen y los valores del espíritu que esparció Pierre de Coubertin para concebirlos en 1896 continúan vigentes, ahora para dar al mundo una lección de unidad frente al común enemigo.

No pudo ser en 2020 pero sí ayer en pleno estío del 21. Los deportistas desfilaron y saludaron al mundo, Japón desplegó una bandera enorme en señal de que será la casa de todos hasta el 8 de agosto (y luego en los Paralímpicos) y hasta última hora no se descubrió el secreto mejor guardado: quién sería el último relevista en el encendido de la antorcha más largo jamás visto antes.

Los responsables de la ceremonia procuraron darle al acto un ritmo vertiginoso, con un vídeo de impecable factura en el que se recordaba el momento que Tokio fue designada en Buenos Aires por delante de las otras candidatas, Madrid y Estambul. En el Olímpico acompañó a la presentación un grandísimo espectáculo pirotécnico. Pero la obertura no fue la mejor de todos los tiempos como tampoco lo serán estos Juegos. Sin público, todo luce menos.

Lo importante no es cómo, lo importante es el por qué. Los Juegos han ganado el pulso a la planetaria pandemia y siguen adelante.

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