La maratoniana que empezó en la universidad: “¿El dinero? Con poca cosa...

La maratoniana que empezó en la universidad: “¿El dinero? Con poca cosa puedo ser feliz”

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Historia de Marta Galimany, que empezó a correr a los 18 años. “No podía pasar toda la tarde sentada estudiando”.  El día que hizo 10’18” en un 3.000 obstáculos fue el despegue definitivo. Hoy, acaba de hacer 2h30m en Rotterdam, marca suficiente para el Mundial de Doha.

Miró el móvil y allí estaban ellos, sus padres.  Los mensajes de sus padres, que habían visto desde casa el maratón de Rotterdam por cualquier aplicación móvil, la que fuese. El nombre es lo de menos. El resultado es lo de más. El resultado, en realidad, es lo que explicaba la emoción de aquel matrimonio de currantes de Valls. Él trabajó en una fábrica de muebles y ella, la madre, aún es enfermera. Ellos dos que de niñas convencieron a Marta y a su hermana de que había que hacer ejercicio. Y los veranos se las llevaban de excursión a la montaña. Y a casa de la abuela desde donde empezaban tantas rutas. Y los inviernos las incitaban a hacer actividades extraescolares porque las dos eran estudiantes, buenas estudiantes. Y practicaron patinaje, tenis, baloncesto… que les enseñaron a valorar lo que en aquella casa se explicaba como “la cultura del esfuerzo”.

Pero hoy Marta ya no es esa niña: ya es una mujer de 33 años que podría vivir de su trabajo como técnica de laboratorio. Sería una vida digna pero menos motivante que esta vida que ahora nos devuelve a Rotterdam: hay ciudades que se quedan para siempre en nuestras vidas. Por eso es como si volviésemos a ese momento, recién terminado el maratón, en el que ella, Marta Galimany, acaba de hacer una marca extraordinaria que no se atrevía ni a imaginar. Y, antes de dejar de sudar, ha cogido el móvil donde, sin estar, es como si estuvieran ellos, sus padres, que esta vez no viajaron a Rotterdam porque no saben inglés y les daba cosa perderse, molestarla. Pero en ese móvil ya están escritos los mensajes de los dos, padre y madre, mensajes que proceden de un mundo que nunca imaginaron y que puede ser maravilloso: una hija atleta, una hija maratoniana, una hija que descubrió a tiempo su vocación. Vaya regalo.

Hoy, Marta Galimany es esa mujer que desafía sus límites, capaz de salir a entrenar 10 kilómetros por los caminos de Valls, de llegar luego a la pista donde va a hacer un 5.000 fuerte y un 1.000 suave hasta completar 36 kilómetros por el anillo, por la imaginaria calle 7. La pista sólo tiene seis y, como dice ella, “siempre serán menos vueltas que si fuese por la calle 1”. Pero no son las vueltas ni los kilómetros ni el cansancio sino la pasión con la que ella cuenta que no hace “atletismo por dinero”, porque el dinero tiene límites.  Sin embargo, la pasión no. “Estoy invirtiendo en la vida que me gusta. No todo el mundo puede decirlo: yo sí. Por eso no tengo una idea muy drástica del dinero. Es más, nos hacen creer que el dinero es más importante de lo que, en realidad, es. A mí, sobre todo, me vale para ser feliz y me recuerda que con poca cosa puedo ser feliz. Si luego te da como estos últimos años para irme de vacaciones a Nueva Zelanda, bienvenido sea. Pero sino no pasaría nada. No iría y podría ser igual de feliz. Siempre descubriré la manera de vivir que necesito”.

Quizá por eso hoy Marta también podría representarse en los 180 o 190 kilómetros semanales que hace para preparar maratón. Si fuese por ella, serían más, “pero Jordi me frena y, en cuanto me excedo, me recuerda, ‘los entrenos no son una competición'”. Jordi Toda, aparte de su entrenador, es su pareja. El hombre que Marta conoció, tras terminar la Universidad, tras volver vivir a Valls, tras bajar un día a la pista. Allí estaba él, al que luego ella le iba a convencer para que fuese su entrenador. Y hoy no sólo eso, sino que entre los dos están pagando la hipoteca de un piso colocado en una inmejorable posición: a 100 metros de la pista, de esa pista en la que ella sueña en voz alta. Pero ahí está él, Jordi, la voz de la conciencia, para recordarla que no se trata de morir entrenando. Y ahí nunca deja de estar ella para regresar al principio o para empezar la segunda parte. “Si esto está siendo maravilloso es porque todo ha ido tan progresivo…”

“Al principio, mi objetivo era la final de una Liga catalana. Luego, una final universitaria y cuando quise darme cuenta estaba luchando por ir a un Nacional absoluto”. Y quizá esos sean los guantes de boxeo de toda esta historia: la de encajar cada pieza en su lugar con la máxima naturalidad del mundo. La de respetar al destino, la de hacerle caso, la de no forzar a nada ni a nadie que no fuese su propia intuición. Tenía Marta 19 años y, después del primer curso en la universidad, en el que no hizo nada de deporte, descubrió que ella no podía vivir así, “toda la tarde sentada delante de una mesa”, de ninguna manera.

Marta acababa de llegar a estudiar Ciencias Ambientales a Barcelona, a aquel piso compartido pegado al Camp Nou en el que ya estaba su hermana, “que hoy es ingeniera informática”. Al principio, Marta tenía miedo.  “Pensaba que no podía hacer otra cosa más que estudiar”. Pero entonces descubrió que no podía supeditar su vida al miedo. “Empecé a sentirme mal conmigo misma y me dije, ‘hay que solucionar esto’. Primero, fui a un equipo de baloncesto a pedirles entrenar con ellos y el segundo año, cuando volví de vacaciones, decidí, junto a una amiga, Montse Martí, empezar a correr por diversión dos días a la semana. Y el primer día que llegamos a las pistas universitarias de Barcelona y vimos a tanta gente…, nos convencimos de que este era un buen sitio, de que, pasase lo que pasase, íbamos a hacer vida social. Y eso es importante: conocer gente es importante”.

Hoy, Montse ya no corre. “Tuvo una lesión y luego fue madre”. Pero Marta sí, porque Marta era esa chica que corriendo se apuntaba a un bombardeo: fuese la distancia que fuese, siempre quedaba entre las primeras hasta que llegó a correr ese 3.000 obstáculos en 10’17”, que entonces le pareció “otro mundo”. Pero no era otro mundo. Sólo era su mundo en el que hoy, a los 33 años, continúa disfrutando de la vida, presentando sus credenciales al maratón, diciendo que ahora mismo esto es lo que más le motiva. Y por eso llegan días como el de Rotterdam que no desaparecerán nunca. Días en los que Marta volverá a mirar al móvil y verá la escritura emocionada de sus padres. Y ella se acordará de aquellos años cuando era niña y se quedaba “al comedor en el colegio porque ellos estaban trabajando”. Y volverá a darse cuenta de que sus padres se lo merecen todo por todo lo que han hecho por ella.

Hoy, su motivación sigue subiendo escaleras. Al lado de una motivación tan alta, parece imposible encontrar defectos. “El día que me dijeron la mínima para el maratón del Mundial de Doha me pareció muy difícil, pero nunca dije: ‘yo nunca haré esto'”. Así que también es agradable contar historias como ésta: historias de ida y vuelta, imposibles de explicar sin volver a la infancia cuando Marta aprendió esa idea tan valiosa, “cultura del esfuerzo”, que fotografió como si fuesen las paredes de su habitación.

Hoy, Marta es la misma mujer que, cuando terminó la carrera, encadenó mil y uno contratos temporales. Cogía “todo lo que salía fuese en campañas de reciclaje de materia orgánica, de educación ambiental…, de lo que fuese con tal de formarme”. El resultado es que hoy trabaja de técnico de laboratorio lo que también le ayuda a ver la vida con desahogo, “porque el atletismo no significa, ‘todo o nada’ para mí”. De ahí que sus sueños sigan alojados en las maletas que le quedan por hacer y en las que, pase lo que pase, no existirá la derrota. Hoy, yo solo lo escribo pero ella, Marta Galimany, lo vive y lo viven sus padres, que son tan responsables como ella de esta historia que nos recuerda que nunca se sabe dónde estará lo mejor de tu vida.  Por eso es tan importante asomarse por la ventana, reconocer todo su valor.

@AlfredoVaronaA 

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