El reloj sabe esperar

El reloj sabe esperar

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A veces, hay que volver al barrio para explicar a un atleta y entender que hasta la época junior no tiene sentido utilizar el cronómetro. Así es la historia de Fernando Carro, uno de los grandes de los 3.000 obstáculos en la actualidad.

Cierren los ojos y aterricen en un atleta lleno de imperfecciones que llegó a la pista de atletismo del Suanzes, un club de barrio, a los tres años. “Me llevaban en el carrito para acompañar a mi hermano que tiene 15 años más que yo. Acababa de matricularse en el Instituto. Estaba muy gordito y en casa pensaron que ésa era una buena opción para perder peso”. Hoy, la memoria se enorgullece al recordar que todo eso ocurrió en esta misma pista, donde ahora nos recibe un inmenso ‘grafitti’ de Fernando Carro (Madrid, 1992) que forma parte de su código de barras y que explica que, entre todas las virtudes, la paciencia es la más valiosa. “Yo siempre se lo recuerdo a los padres que me dicen que sus niños entrenan poco en la escuela”, señala Isidro Rodríguez, que fue su primer entrenador y que todavía sigue ahí a pie de pista. “Me acusan de que los niños se pasan las horas de clase jugando al atletismo y yo les pongo de ejemplo que eso fue lo que Jesús del Pueyo y yo hicimos con Carro que ha llegado a correr en la Diamond League, a unos JJOO y, a los 25 años, va a correr su segundo Mundial”.

Las palabras entonces sobran para Isidro, un tipo que imparte magisterio sin necesidad de aproximar los dedos al cronómetro. De ahí que hoy sólo sienta el deber de invitarle a recordar y a explicar que “Fernando no era un niño que deslumbrase. No tenía una madera especial. No veías en él nada que pudiese impresionarte”. Por eso la experiencia es imborrable no sólo para el entrenador. También para el atleta que, a los 25 años, sabe que nunca es tarde para recapacitar y para preparar el futuro, ese sitio en el que, como dice Woody Allen, uno va a pasar el resto de su vida. “El próximo año volveré a la Universidad”, señala. “A veces, me asusta porque llevo seis o siete años sin tocar los libros. Pero he decidido dar el paso y matricularme en INEF porque es mejor esforzarse y porque cualquiera sabe lo que pasará mañana”.

Mañana, sin embargo, es hoy en esta pista del Suanzes, en estas instalaciones que merecen una descripción en blanco y negro con ese gimnasio que parece uno de esos viejos gimnasios de boxeadores con las paredes manchadas de sangre. Pero aquí fue donde empezó todo hace tantos años que no da pena recordar, “sino que es un orgullo”, insiste Isidro, “porque este mismo chico ha llevado el nombre de nuestro club a una Diamond League… ¿Quién nos lo iba a decir? ¿Cómo lo podíamos imaginar? De cadete es verdad que hacía sus cosas. Pero veías otras cosas que te llenaban de dudas… Resultaba tan antiestético… Corría con el cuello torcido, los hombros hacia atrás… Todavía se capta cuando hace esos cambios de ritmos… Pero él, en realidad, es una prueba de que hay cosas que a veces no se pueden cambiar y que tampoco merece la pena intentarlo. Siempre estamos intentando meter mano en la naturaleza humana y no puede ser. ¿Acaso Zatopek era un ejemplo corriendo?”.


“Hasta la época junior jamás hemos utilizado un cronómetro con él ni con nadie”

Así que inmediatamente paso a escuchar a él, Fernando Carro, que hoy a los 25 años ya no te habla de entrenamientos monumentales “como aquel que hice hace años, 5×800, la segunda vuelta con vallas en 2’09”, 2’07”, 2’05”, 2’03” y 2’01” con 2’00” de recuperación” y que se resiste a olvidar. “Pero es que ahora ya es diferente. No hago esas machadas pero soy más constante. Mi nota media es mucho mejor. Incluso, veo que corro más fácil y con menos esfuerzo”. De ahí que el cambio compense y le valga para explicar a Isidro, el viejo entrenador, la vieja ley, que lo que pasa hoy es el producto de ayer. “Hasta la época junior jamás hemos utilizado un cronómetro con él ni con nadie”. El resultado tiene motivo, “porque eso es lo que le permite aguantar los volúmenes de entrenamiento de hoy. Se trata de preparar el futuro, no de acabar con el futuro”.

Todo eso, en realidad, es la felicidad, parte de su patrimonio de atleta o de su manera de correr que hasta ha originado la tentación de compararlo con Steve Prefontaine en la nostalgia. “Pero ahí no me gusta mucho entrar”, discrepa Carro. “No es justo para su memoria que le comparen conmigo. ¿Qué he hecho yo para merecer eso?”, se pregunta en esta mañana anónima, que ha cumplido con el deber de probar a la memoria, como si fuese una orden, en la que Carro siempre regresa a su domicilio original en la calle San Venancio, paralela a la de Boltaña, aquella en la que tantas veces se decidió la mítica carrera de Canillejas en esos dos últimos kilómetros que hicieron tanta historia. “Pero eso no significaba que yo soñase con ser atleta. Al menos, al principio. Fue luego cuando descubrí que podía llegar y entendí que el esfuerzo estaba impreso en mi carácter. Soy hijo de un camionero con el sacrificio que implica eso”, resume hoy sin ánimo de presumir de nada. Ni siquiera de lo que está dibujado o de lo que quedó escrito, “porque cada día es uno que empieza de nuevo”, en el que, pese a todo, no existe asesoría jurídica frente a los sueños.

Todo es volver a Suanzes, a esa pista minúscula cuya calle exterior, la calle 6, mide 225 metros, capaces, sin embargo, de inventar su propia historia o de demostrar que la voluntad tiene motivo. “Si no es por la voluntad, Fernando Carro nunca hubiese llegado”, insiste Isidro sin conceder permiso a que nadie le corrija. Ni siquiera el atleta ni su uniforme de la selección nacional que en el fondo una invitación para demostrar que esos 28 pasos de la valla en los 3.000 no son obstáculos, sino parte de su vida y de esa pista de Suanzes en la que hoy te recibe un enorme graffiti de Fernando Carro, que hoy es parte de su motivación y que te recuerda algo más importante: la humildad puede llegar muy lejos.

@AlfredoVaronaA 

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1 Comentario

  1. Qué ilusión ver en letras y en fotos ese trocito de la “fábrica de chocolate” o en este caso “de atletismo” que nos ha hecho felices a tantos de nosotros y que es un placer rememorar en sus distintas épocas. Porque aunque no seamos profesionales, todos nos sentimos Fernando (como en su momento Fabián…) y cuando nos calzamos las zapatillas por momentos nos vemos en el espejo de ese correr peculiar pero auténtico, participando de la magia de seguir disfrutando del atletismo como un juego, como el niño que entró ya sea con tres, seis o doce años y que seguimos siendo (gracias Pueyo/gracias Isidro).

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