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¿Qué fue de Martí Filosia? De delantero incomprendido a ilustre anticuario

Jugador del Barça entre 1966 y 1975, colgó las botas en 1977 y durante 30 años regentó una tienda de antigüedades en Palafrugell

Fue un delantero con más juego que gol, siempre discutido por el público: ahora disfruta de la jubilación y de su afición por la pintura al óleo

Filosia, atendido en la banda del Camp Nou
Filosia, atendido en la banda del Camp Nou | Sport

Un buen día, el delantero más incomprendido de la historia del Barça dejó de trabajar con los pies y empezó a disfrutar del trabajo con las manos. Siempre bajo la lupa, siempre cuestionado por su peculiar forma de correr, fruto de su rápido estirón adolescente (1,86 metros), Narcís Martí Filosia se acostumbró muy pronto a la división de opiniones: fue un delantero con más fútbol que gol, discutido y silbado por su público, jugador del Barça entre 1966 y 1975, y cuando se retiró, en 1977, se apartó totalmente del fútbol que tantos disgustos le había dado para convertirse en anticuario. 


Colgó las botas, volvió a Palafrugell (nunca se había ido, en realidad) y durante 30 años regentó junto a su mujer ‘Antic Martí Filosia’, tienda de antigüedades en la que puso en práctica todo lo que había aprendido con sus padres. “Nunca pensé que se pudiera disfrutar tanto fuera del fútbol”, explica ahora, “me gustaban las manualidades, lo mismo restauraba un jarrón que una cómoda o una lámpara y tenía el ojo acostumbrado a distinguir qué objetos eran auténticos y cuáles no. Fue fantástico descubrir que podíamos vivir de comprar, restaurar y vender”. Atrás quedaban sus años en el Barça, que parecen haberle dejado un poso agridulce.

“Quizá los que me pitaban tenían razón, porque en el fútbol, goles son triunfos. Yo marqué poco más de veinte goles en todas mis temporadas en el primer equipo, cuando venía de marcar más de veinte al año en el Condal”. 

Ahí, en el filial del Barça, guarda sus mejores recuerdos como futbolista, por el “espíritu de equipo” que se vivía. La vida en el primer equipo sería más complicada: “Estaba haciendo la mili en Barcelona cuando subí al primer equipo, hacía de chófer de un comandante. Un día leyó en la prensa que me iba a ir cedido a Osasuna y se agarró un cabreo monumental, porque decía que a él nadie le había consultado nada. ¡Y me pasé los últimos tres meses arrestado!”. 

Peor que un arresto fueron las críticas que tuvo que soportar casi en cada partido: cuando la megafonía del Camp Nou anunciaba su nombre, la gente pitaba. Se le acusaba de ser frío, a pesar de su figura esbelta, más propia de un actor que de un delantero del fútbol español de los setenta. 

La afición prefería al navarro Zaldúa, un pura sangre con menos técnica pero más pasión. Solo uno de los entrenadores que tuvo, Vic Buckingham, le dio continuidad. “Me ayudó todo lo que pudo y me dio oportunidades, pero no metí goles y precisamente por eso fue el peor año, porque fui perdiendo la confianza”, admite. 

un adiós amargo

Poco después llegaría al banquillo Rinus Michels: era el principio del fin de la etapa de Filosia en Can Barça. “Me enteré de que me habían dado la baja leyendo el periódico”, dice. “A alguien del club le sentó fatal que no hubiera ido a la cena de homenaje a Michels… pero yo no tenía por qué ir, desde el primer momento tuve claro que ese señor y yo no nos íbamos a llevar bien”. 


Jugó dos años en el Sant Andreu, en Segunda, y antes de cumplir los 31, se retiró. El fútbol pasó a ser un asunto del pasado. Se había ganado la vida con los pies y ahora tocaba hacerlo con las manos. “La gente se deshacía de cosas y me llamaba y yo disfrutaba estudiando los precios. Un par de veces al año viajábamos por Castilla o por Galicia y descubríamos auténticas maravillas”. 


Fue una buena época, casi 30 años al frente del negocio. Se jubiló a los 67 años: su mujer, Carmen, tomó otro camino para dedicarse a la política (fue candidata a la alcaldía de Palafrugell por Convergència) y él prefirió dedicar su tiempo a disfrutar de sus pequeñas aficiones: jugar al tenis y sobre todo, pintar al óleo. “Me lo paso bien, me voy al campo o a la viña y pinto paisajes, pero también retratos y autorretratos”. A sus 72 años, disfruta de la vida del Empordà sin ambiciones y sin reproches.

Una vida entre paseos y pinceles

“Nunca había sido tan libre”, presume. Baja muy poco a Barcelona porque la ciudad le cansa, pero un par de veces al año viaja por Andalucía y Extremadura y cuando puede, se escapa a su propio paraíso particular, Sicilia. “Me encanta, la recomiendo a todo el mundo”. 

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