Milagroso lo de esta madre (59 años) y su hija (38)

Milagroso lo de esta madre (59 años) y su hija (38)

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Esther Pedrosa
Esther Pedrosa y su hija Raquel compartieron la final de 1.500 en el campeonato de España master y luego fotografía en el podio. Una de esas historias que le ocurre a uno entre un millón de ciudadanos.

Una fotografía es como un puzzle en la que también se pueden encajar las piezas.

Esta última fotografía en el podio es una prueba: la madre a un lado; la hija al otro, cada una en su lugar.

Acaba de finalizar en San Fernando la prueba de 1.500 del campeonato de España master que ha corrido la madre, 59 años, 5’21” en meta y la hija, 38, 5’03”.

Esther Pedrosa es la madre, una antigua pieza de museo que ha recorrido medio mundo corriendo, que en su juventud llegó a ganar a Carmen Valero en la pista del INEF y que luego llegó a tener la mínima para ir a los JJOO de Barcelona 92.

Su hija entonces tenía diez años.

Se llamaba Raquel Suarez y era una niña en Santiago de Compostela.

Hoy, es una mujer de 38 que vive en Alcobendas (Madrid) y que esta noche, antes de la batalla, antes de conocer lo que va a pasar en ese 1.500, le decía a su madre:

-Mama, tú no te preocupes por mí, haz tu carrera.

La madre temía que si desde el principio, se ponía a buscar marca pudiese perjudicar a su hija o beneficiar a los rivales de su hija y esas cosas hacen daño: pase lo que pase, es tu hija.

La realidad es que al final Raquel, que competía en M-35, fue tercera en su categoría.

Esther, la madre, ganó con una autoridad colosal en su franja de edad. No extrañó a nadie. Sus brazos están preparados para recoger medallas. Su currículum es como una enciclopedia.

Pero más allá de la clasificación lo que pretendo es mostrar el mensaje que me trasladó Miguel del Pozo, el autor de la fotografía, al día siguiente al enviarme esa fotografía:

-Madre e hija corriendo juntas, ahí lo dejo.

Me hizo pensar. Me imaginé en el día en el que yo tenga 59 años y no sé si seré capaz de aguantar un 1.500 a un ritmo de 5’21” (hagan la prueba).

Pero, sobre todo, imaginé lo que tiene que ser a esa edad, a ese nivel, para cualquier ser humano compartir línea de salida con tu hija en un campeonato, donde la única religión es la victoria.

Y ése es el mensaje que gobierna en esta fotografía en la que, básicamente, Esther Pedrosa es la de siempre, la mujer de Santiago de Compostela que le invita a uno a pensar que es preferible hacerte mayor haciendo lo que te gusta a que te toque la lotería el 22 de diciembre.

Pero Esther Pedrosa también es el reflejo de la sabiduría que le traslada Mariano García Verdugo, su entrenador. “Desde el principio me advirtió: ‘yo pongo el plan pero tú pones las piernas. Por lo tanto, lo que tú sientas es más importante que lo que yo diga'”, le dice.

Esther también es esa mujer que (casi) nunca se da por vencida. De otra forma no te surge una hija como Raquel que, a dos años de cumplir los 40, le pega más duro que nunca: las ambiciones no aceptan excusas.

Raquel no ha ganado pero ha sido tercera, a un segundo de la segunda plaza lo que demuestra el valor de un segundo.

Son las cosas que sólo se entienden en la pista, donde a su madre sólo le faltó calidad para haber sido la mejor.

Comenzó a correr a los 14 años.

Sin embargo, a los 59, la motivación no se le ha llevado por delante, sigue sin dar nada por perdido y replica a los que se dieron por vencidos: “La actitud es importante a la hora de envejecer”.

De otra forma hay cosas infinitamente más cómodas para una noche de sábado que cruzar media España, de Santiago a San Fernando; que volver a una cámara de llamadas o que competir en un campeonato de España, donde nadie te garantiza ‘vas a ganar’.

Pero el riesgo forma parte del puzzle.

En este puzzle la fotografía final es imprescindible: las dos mujeres solitarias en el podio con la noche de testigo y de las luces.

Raquel que se marchó de casa muy jovencita a estudiar Geología a Oviedo, que después aprobó las oposiciones y se vino a vivir a Alcobendas (Madrid); Raquel, que ha encontrado en la competición una manera más rápida de subir las escaleras y, sobre todo, de compartir ratos con su madre que, a estas alturas de la vida, sólo imaginan uno de cada diez millones de ciudadanos: tienen 59 y 38 años.

De ahí el valor de esa fotografía, de ese mensaje que vio y captó Miguel del Pozo cuando miró a lo lejos.

Miró y vio a esas dos mujeres quietas sacando brillo al podio. Y no permaneció indiferente.

No se preguntó entonces cuando vale esa fotografía pero sí entendió que no será fácil volver a repetirla porque estas cosas son tan difíciles de conseguir como que mañana Messi te invite a cenar.


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