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Quizás, quizás y quizás

A los 38 años, ‘El Pájaro’ describe lo que significa llevar tantos años hipotecado a esa palabra en el atletismo en el que, pese a todo, nunca sabes lo que va a pasar. Ni siquiera ahora que trabaja a jornada completa y como pronto empieza a entrenar a las 18,00 horas.

Siempre que regresa a la cámara de llamadas regresa a la primera vez. Nadie impedirá que él vuelva a preguntarse cómo es posible:  “No sé que hago yo aquí con este cuerpecito compitiendo contra esa gente”. Pero es una pregunta sin complejo de inferioridad, en la que no le pide a la vida lo que ya no le va a dar, “porque por mucho que yo pueda trabajar ¿qué puedo hacer? ¿qué voy a hacer? Nunca llegaré a alcanzar esos niveles de fuerza”. Sin embargo, a los 38 años, Ángel David Rodríguez, ‘El Pájaro’, sigue en la batalla, “quizá porque me gusta demasiado esto”. Quizás porque hablando con él uno se da cuenta de que el atletismo también es cultura. Igual hablas de él que del récord del mundo de 60 metros que vio batir a Privalova (5,96) en la grada del Palacio de los Deportes. Tenía 14 años y la sensación de que la imaginación es libre. “He tenido un desarrollo tardío y eso habrá influido en mi vida”, acepta. “De junior pesaba diez kilos menos que ahora y, entre unas cosas y otras, veo que aún conservo ese punto de ingenuidad de los atletas jóvenes. Así que no estoy tan convencido de que biológicamente tenga 38 años”.

Y si él no lo está no lo vamos a estar nosotros, que hoy nos limitamos a escucharle hablar de su vida. “No he sido un atleta tan bien tratado por las lesiones”, réplica. “He tenido bastantes, pero quizá por eso aprendí a dominarlas. Aprendí que el primer día, después de una lesión, siempre se me caerá el mundo encima, pero a partir del segundo ya estoy pensando en la recuperación”. De ahí se explica que llevemos mil años creyendo en él y que no dejaremos de creer. Nos gusta la gente que mira a los ojos y que ha convertido la ambición en un pasaporte. “Quiero llegar hasta los Juegos de Tokio 2020”. Tendrá entonces 40 años pero podría no ser tarde. ‘¿Quién me dice que no vaya a estar ahí? ¿Por qué no puedo ir de reserva en el 4×100? Sé que me quedan cosas por hacer, no tengo ninguna duda”, replica él, ‘El Pájaro’, un trozo de historia cuya  vida, a día de hoy, figura en las antípodas de un atleta de élite. Pero ni aún así van a lograr ustedes que se dé por vencido. “No, no, eso nunca”, replica.

También se armará de razones para volver a intentarlo. “Me desplazo a todas partes en moto. Trato de minimizar riesgos porque de otra forma no me daría tiempo a hacer frente a esta vida en la que, como pronto, puedo llegar a entrenar a la Blume a las seis de la tarde”. Todo eso después de una exigente jornada de trabajo de logística, “en la que lo mismo estoy pegado al ordenador que voy a visitar clientes”. Comenzó hace dos meses. “Estaba entrenando como nunca. Pero me llegó una oferta de Mediapro para trabajar a tiempo completo en algo de lo mío, en algo que me gusta. No podía decir que no. Soy atleta y todos sabemos lo que significa ser atleta en estos tiempos. Uno puede ganar para vivir y para pagar el alquiler con la beca y lo que me paga el club. Pero nunca he podido hablar de un sueldazo. Ni siquiera en mis mejores épocas. Sabía que tarde o temprano debía empezar a trabajar y el día, que he tenido la oportunidad, no podría quejarme. Al contrario. Si uno quiere seguir corriendo, debe adaptarse. Sabes que no es lo ideal pero es lo que hay. Hay veces en las que el sistema nervioso me va a 200 como me pasó el día del meeting de Madrid. La cabeza no siempre se puede controlar con este ritmo de vida. Quieres correr y no puedes correr. Pero afortunadamente no todos los días van a ser así”.


“La relación de un atleta consigo mismo es complicada”

No hasta Tokio, al menos. “Tengo una suerte”, matiza. “Me encanta entrenar. Necesito entrenar. Es más, gano confianza con los entrenos. Sé que el descanso es importante, pero a mí lo que realmente me gusta es entrenar. Si por mí fuese, doblaría diez u once veces a la semana ahí metido en la pista con esas fusiladas de ácido láctico. Pero, sobre todo, me gustan esas series de 60 u 80 metros con recuperaciones entre 2’00” y 4’00” porque te enseñan a correr de forma más eficiente”. La consecuencia de todo esto es ‘El Pájaro’: un libro de texto, un tipo que hizo currículum desde la clase media y que llegó a soñar con  ser “diploma olímpico” en los Juegos de Río. Tenía motivo. “En 2013 habíamos quedado novenos en el relevo 4×100 en el Mundial”. Todavía hoy le seguirá dando alguna vuelta a la cabeza. “Nunca dejaré de ser así. Es mi forma de relacionarme conmigo mismo: la de dar vueltas y vueltas, porque creo que es lo que me ha permitido llegar hasta esta edad. Pensar, pensar y pensar. No olvidar tampoco que mi momento llegó tarde y que no pasó nada por esperar. Hasta los 26 años nunca destaqué. Pero, claro, había tentaciones como la noche madrileña, en fin que le voy a contar”, ironiza.

Quizás por eso hoy podríamos tirarnos horas hablando si no fuese porque en un rato él tiene una cita en el despacho de su jefe. Así es la vida de ‘El Pájaro’ ahora hasta que coja la moto y se vaya a la pista, donde volverá a recordar que es mentira: “La experiencia no lo es todo”, dice. “Hay gente con menos experiencia que yo que ha hecho las cosas mejor que yo. Pero también hay grandes cabezas que no han pasado de las eliminatorias”. Sin embargo, él ha sabido encontrar el punto, ese punto que le permite reconocer que “la relación de un atleta consigo mismo es complicada”. Pero él ha sabido protegerse, quizás los años o quizás los viajes por el mundo, “porque es verdad: he recorrido medio mundo, he sido internacional 55 veces y viajando he descubierto que no somos tan importantes como nos creemos. No somos más que hormiguitas buscándonos la vida en la que no podemos olvidar que todo lo que hacemos es gracias a otras personas. La propia organización de las competiciones. Eso lo hacen personas y todo eso implica un trabajo que puede ser tan difícil o más que el tuyo. Por eso me gusta tanto hablar de las personas. Al fin y al cabo, todos somos personas. Quizás incluso le diría que es Tienes que adaptarte y puedes adaptarte como hacen los africanos. Te das cuenta en las concentracione lo más importante que me va a dejar el atletismo. Me ha enseñado a relacionarme con los demás, a tener un proyecto, a saber lo que quería o a entender que no todos disponemos de los mismos recursos. Tienes que adaptarte y puedes adaptarte como hacen los africanos. Te das cuenta en las concentraciones: ellos rara vez salen a comer fuera como puedes ver en atletas de otros países….”.

Son, en realidad, 38 años los de ‘El Pájaro. Por eso me convenzo de que escucharle es una manera de heredar lo que él aprendió de la vida. Su propia definición del atletismo: “Viajes, amigos, ideas y futuro”. Su propia vida en una disciplina como la velocidad al filo de la navaja (“trabajas años para una sola oportunidad”), en la que no existe la táctica (“en las carreras de 100, imposible”) y que es lo más parecido que el hombre puede encontrar a la Fórmula 1 “en la que el coche bueno gana siempre excepto si falla la centralita”. Pero allí aguanta él, a los 38 años, en este recuerdo que nos recuerda los años que tenemos.  “De cadete llegué a competir con Ángel Heras”, memoriza hoy ‘El Pájaro’, inseparable de esa idea de morir dentro de dos veranos en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 como si morir fuese una ilusión perfecta. Pero no. Solo es una metáfora que se me ocurre para cerrar su vida deportiva sin olvidarnos de esa palabra que nos persigue a todas partes: quizás. Quizás, quizás y mil veces quizás tantos años hipotecados a ella, él y nosotros. Como si no hubiese otra palabra más sabia ni más realista en el mundo.

@AlfredoVaronaA 


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