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Opinión

Xavier Ortuño

Xavier Ortuño

Subdirector de SPORT

La última lección de Messi

Leo Messi durante el calentamiento del Argentina-Benín

Leo Messi durante el calentamiento del Argentina-Benín / EFE

Hay futbolistas que se retiran cuando el fútbol empieza a despedirse de ellos. Leo Messi ha elegido el camino inverso: se marcha de la selección argentina cuando aún tiene fútbol en sus piernas. Lo hizo anoche en el Monumental, ante Benín, a los 39 años, con un gol de penalti y dos asistencias en una noche que estaba pensada como homenaje y que él convirtió, una vez más, en una exhibición de lo que siempre fue.

Se dice a menudo que los grandes deben irse en lo más alto, y es verdad. Pero la frase esconde una trampa cuando se aplica a Messi, porque su cima no se parece a la de nadie. Lo más alto, en su caso, es un lugar al que el resto apenas se asoma. Y cuesta entender que alguien decida abandonarlo cuando sigue siendo capaz de habitarlo con esa naturalidad, poniendo un córner en la cabeza de Otamendi, filtrando el pase del segundo gol a Nico Paz y engañando al portero desde los once metros.

Por eso la despedida tiene algo de desconcertante. No hubo declive que justificara la decisión ni un cuerpo que se negara a seguir. Hubo, simplemente, un hombre que sintió que había llegado al final de algo. "Me vacié, ya no tengo más para dar", escribió el 31 de agosto. Anoche, sobre el césped, pareció desmentirlo. Quizá lo que se había vaciado no eran las piernas, sino otra cosa más difícil de medir: el depósito de una relación que durante años le exigió más de lo que le devolvió y que solo al final le dio todo lo que merecía.

Conviene recordar de dónde venía esa relación. Messi debutó con la absoluta en 2005 en Budapest y fue expulsado nada más entrar al campo. Perdió finales que parecían condenarle a una eterna sospecha y tuvo que escuchar, durante demasiado tiempo, que en Barcelona era una cosa y con Argentina otra. Su respuesta no fueron palabras, sino títulos: dos Copas América, una Finalissima y el Mundial de 2022, el que lo explicaba todo. Se va con 208 partidos y 126 goles, más que nadie en la historia de su país, y con una medalla de oro olímpica y un Mundial sub-20 que completan un palmarés sin fisuras.

Tampoco esquivó la última herida. La final perdida ante España en el Mundial de este verano habría servido a otros como excusa para un adiós amargo. Messi la convirtió en el punto de partida de una despedida serena, decidida tras aquella final y anunciada después de la muerte de su padre. Hay una dignidad poco común en esa manera de irse: sin reproches y sin prisa, eligiendo el escenario, el rival y el momento.

Antes de salir al campo, reunió a sus compañeros en el túnel y les pidió lo de siempre: concentración, jugar bien, hacer goles, ganar y, de esa manera, disfrutar. Era un amistoso ante un rival que nunca ha jugado un Mundial, pero él lo trató como lo ha tratado todo en su carrera, con la seriedad de quien sabe que el fútbol no distingue entre noches grandes y pequeñas. Esa es quizá su lección más duradera, más allá de los récords.

Desde Barcelona, donde aprendió a ser quien es, la imagen tiene un sabor particular. Aquí lo vimos crecer, ganar y cambiar la forma de entender este deporte. Ver cómo Argentina le devuelve ahora el reconocimiento que tardó en llegar nos alegra.

No había otra manera de despedirlo que en lo más alto. El problema, si es que lo hay, es que nadie sabía muy bien dónde quedaba ese lugar. Anoche, en el Monumental, Messi volvió a enseñarlo. Y se marchó desde allí, sin bajar un solo escalón.