Una mutilación en Burundi, una medalla y una sonrisa

Una mutilación en Burundi, una medalla y una sonrisa

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Jean-Baptiste Alaize con la camiseta de la selección francesa
Jean-Baptiste Alaize con la camiseta de la selección francesa

La historia de Jean-Baptiste Alaize es de aquellas que cuando las lees debes frotarte los ojos varias veces para creértela. Es absolutamente inverosímil, parece de ciencia ficción. Parece imposible haber soportado tantísimo sufrimiento y ser capaz de lucir una sonrisa tan sincera. Tan natural. Tan pura.

En el Mundial de Berlín celebrado este pasado mes de agosto pudimos ver a un atleta francés con una prótesis en la pierna alzarse con la medalla de bronce en el salto de altura. Hasta ahí, nada especialmente reseñable tratándose de un campeonato para atletas paralímpicos. Pero la historia de vida que esconde ese francés (realmente nació en Burundi) sí lo hace único en el mundo. Y ahora intentaremos explicar por qué.

La escena que Mugisha jamás debería haber vivido

Jean-Baptiste Alaize nació con otro nombre. En realidad él se llamaba Mugisha (el ‘niño de la felicidad’ en la lengua ‘rutoroo’) y nació en las colinas de Muyinga, en Burundi, un 10 de mayo de 1991. Mugisha vio la luz en un contexto de extrema dureza en su país, que estaba en una Guerra Civil perpetua y que desencadenaría uno de los episodios más horribles y tristes de la historia de la humanidad. Cabe recalcar que durante gran parte de los cinco siglos de vida del país (durante las ocupaciones europeas, sobre todo) ha vivido como una solo colonia junto con Ruanda. Los pueblos hutu, tutsi y twa se han repartido a lo largo de la segunda mitad del siglo XX el control de la zona y eso ha desencadenado en conflictos, guerras interminables y atrocidades.

Refugiados durante el genocidio de Ruanda
Refugiados durante el genocidio de Ruanda

Un 23 de octubre de 1993 sucedería algo que quedaría para siempre grabado en la memoria (y en el cuerpo) de Mugisha. Esa mañana los Hutus irrumpieron en la aldea tutsi de Jean-Baptiste y provocaron una carnicería. Su madre, en un intento desesperado por huir de la masacre con su pequeño, fue cazada y asesinada a machetazos. Algunos familiares más de Alaize corrieron la misma suerte y de aquel oscuro episodio guarda marcas en su cuerpo y, sobre todo, en su mente que jamás se le borrarán. Cicatrices en la espalda, en la nuca y en el brazo son actualmente bien visibles.

Jean-Baptista Alaize: Cuatro años en un orfanato esperando una prótesis

“Mi herida de la pierna era demasiado importante y me la tuvieron que amputar”, explicaba hace un tiempo Alaize a ‘Le Parisien’. Después de aquel día y ya sin su pierna, su padre lo abandonó en un orfanato a la espera de que alguien pudiera costear la implantación de una prótesis. Pasaron cuatro largos años hasta que la vida de Mugisha dio un giro de 360º. “Daniel y Robert Alaize no dudaron. Cuando supieron que un chico de siete años sin pierna estaba en un orfanato de Burundi iniciaron los trámites de adopción. Me aceptaron como era. Mi padre vino al orfanato a pesar de los peligros de la guerra y me trajo juguetes, regalos, un par de ‘Converse’ y unas muletas. Unas de verdad, no las de madera que venía usando”, asegura Jean-Baptiste.

Jean-Baptiste Alaize, un giro de 360º en su vida

El joven Mugisha se instaló en un tranquilo pueblo del sureste de Francia y comenzó una nueva vida bajo el nombre de Jean-Baptiste. Allí descubriría a su hermano mayor, también adoptado. El destino quiso que fuera de Ruanda y, además, hutu, el pueblo enemigo de los tutsis y responsable de la matanza de su familia. “Unos meses después de mi llegada me pudieron implantar una prótesis. Fue como volver a nacer, de pronto podía ir en bici, correr, hacer todo tipo de deportes”. Jean-Baptiste Alaize y su hermano eran los únicos chicos de origen africano en la escuela donde crecieron, algo que no les hizo precisamente entrar con buen pie con los demás chicos. Alaize utilizó el deporte y más en concreto el atletismo como vía de escape. Siendo todavía un adolescente consigue la friolera de 10 medallas en los Mundiales sub’23 adaptados.

Regreso a su pueblo, a sus orígenes, a una Burundi rota por la guerra

“Estos podios fueron una especie de ‘revancha’. Yo había vivido cosas horribles, pero la vida me había dado una segunda oportunidad. Siempre dije que me gustaría volver a Burundi, a mi pueblo, siendo alguien, no con las manos vacías. Pude hacerlo el año 2013, después de los Juegos de Londres. Me reencontré con mis hermanas y pude ver con mis propios ojos y ser otra vez protagonista ‘in situ’ de las horribles escenas que recordaban mis ojos. El año siguiente pude organizar unos ‘Juegos de la Amistad’ en mi pueblo con jóvenes de Congo, Burundi y Ruanda. La idea era mostrarles que aún siendo unos hutus y otros tutsis podemos vivir juntos”, asegura el atleta.

Jean-Baptiste logró uno de sus mayores éxitos en Berlín con la medalla de bronce. Ha participado ya en dos Juegos Paralímpicos (Londres y Río de Janeiro), haciéndose con la séptima y quinta plaza respectivamente. Ahora sueña con poder hacerse con un metal en Tokio 2020. Pero lo más importante, ha demostrado al mundo que las barreras, tanto físicas como psicológicas, pueden derrumbarse. Mugisha, Jean-Baptiste Alaize, ha dado una lección al mundo.

 

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