28 de julio 2016, Actualizado 10:28h

El hombre sin miedo

A Johan solo se le puede comprender desde esta premisa. No tenía miedo -y si lo tenía, lo regateaba-, lo que le permitía afrontar cualquier desafío. Johan vivió desafiante y desafiando. Su mayor fuerza no residía en el dribling, ni el taconazo, ni la carrera incesante o el gol improbable, ni siquiera en la rara habilidad para evitar el hachazo del defensa rival. Su verdadera fuerza estaba en la mente. Ya tuviera que capear la temprana muerte paterna, limpiar botas ajenas, jugar con hombres siendo niño o enfrentarse a la más conservadora de las mentalidades -una combinación de culé, catalán y futbolero, trilogía de miedos-, Johan apelaba a esa fortaleza mental para afrontar cualquier reto. Lo hacía liberado de temores y agarrotamientos porque el suyo era un espíritu libre que no le debía nada a nadie, así que ya imaginarán lo que le preocupaban las menudencias con que querían zaherirle.

Lo desafió todo, y muy especialmente el pensamiento convencional arraigado en el fútbol. Johan odiaba los convencionalismos y los estereotipos, por lo que parecía ir siempre a contracorriente. Y, de hecho, iba siempre a contracorriente: ocurre que muy a menudo acabó teniendo razón frente al pensamiento dominante. Cuando proponía jugar con tres defensas, cuando añadía nuevas líneas en el centro del campo, cuando ordenaba mover el balón hacia atrás para reiniciar por el costado opuesto (y el Camp Nou le pitaba), cuando falseaba las posiciones para engañar al oponente…

El hombre sin miedo

Johan Cruyff, durante la inauguración del primer 'Patio 14' en Barcelona IGNASI PAREDES

Johan no tenía miedo porque era mentalmente fuerte, era desafiante y sabía que tenía razón. Incluso en su gran derrota en el Mundial del 74 intuyó que la historia le pondría por delante de los vencedores porque el corazón del fútbol tiene razones que la razón convencional no puede comprender: el corazón del juego está por encima de las victorias. Esta certeza interior de tener razón le granjeó numerosas enemistades, lo que por supuesto le importaba un rábano. A Johan solo le importaba que le quisieran y le apoyaran aquellos que valían la pena. Y el tiempo le ha vuelto a dar la razón, baste comprobar quién prosigue su obra y quién la menosprecia sin cesar. No estoy seguro que Johan cambiara la mentalidad del Barça y de los barcelonistas, como se afirma. Lo que hizo fue desafiarla sin tapujos y ridiculizarla. Quizás no acabó con ella porque la mentalidad timorata estaba grabada a fuego en el carácter del catalán-culé-futbolero, pero hizo algo mucho más trascendente: implantó una idea singular y radical, la expandió y nombró heredero. El legado de Johan no tiene vuelta atrás y pervivirá porque triunfa hasta cuando pierde. Y ya reside en el único lugar del que nadie le apeará jamás: en el corazón de la historia.

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