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Joaquín Carmona: un mes después y Paula Radcliffe

Hoy se cumple un mes exacto desde que descubrimos la historia de Jokin Carmona. La vida ha cambiado mucho pero son de esas veces que en todo lo que lo ha hecho ha sido para bien. 

Seré sincero: hace tiempo que no hablo con Joaquín Carmona. A la semana entendí que él es un espíritu libre, que era mejor dejarlo solo y me retiré de esta historia con la sensación de que va a triunfar, de que esta segunda oportunidad que le ha dado la vida va a ser la buena, seguro.

Me han contado que en la piscina de Vallehermoso, en la que trabaja, es un buen empleado, serio y ordenado. Me alegra y no me ha sorprendido. Siempre recordaré la tarde que fui a buscarle y luego fuimos a cenar: el hombre vino acompañado hasta la mesa del restaurante por los tres libros que había pedido prestados en la biblioteca pública por temor a dejarlos en el parque en el que vivía y que se los robasen. No lo olvidé. Me pareció una muestra de responsabilidad suprema.

También he visto cómo ha regresado a Twitter, cómo se lo vuelve a currar cada día como si fuese la reinauguración de su negocio, cómo se ha especializado en efemérides de atletismo y cómo hay gente que me ha dicho ‘este tipo es todo datos ni un solo sentimiento ni un solo adjetivo’, pero en lo poco que le conocí yo creo que Joaquín Carmona es así.

Cambiará o no cambiará, no lo sé.

Pero el día que regresó a Twitter y no dio las gracias a nadie no me sorprendió: conociéndole lo poco que le conozco no.

Le había escuchado decir: “llevo diez años sin hablar con nadie, porque entre los que vivimos en la calle no se habla”.

El caso es que ha pasado un mes exacto desde aquel 15 de junio cuando dimos a conocer la historia de Joaquín Carmona en este mismo parque, donde hoy continúan los mismos colchones, las mismos cartones, cuánta incertidumbre, madre mía.

Desde entonces, tengo la sensación de que a nadie en el mundo le ha cambiado la vida tanto como a Joaquín Carmona, que ya no vive aquí. Atrás seguramente queda lo peor, lo que ninguno de nosotros podría imaginar en su propia carne.

Durante este mes su vida llegó hasta un reportaje de una página en ‘L’Equipe’: la Biblia del periodismo deportivo.  Creo que es la metáfora perfecta que resume horas de radio, de televisión, de webs, de millones de mensajes en Twitter.

La mañana en la que se publicó su historia yo mismo recibí 104 mensajes directos en Twitter  de gente impaciente por ayudar a Carmona: zapatillas, ordenadores, tablets, dinero, hasta Pablo Aparicio, un empresario de Zaragoza, le ofreció una pensión para esa misma noche. Nadie quería esperar.

El teléfono, incluso el mío, se convirtió en las cataratas del Niágara . 

Pero tuvo que merecer la pena. Hubo una palabra que salió tan revalorizada ese día que había que dar la cara por ella: la solidaridad.

Y no fue el sueño de una noche de verano.

A los dos días, Joaquín Carmona ya tenía un trabajo fijo. El viernes, tras pasar las pruebas del COVID, ya estaba trabajando y hoy ya puede hacer uso de los miles de euros que ustedes le depositaron en los crowdfunding para que pueda empezar una nueva vida.

De todo eso hoy se cumple un mes. Aquí nos quedamos con las sensaciones, con las anécdotas como aquella que me hizo ver que este es un tipo de una sola pieza, distinto a todo, no sé si mejor o peor.

Le pasé el teléfono, porque era José Ramón de la Morena el que quería entrevistarle en su programa. El mismo que me había dicho que solo una tercera guerra mundial económica como la que estamos viviendo podía justificar que un hombre como Joaquín Carmona acabase en la calle.

Yo reconozco que le hubiese dicho que sí. Joaquín Carmona, sin embargo, le dijo no a José Ramón de la Morena.

Hubo más hasta el día en el que quedamos en El Retiro y también le dijo no a  Lucía Franco, una persuasiva periodista de El País que cree en la calle, en el teléfono y en el periodismo y que quería abordar su historia de otra forma.

Joaquín Carmona no supo contestar que sí.

Aquel día fue en el que entendí que lo mejor es que siguiese su camino, que era lo mejor para él, que lo iba a hacer bien, que cada día en su vida sería más fácil que el anterior, que si algún día me necesita tiene mi número y que, si alguna vez se atreve a contar su historia sin prisas en un libro y quiere contar conmigo, adelante, allí estaré.

Es más, me gustaría estar. Pero tiene que ser él.

Así que un mes después esta es la única radiografía que se me ocurre hacer de Joaquín Carmona y de esta historia que llegó tan lejos. Ayer volví a darme cuenta al abrir el buzón de casa.  Paula Radcliffe, la antigua plusmarquista mundial de maratón, también había cumplido su promesa. Acababa de recibir el sobre que ella misma le había prometido que iba a enviar a Josu Gomez Ezeiza, un antiguo atleta que ahora trabaja en un Instituto de medicina del deporte en Sudáfrica:

-Cuando leí en el reportaje que Joaquín había perdido el autógrafo que le firmó Paula Radcliffe en una San Silvestre rápidamente pensé esto tiene solución.

Le llamó a Paula, que leyó la historia.

A los pocos días, envió el sobre fechado en Montecarlo con esa fotografía suya dedicada por ella misma a Joaquín Carmona.

Gracias, Josu.

Este es el mundo del que nos gusta escribir.

No te equivocaste.

Tendrá sus cosas Carmona pero, por encima de todo, creo que es buen tipo: eso es lo que importa, que haya suerte, amigo.

Dentro de un año me gustaría verle dando conferencias, fuera los silencios. Y no sólo le quisiera escuchar hablar de atletismo, porque su historia va más allá de organizar mil y un datos de atletas en Twitter. Su historia es la de un hombre que ha vencido a la calle, donde existen tantas posibilidades de derrotar a la gente que duerme en sus parques.

Pero la próxima vez que le vea no quiero seguir escuchándole decir, “esto es muy complicado”, como si se tratase de un examen de matemáticas.

Y poca cosa más, la verdad.

Creo que cada 15 de junio siempre encontraré un rato para escribir de esta historia, que apareció tan sin avisar, casualidades de la vida también. A su lado, aprendimos a resolver una ecuación que parecía imbatible: lo difícil que es cambiar una vida y lo rápido que se puede cambiar.

Un mes después, ya nada es como fue. Al menos, para él.

Para los demás, que intervenimos en esta historia, al día siguiente nos dimos cuenta de que todo seguía igual.

El día que me dijeron, “Alfredo, muy bien ¿pero tú que sacas con toda esta historia?”,  recordé que cuando uno hace algo por los demás nunca debe esperar nada a cambio.


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