Barça: llueve sobre mojado

Messi expulsado fue el triste colofón de un partido donde el Athletic trabajó y creyó mucho más

La final de la Supercopa tenía que haber sido la piedra sobre la que empezara a asentarse proyecto de Koeman, pero terminó de forma cruel

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Creía que lo había visto todo en los más de cuarenta años que llevo siguiendo al Barça. Y sin embargo, no recuerdo un solo partido donde el equipo azulgrana estuviera sin aparecer por el área del rival, sin crear una sola ocasión, sin disparar a puerta prácticamente en toda la primera mitad y siendo totalmente lo opuesto a lo que debe ser y representa... hasta que milagrosamente consiguió ponerse por delante en el marcador ¡dos veces!

Más allá de ganar o perder, el Barça no puede renunciar a su ADN, a su esencia, que es querer el esférico, dominar el partido, someter a sus rivales y la verdad, no sé a qué estuvo jugando durante tantísimo tiempo. Sin presionar, sin ir a la recuperación, parsimonioso, dormido, diríase que era una táctica preconcebida para anestesiar al Athletic, para que se cansara e inyectar después el aguijón cuando menos se lo esperara.

Decía Koeman que no hacía falta incentivar o motivar a sus jugadores porque todos ellos sabían lo que representaba este partido. Pues si lo sabían, se les olvidó a todos, porque esta vez ni siquiera aparecieron Dembélé o Pedri. Nada que ver, desde luego, con ese fútbol de idas y venidas de la semifinal contra la Real Sociedad, donde vimos a un Barça más enchufado, más ambicioso y, sobre todo todo, más peligroso.

Tampoco vimos a ese Barça aguerrido que fue capaz de doblegar al Athletic en San Mamés en partido de Liga (2-3), donde apareció nuevamente la mejor versión de un Leo Messi que en La Cartuja no se encontró a sí mismo, aunque lo intentara insistentemente... y que vio su primera cartulina roja desde que debutara como profesional con el FC Barcelona. Hasta en eso fue una noche aciaga.

Oportunidad perdida

Decíamos ayer que esta era algo más que una simple final de la Supercopa de España. Era una gran oportunidad para recobrar la autoestima como equipo después de una temporada sin títulos, cerrada con aquel doloroso 8-2 ante el Bayern Munich. Un pilar sobre el que empezar a edificar el proyecto de Ronald Koeman, una magnífica ocasión para reivindicarse y demostrar que se puede confiar en esta plantilla para lo que se avecina. En una palabra: competir. Y desgraciadamente la noche donde el destino volvía brindarle una oportunidad al Barça, la dejó escapar.

Mucho mérito, casi todo, hay que dárselo al Athletic, que sí supo hacer, y bien, lo que sabe hacer: morder, presionar arriba, apoyar en las coberturas y trabajar sin descanso. Un gran esfuerzo físico, una gran disciplina táctica y calidad a raudales en muchas de sus acciones, como el golazo de Williams. Sin duda, un justo campeón.

Duele, la verdad que duele ver que cuando el Barça va perdiendo un partido, una final que tenía ganada en el minuto noventa, tenga que acabar con Araujo jugando de delantero centro porque el equipo es incapaz de encontrar soluciones a sus problemas.  No sabemos qué Barça vamos a encontrarnos en el futuro más inmediato, porque llevaba nueve partidos sin conocer la derrota y ofreciendo su mejor versión, para caerse nuevamente el día que más necesitaba ser el Barça. ¿Hasta dónde tenemos que creer en este equipo?

Si se mantiene mucho más tiempo caminando en este alambre de la irregularidad pocas opciones tendrá se salir con vida en las competiciones que le quedan. Además, llueve sobre mojado.

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