VIVIENDA
Paco vive solo en una aldea de Jaén: "Soy el alcalde, el policía, el de mantenimiento... la gente como yo estamos en peligro de extinción"
La pequeña aldea conserva 14 viviendas, pero Paco es el único vecino que vive allí durante todo el año y teme que el pueblo desaparezca con él

Aldea en Sierra de Segura / 5
La despoblación rural tiene en algunos rincones de España historias que parecen sacadas de otra época. Una de ellas se encuentra en la Sierra de Segura, en Jaén, donde Paco es el único habitante permanente de una pequeña aldea formada por 14 viviendas. Allí no hay vecinos con los que cruzarse cada mañana ni comercios a los que acudir: prácticamente todo depende de él.
La localidad pertenece a Santiago-Pontones, uno de los municipios con mayor número de aldeas de España. El núcleo se encuentra a unos 1.200 metros de altitud y conserva las casas que durante décadas estuvieron ocupadas por numerosas familias. Hoy, sin embargo, la mayoría permanecen cerradas y solo Paco mantiene allí su residencia habitual.
Su situación hace que él mismo describa su papel en el pueblo de una forma bastante peculiar. Cuando le preguntan si es el alcalde, el policía y el encargado de mantenimiento del lugar, responde simplemente: "Sí". No lo dice como una queja, sino como la consecuencia natural de haberse convertido en el último vecino que permanece allí durante todo el año.

Aldea Pueblo / 5
Paco lleva prácticamente toda su vida en este entorno. Nació allí hace casi 70 años y ha visto cómo la población fue marchándose progresivamente en busca de oportunidades laborales. Recuerda una época en la que había una escuela, una tienda, un herrero, una modista y muchas familias, una realidad que contrasta con el silencio que domina actualmente sus calles.
El invierno supone además un desafío considerable. Las temperaturas pueden acercarse a los 20 grados bajo cero y las nevadas han llegado a dejar la zona incomunicada durante casi tres semanas. Esa situación hace que la soledad tenga también un componente de riesgo. Cuando le preguntan si teme que pueda ocurrirle algo y nadie se entere, Paco reconoce que sí, especialmente conforme pasan los años.
La vida cotidiana requiere igualmente una planificación que resultaría impensable para alguien acostumbrado a vivir en una ciudad. El supermercado más cercano está a unos 30 kilómetros, por lo que Paco realiza aproximadamente una compra al mes. Además, buena parte de los productos proceden de la agricultura, la ganadería o el intercambio con otros habitantes de la zona.
A pocos kilómetros viven otros vecinos en aldeas igualmente despobladas. Uno de ellos, Javi, reside incluso más apartado y recuerda los problemas que provocó la borrasca Filomena, cuando permaneció 19 días incomunicado. Cuenta también con placas solares para obtener electricidad y utiliza agua de un manantial natural: "Bebo agua directamente de la montaña; es buenísima", explica.

Una casa en plena naturaleza / 5
Pese a todas estas dificultades, Paco no contempla la posibilidad de marcharse. Su explicación es sencilla: "Porque amo la naturaleza, me gusta. Eso es lo que he vivido siempre". Para él, la tranquilidad, la ausencia de delincuencia y el contacto con el entorno compensan ampliamente las incomodidades de vivir tan lejos de los núcleos urbanos.
Sin embargo, Paco es consciente de que su forma de vida pertenece a una generación que está desapareciendo. "La gente como yo estamos en peligro de extinción. Esto va a desaparecer", afirma. No se refiere únicamente a su aldea, sino a una manera de entender la vida rural que cada vez cuenta con menos personas dispuestas a mantenerla.
Y ahí aparece la parte más dura de su historia. Paco contempla las antiguas casas, los negocios que ya no existen y los recuerdos de cuando el pueblo estaba lleno de vida sabiendo que quizá todo termine con él. "Pienso también últimamente que cuando termine yo, se acabó el pueblo", reconoce. Una frase que resume hasta dónde ha llegado la despoblación en algunos rincones de España.
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