31′ en 10km durmiendo 4 horas al día 

31′ en 10km durmiendo 4 horas al día 

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Historia de Javier Peluto, un hombre de 50 años que, trabajando 15 horas diarias y entrenando 90 kilómetros a la semana, acaba de batir el récord de España M50 en 10k con una marca estratosférica: 31’28”

-Si hay algún tratamiento en cualquier país, allí vas.

José Luis Capitán empezaba a mostrar peligrosos signos de una enfermedad que hoy ya tiene diagnóstico: ELA. Y él, Javier Peluto, el hombre del que voy a escribir hoy,  el dueño de un restaurante en la calle O’Donnell de Madrid, un trabajador de los pies a la cabeza, no se dirigió a José Luis para decirle ‘lo siento’, sino para procurarle algo más valioso: su ayuda.

-Si hay algún tratamiento en cualquier país allí vas tú -le dijo.

Yo no se lo escuché pero el que me lo contó me ofrece la misma confianza que si lo hubiese escuchado yo mismo: Sergio Fernandez Infestas. El hombre al que el pasado domingo Javier Peluto le quitaba el récord de España M-50 en 10k en Valencia.

El rey destronado.

Sin embargo, Sergio no cabía en sí de gozo. No hacía más que telefonear a su gente. Y no hacía más que contar las virtudes de Javier Peluto que acababa de lograr una marca prodigiosa para su edad:

31’28”.

Una marca que no consiente la indiferencia de nadie. De ahí que el tuit, que se me ocurrió escribir esa tarde acerca de la hazaña, estuviese por encima de las 25.000 impresiones. Corrió como la pólvora y la gente se preguntaba quién es ése hombre, quién es Javier Peluto.

-No sabía que corriese tanto -escribió una leyenda viva del atletismo como Jesús España.

-Le veo muy a menudo entrenando en el INEF -me recordó Antonio Serrano.

Hoy yo tampoco puedo explicarles quién es Javier Peluto, porque no le conozco. Pero, a partir de esa anécdota que relataba Infestas, creo que ese hombre me ha ganado para la causa.

La anécdota no solo me puso los pelos de punta. También me hizo pensar que el atleta está bien pero la persona debe estar mejor. 

Y esta semana he visto que Peluto no ha presumido de su marca ni en una sola línea en redes sociales.

Un silencio que se puede explicar a través de lo que me contaba ayer Miguel del Pozo, que es otro de esos poquísimos ciudadanos españoles capaces de correr 10 km en 31 minutos, a 3’08″/km.

-A veces, me entero de que Peluto se ha apuntado a una carrera y no le veo. Y luego le llamo para ver qué ha pasado y me dice que no ha podido, que el trabajo no le ha dejado ir -explica Miguel.

Javier Peluto, efectivamente, trabaja en un restaurante en la calle O’Donnell donde se pueden servir 400 desayunos en una mañana.

Javier es el dueño pero se comporta como un empleado.

La máquina del tiempo le acostumbró a jornadas de 12 o 14 diarias o a dormir cuatro o cinco horas.

Pero así es la vida de un hombre que siempre la peleó duro.

Trabajó de mayorista en Mercamadrid. A las tres de la mañana en pie.

Viajaba entonces hasta Costa de Marfil, demasiada la responsabilidad hasta el día en el que decidió cambiar o arriesgar.

Quién sabe.

Y abrió el restaurante de la calle O’Donell. Y hoy nos hace pensar qué sería de la vida si no tuviésemos el valor de intentar algo nuevo. Y te puede ir bien como le va ahora a Javier Peluto  y no, por ello, hace falta perder los valores.
Al contrario.

Mientras escribo, no me separo de esa anécdota de José Luis Capitán con la que se me ocurrió arrancar este texto.

“Pero no es fácil encontrar en este mundo a personas como Peluto. A mí me ganó para siempre a los pocos meses de conocerle”, explica Sergio Fernández Infestas, un hombre al que correr le da la vida. De hecho, sus grandes amistades están en este territorio y una de las que más quiere es Javier Peluto, que es un hombre que empezó tarde a correr.

Los apenas dos kilómetros que separaban su casa del Vicente Calderón.

Tenía casi 40 años y le parecía una locura: tanta distancia.

Sin embargo, hoy nos vemos contando este récord de España de 10k que acaba de batir con 50 años y 6 meses.

A menos de un minuto del récord del mundo y a un centímetro de lo imposible.

Peluto es el mismo hombre que esta Navidad llegó a trabajar 21 horas en un trabajo que implica mucho tiempo de pie, lo que no siempre le concede el deseo de entrenar a la misma hora.

A los 64 años, Sergio se acuerda de cuando él tenía su edad e hizo este récord de España: 31’42”. Trabajaba en la función pública. Llevaba una vida a rajatabla. No perdonaba una siesta. No bajaba de los 150 km semanales.

Era otra historia.

No tiene nada que ver ahora con lo que ha hecho Javier Peluto, que no pasa de los 90 kilometros en seis días. 

Su entrenador Luis del Aguila le ha convencido de que no hay nada tan cruel como llegar cansado a la línea de salida.

Y todo eso nos transmite la energía positiva que necesitamos para empezar el día.

Y nos demuestra que no hay que pedir socorro cuando uno está seguro de lo que hace.

Y, al final, ésa es la idea de toda esta historia que el domingo acabó en un récord de España.

Al día siguiente, cambió todo y no cambió nada. 

El restaurante volvió a abrir a la misma hora.

El frío del invierno, a las seis de la mañana.

Sus tostadas de miel con aceite con las que él empieza el día.

La crónica, en realidad, fue parecida a la del día antes de hacer el récord. Pero dentro de su cuerpo habitaba una satisfacción que no se sabe cómo medirla.

Es el valor de estas hazañas anónimas.

Nos permiten conocer a gente que no conocemos. Me he dado cuenta de que el periodismo que yo hago casi siempre es así. Es un periodismo de minorías pero espero que merezca la pena. Acostumbra a mostrarnos lo mejor de las personas. Quizá por eso esta semana me veo escribiendo de Javier Peluto: ya estoy terminando.

Y, sí, todavía impresionado por su marca y, sobre todo, por ese día en el que apartó a un lado a José Luis Capitán, le miró a los ojos y le dijo: 

-Si hay algún tratamiento en cualquier país…, allí vas tú, José.

Pero, precisamente, esa es la única pena que nos deja  este relato.

No, por ahora no lo hay. No existe ese tratamiento.

Pero, a cambio, seguimos conociendo gente sorprendente que nos demuestra que en la vida también abunda la gente buena.

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