Inicio Noticias & Blog Daniel Barrios: 110 pastillas al día y cien mil agujeros en la cabeza

Daniel Barrios: 110 pastillas al día y cien mil agujeros en la cabeza

Historia de un joven de 36 años que, desde hace 25, lucha por terminar la carrera más importante de todas: la carrera frente a sí mismo.  Los tumores han convertido su cabeza en un campo de batalla. Pero ahí sigue. 

Su historia representa a la gente que lo pasa mal.

Daniel Barrios tiene 36 años, vive en Alcazarén (Valladolid) con sus padres y su hermano, que es cinco años menor que él y que acaba de quedarse en paro.

Daniel lucha por terminar la carrera más importante de todas: la carrera frente a sí mismo.

Comenzó hace 25 años.

– Hasta entonces era un chaval normal – recuerda.

Desde entonces, su vida está tan unida a los hospitales que nada es tan normal.

Cuando cumplió los 18 las enfermeras del hospital Niño Jesús le regalaron aquel disco de ‘La Oreja de Van Gogh, ‘El viaje de Copperpot’, en el que “cada beso, cada flor, cada canción” es parte de lo que nos pasa.

Y Daniel, que ahora está en casa, lo recuerda como si fuese hoy o como si fuese un gol del Valladolid, que es el equipo de su vida desde que su tío Jesús le llevó por primera vez a la grada de Zorrilla a ver un Valladolid-Albacete.

Volvió a casa diciéndole a su madre, ‘jo, mama, es increíble, cada vez que marca el Valladolid la gente se levanta”.

Daniel lo recuerda y luego se detiene a beber agua.

Su vida viaja a cámara lenta.

Teme perder la memoria e inventarse palabras que no existen (explica).

– Se me olvida todo menos las fechas de las operaciones -justifica.

A los 11 años, le diagnosticaron un tumor en la cabeza que provocaba sus mareos, sus ataques de epilepsia, los días en dirección prohibida.

Desde entonces, su cabeza tiene tantos agujeros que, como él dice, “parece un campo de golf”.

Y no es fácil vivir así.

– Pero ya me he acostumbrado.

Y se ha acostumbrado a vivir con dolores de cabeza que aparecen a cualquier hora del día o de la noche sin pedir permiso.

– Y tomo lo que me da mi madre.

Y luego se duerme.

Y al despertar recuerda que esa noche libró otra batalla y que a veces la vida es eso: una batalla.

Y busca la guitarra.

Y se pone a tocar la guitarra.

Le puede doler el cuerpo entero como en aquellas sesiones de quimioterapia en Madrid que “nunca les escucharás quejarse”,  dicen de él.

– Quejarse no resuelve nada -dice él.

La de Daniel Barrios es una historia muy literaria con una conclusión realista:

– A quien le toca le tocó y a mí me ha tocado.

A los 36 años, archiva un cáncer y cuatro tumores en la cabeza que le obligan a caminar con un bastón y a despedirse de su sueño de escalar montañas.

A cambio, se compró una guitarra, ésa guitarra de la que hablábamos.

– En algo hay que entretenerse – insiste.

Los días son largos y, si no fuese por el dolor, los días serían casi todos iguales. 

Hasta los 18 años tenía las mismas preocupaciones que los demás jóvenes de su edad.

– Corría. Jugaba al fútbol. Montaba en bicicleta y me saqué el título de la ESO.

Reconoce que no era buen estudiante y pronto se puso a trabajar en una empresa de metal.

– Cargaba 15 ó 16 toneladas de piezas de construcción diaria de lunes a viernes.

Recuerda que estuvo “106 meses trabajando”, qué tiempos, ya nada.

Fue así hasta ese día en el que volvieron los mareos y una resonancia descubrió otro tumor en su cabeza.

Otra puñalada más para un joven al que un día se le paralizó medio cuerpo y cómo luchar frente a eso, ¿cuál es el libro de instrucciones?

– Pasaron cuatro o cinco meses hasta que pude volver a caminar.

Y hoy camina, como dice él, “a la pata coja”.

Pero ¿cómo convencer a Daniel, que se acostumbró a tomar 110 pastillas diarias, de que esto es una desgracia?

– Me las daban de diez en diez con una jeringuilla.

En mi país, Daniel Barrios sería un héroe.

Él memoriza las fechas de sus operaciones como la fecha de su nacimiento.

Quizás porque ha imaginado tantas veces que en esos días se abría la posibilidad de volver a empezar como si fuese un décimo de lotería en Navidad.

Pero esa oportunidad nunca llegó.

O, al menos, no ha llegado del todo.

Hoy, Daniel Barrios, con una discapacidad tan severa, ya está jubilado y ve los días pasar y ya no se pregunta si esto que le ha pasado a él es justo.

– Bueno, depende los días – matiza -. Todos tenemos días.

Y ésa es parte de su grandeza desde el 1 de octubre de 2001 cuando le operaron por primera vez.

Tenía 18 años.

Tenía toda la vida por delante para desafiarse a sí mismo y para desafiarlo todo.

Pero entonces no sabía que fuese a pasar tanto tiempo en los hospitales que, como él dice, se convirtieron en su segunda casa. 

Y, mientras tanto, Dani resiste.

Y resiste como si fuese uno de esos partidos del Valladolid en el que se pone todo en contra y en el que la esperanza no se da por vencida.

– Soy de aguantar todo lo que me echen – resume él.

Y rehuye dar pena.

– No quiero incomodar a nadie.

Pero un día su tío Jesús, al que Dani ha acompañado en tantos maratones, me avisó de su historia.

– Se trata de un crack – me dijo.

– ¿Y podríamos contar su historia? – le pregunté entonces.

Y su historia es ésta que he relatado.

En ella se impone la paciencia y las ansias de victoria, que se mantienen con la misma motivación de hace 25 años, sin fecha de caducidad.

El niño de 11 años cumplió 36 años pero se negó a dejar de sonreír.

Porque quién sabe lo que pasará mañana (la esperanza nunca aparca en doble fila).

Y quién sabe si mañana Dani volverá con su prima a Nueva York como si nada  hubiese pasado o como si los dolores no fuesen para toda la vida.

 


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