Cinco años sin un tipo único: Yago Lamela

Cinco años sin un tipo único: Yago Lamela

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Foto: Jordi Cotrina
El 8 de mayo se cumplen cinco años de la muerte de Yago Lamela. Tenía 36 y, a pesar de esa juventud, ya no sabía como levantarse ni aproximarse al hombre que un día lo tuvo todo

Cuando uno escribe tanto ya casi se inmuniza frente a lo que le cuentan. A veces, me parece que hasta perdí sentimiento. Pero entonces yo era mucho más joven. No había cumplido ni los treinta y me acuerdo de esa tarde de otoño en el INEF, donde él llevaba semanas entrenando.  Acababa de instalarse en Madrid y tardó en concederme esa cita. A su lado, entendí por qué. “Ahora, ya sé que en la vida se tropieza y cuesta volver a levantarse. Vista la caída, me he dado cuenta de lo alto que estaba“. Pero en el silencio de la tarde me llamaron la atención los ojos apagados, quizás anestesiados, de aquel joven. El mismo que hacía dos o tres años había sido un personaje top. Un tipo moderno e interesante lleno de impacto. Pero algo le pasaba entonces a ese joven que tenia a mi lado. Aún era muy joven. Tenía 25 o 26 años, pero por la razón que fuese ya nunca se iba a curar del todo. Qué pena porque se trataba de un portento. Era Yago Lamela, nacido en Avilés, en el verano de 1977. Hoy tendría 41 años.

Entonces venía de fracasar en los Juegos de Sidney. Buscaba rehabilitarse en Madrid, donde se desplazaba en Metro y donde buscaba otra vida con el entrenador Juan Carlos Álvarez. Decía que había “aprendido a tener paciencia”, que quería volver a ser el que había sido y, todavía con esa melena con la que siempre le recordaremos, entendía que entre sus obligaciones no estaba la de dudar. Pero la realidad fue que, excepto en 2003, en esos Mundiales de París en los que fue bronce, ya nunca volvió a ser el que fue. La vida no le devolvió toda su alegría. Nunca más volvió a saltar 8,56 metros. Nunca más volvió a intimidar a Iván Pedroso como en aquel Mundial de Sevilla, en aquel maravilloso verano del 99, en el que el estadio entero le dedicó toda su fidelidad. Hoy pienso que sin momentos como esos, la vida sería un error. También recuerdo que Yago Lamela no había hecho más que empezar; que sus palmas eran las nuestras y que, por encima de todo, parecía un tipo genial.

Luego, tuvo algún momento más.  Incluso, jugando infiltrado, llegó a la final olímpica en los Juegos de Atenas 2004. Supo moderarse en su enorme afición a comer galletas por las noches. Supo en esos pocos años, que duró en la élite, entrenar por encima de lo que su cuerpo podía aguantar hasta que no se pudo más. Después, ya nunca se sabrá si hizo lo posible o no por rehabilitarse porque no vivíamos en su cabeza. Pero siempre quedará una pena horrible. Un hombre incapaz de encontrar su sitio. Un atleta que cambió demasiadas veces de entrenador hasta el año 2006 cuando se rompió los dos tendones. Entonces no tenía ni 30 años y ahí se acabó todo: ya nunca volvimos a escuchar su nombre en la lista de aspirantes.  Pero en el camino no sólo perdimos a un atleta. También estábamos perdiendo a un joven que tenía tanta la vida por delante y al que ya no le iba a salir nada. Se matriculó en la universidad para estudiar ingeniería eléctrica. Luego, intentó ser piloto de helicóptero. Pero el destino jugaba en el bando contrario como se intuía aquella noche en la radio en la que José Ramón de la Morena le preguntaba qué carta escribiría a su hada madrina. “Recuperarme del todo”, contestaba él aquella madrugada en la que nos hizo sentir, rezar para que todo volviese a irle bien.

Hoy, cinco años después de su muerte, todavía decimos ‘lo siento’. Nos sirve para explicar la presión de un ídolo: la presión que a veces puede con él. Nos sirve para acordamos de aquellos enviados especiales, que vinieron del ‘New York Times’ a una ciudad como Avilés para entrevistar al ídolo en su apogeo.  Pero no nos sirve para olvidar que entonces la mirada de Yago Lamela ya apuntaba una extraña melancolía, que nos insinuaba que la vida podía ser muy difícil. Y lo fue. Y, además, fue incompatible con él, que era el mismo joven que podía haber vivido de las rentas de aquel salto de 8,56 metros en Maebashi. Sin embargo, hoy, nos queda la mezcla del  orgullo y de la pena, imcapaces de ponerse de acuerdo. El recuerdo hace daño y tampoco localiza el término medio. Hoy, Yago Lamela tendría 41 años y debería ser uno de los ejecutivos del atletismo español. Pero a veces la vida se cobra víctimas de manera inexplicable. Quizás hasta nos hace acordarnos de Elvis Presley que también murió demasiado joven. “La imagen es una cosa y el ser humano otra”, decía él. “Es muy difícil vivir como una imagen”.

Quizá por eso la carrera de Yago resultó tan corta. Nadie encontró la solución. Aquel hombre, que llegó a abrir telediarios, iba a irse a los 36 años, a retirarse muy pronto de la pelea. El 8 de mayo se cumplen cinco años de su muerte. Y, aunque cinco años sean muchos, hay quienes preferimos no olvidarlo, recordar que a veces el miedo puede más que el corazón y que los ídolos también cumplen su condena.  “Estaba acostumbrado a ser anónimo y el hecho de que la gente me parase por la calle me creaba presión y ansiedad”, recordaba Yago Lamela el día que quiso regresar al pasado. No supo cómo hacerlo.  Nunca más se levantó del todo víctima de esa depresión y de esa medicación que nunca más volvió a permitir escribir con comodidad de él. Se sabía que algo le pasaba. Se sabía que la vida no es justa y se temía que él fuese a demostrarlo. Así fue. A solas y en su propio domicilio, sin nada de lo que un día puso el mundo a sus pies. Un infarto cometió un error inmenso. Se olvidó de que él sólo tenía 36 años.

@AlfredoVaronaA 

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