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Al límite ¿algo loable o lamentable?

A menudo se habla de la gran virtud que es llegar al límite y darlo todo cuando entrenas o compites. Y si estuviéramos hablando de golf podría disentir, pero no cabe duda de que el sufrimiento es parte del correr y de la competición.

Sin embargo este párrafo lo tengo que empezar con un pero, porque son muy delgadas las líneas que separan la gloria del fracaso, el triunfo de la derrota, o lo heroico de lo grotesco. Y como de costumbre entramos en el cenagoso terreno de la subjetividad. ¿Qué límites son los razonables? Si vemos todo el espectro del sufrimiento atlético, desde la tranquilidad de unos estiramientos, pasando por una vomitona después de hacer 400 o un bajón de azúcar, hasta llegar a la muerte por colapso, ¿dónde está el equilibrio, lo razonable? Una vez más el consenso es imposible, y es que para un profesional puede valer la pena jugarse la salud, y en definitiva a toda persona que le cause gustillo ese límite del esfuerzo también le compensará.

En mi caso he sufrido dos colapsos por bajada de glucosa de quedarme patas arriba haciendo circuitos de fuerza, he vomitado una vez después de hacer series de 300m con arrastres y he acabado un campeonato autonómico de Madrid al sprint con una fractura de estrés por ir en puestos de selección para el nacional. Y en este último caso me gané la plaza, y fui al nacional, pero como espectador porque me quedó el pie como una morcilla de Burgos para tres meses.

El atletismo ha forjado mi carácter y me ha dado infinidad de cosas y amigos, pero en todas y cada una de las situaciones de esta extrema índole, lejos de sentirme un héroe me he sentido un auténtico cretino. Para mí, llegar arrastrándose a la meta no es algo admirable sino poner de manifiesto un error de cálculo.

Y ahora en concreto hablaré de la competición, donde las motivaciones son muy dispares. Los pros acaban por dinero y gloria (en ese orden) y los amateurs (populares) por superación personal y la “gloriecilla” de su círculo. Y aquí he recopilado unos cuantos ejemplos de días en los que le tocaba a Conan ser el hombre del mazo.

En ocasiones la necedad del espectáculo o el egoísmo nublan el sentido común y desvirtúan el sentido del esfuerzo. Amigos, como decía mi abuela: dos dedos de frente.


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