Querida Natalia Rodríguez

Querida Natalia Rodríguez

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Cinco años después de la última vez, volví a ver a la gran Natalia Rodríguez a través de una pantalla de televisión. Me di cuenta entonces de que el tiempo había pasado muy deprisa, de que los cambios suceden antes de que uno se los pueda imaginar.

A veces, todo es culpa de una pantalla de televisión que te recuerda que la felicidad nunca es demasiada. Que te llena de nostalgia o que te explica que ese tiempo ya pasó y que todo lo que pasó es irrecuperable excepto en el caso de que volviésemos a vivir dos veces y ella volviese a ser Natalia Rodríguez Martínez (Tarragona, 1979).

Y entonces volvería a bajar de 4’00” en 1.500. Y volvería a pelear con las mejores atletas del mundo. Y volvería a meterse en nuestras casas. Y a emocionarnos como supo emocionarnos ella, cuyo currículum hoy es una marca registrada. Es más, nos traslada a promesas cumplidas, a los 49 kilos que pesaba entonces, a la mujer que casi siempre aparecía bien situada en la última recta o a lo que en estos tiempos daríamos por una atleta como ella.

Nunca fue extraordinariamente mediática, pero no se podía ser más competitiva de lo que era ella: Natalia Rodriguez.

La misma mujer que hoy tiene 40 años y a la que volví a ver hace unas semanas un día en una retransmisión en televisión como comentarista en el Mundial de Doha. Tuve que verla dos veces porque no me parecía ella. Acostumbrado a verla en los huesos, como a los atletas, la vi bastante más gruesa, alejada de lo que no me había dado tiempo ni a imaginar. Pero, eso sí, impecable con ese traje negro y brillante con la palabra, Natalia Rodríguez, porque ella era así. Siempre fue así.

Me lo explicó al día siguiente Gregorio Parra con el que me une algo mas que la nostalgia de una voz. El tiempo creó una afinidad que se desahoga en enriquecedores ratos por teléfono hasta ese día en el que Gregorio volverá a vivir a Madrid, a la falta de la montaña de Navacerrada. Y entonces nos hemos prometido algún paseo en el que seguiremos hablando de atletismo y de atletas como Natalia que a él le dejó la trascendencia que dejan las buenas películas o la buena gente. 

Gregorio es el mismo hombre que narró desde TVE tantas carreras suyas y que en el retiro guarda una literatura imborrable. El mismo que lleva años jubilado y que esta vez, desde su casa en Barcelona, no perdió atención a cada palabra que explicaba Natalia Rodríguez por televisión. Es más, incluso, hizo una fotografía de la pantalla en la que se la podía ver a ella expresarse en primer plano.

Y se la envió a Natalia por Whatssap para explicarla, ‘cómo me alegro de verte, Natalia’ y, sobre todo,  ‘lo guapa que estás, Natalia, que ya no estás tan chupada como antes, y que bien te expresas’ y, por favor, ‘cuídate, Natalia, y cuídate siempre’.

Y a Gregorio le alegró verla así tan guapa, tan linda o tan sonriente como en los tiempos buenos si es que los de  ahora no son mejores.

Natalia ahora es madre y eso cada día suena a una satisfacción diferente.

A mí solo me sorprendió verla con mas peso como imagino que me sorprendería el país de nunca jamás. La última vez que la había visto aun seguía viviendo en el cuerpo de una atleta. Por eso la pantalla de televisión sacó esta vez tantos recuerdos de la cartera: Rieti, Berlín, Pekin,  Daegu…, tantos sitios, tantos éxitos, tanto esfuerzo. En un segundo volé por medio mundo. 

Pero entonces me di cuenta de que había un recuerdo que no estaba en una pista de atletismo, sino en la inauguración silenciosa de una tienda de deportes en la calle Marqués de Urquijo de Madrid donde estaba ella: Natalia Rodríguez.

Volví a darme cuenta entonces de que habían pasado cinco años desde esa vez: a finales de 2014.

Y allí estaba ella con ese cuerpo tan liviano. Con esa mirada que me parecía angelical y con el pelo cortado que no me dejó reconocer a primera vista a Natalia Rodriguez, que seguramente firmó algún autógrafo y que recordaba entre la multitud que, mientras la tontería se coloca en primera fila para ser vista, la inteligencia lo hace en la última fila para ver.

Y allí estaba Natalia como una princesa discreta, la sorpresa mejor guardada de la noche, la que demostraba que los atletas casi nunca se rinden a última hora sin buscar soluciones. Y lo explicaba Antonio Serrano, que era uno de los dueños de aquella tienda que se inauguraba y que, antes de invitarnos, nos había avisado que tenía una gran sorpresa que contar.

No imaginábamos que fuese a ser Natalia Rodríguez.

Antonio acababa de convertirse en el entrenador de una atleta que pretendía volver a ser la que había sido. No era fácil, porque tenía 33 años, pero hay atletas a las que, si pudiésemos elegir, no renunciaríamos nunca: nuestro corazón no está hecho para olvidar.

Aquella Natalia había llamado a Antonio para que le entrenase. Y cogió al entrenador por teléfono mientras el hombre hacía la compra en un supermercado. Pero no necesitó más de un segundo para contestar ‘sí quiero’.

El desafío no salió. Duró poco y fue mejor así: ya nada fue como en la maravillosa época de Natalia con Escalona de entrenador. Nos demostró que a veces querer no es poder. Nos recordó que la atleta también se acababa o que se había acabado para el atletismo de élite. Un golpe de realismo como tantos en la vida.

Hoy lo recuerdo porque me parece que nunca más volví a ver a Natalia corriendo ni esperando un vuelo de embarque, nada.

La próxima vez que volví a verla fue cinco años después, a través de una pantalla de televisión. Me quedé con cara de sorpresa como sucede alrededor de lo que nunca te imaginas. El tiempo se había ido muy deprisa.  Su físico había transformado, pero, como me hizo ver Gregorio Parra, ‘guapa, ahora sí que está guapa Natalia sin esa cara tan chupada’. 

Gregorio se refería a la misma mujer que, a los 40 años, corriendo ya ha hecho todo lo que debía hacer.

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