Ciclismo
Ángel Arroyo, un 'salvaje' sobre la bici
El ciclista abulense, fallecido en Ávila, quedó segundo en el Tour de 1983 y siempre mantuvo que había ganado honestamente la Vuelta de 1982, que le quitaron por un positivo, que él denunció como un complot

Ángel Arroyo, en el Tour de 1983, de azul y por detrás de Laurent Fignon, de amarillo. / ARCHIVO PERSONAL PEDRO DELGADO
Ángel Arroyo apareció con su hija Alicia por la salida de Oviedo de la Vuelta de 2000. Iba a ser la segunda vez en la que se subía el Angliru. En Ávila le habían hablado de la dificultad del puerto asturiano -cómo no, las noticias llegaron a través de Pedro Delgado-. Él quería conocer la dureza del puerto. Así que no se le ocurrió otra cosa que coger un ‘hierro’ parecido a una ‘mountain bike’ y subirlo el día antes, porque su bici de carretera no tenía los desarrollos adecuados para afrontar el ascenso. “¿Duro? ¡Qué va! Lo subí, lo bajé y me dije, ‘otra vez para arriba’”. Dos veces afrontó el Angliru, en plan salvaje, aunque la bici le hiciera ruidos por todos lados y pesase como una losa.
Por eso, lo llamaron ‘El Salvaje’. Y pudo con todo, menos con un cáncer impresentable que en pocas semanas ha apagado su vida. Murió en la noche del domingo y su amigo Tasio Greciano, que estuvo a su lado hasta el último momento, fue el que llamó al viejo pelotón de amigos que afrontaron el Tour de 1983, el que devolvió la fe a toda España por una ronda francesa que había quedado en el olvido tras la retirada de Luis Ocaña. Ni tele, ni nada, sólo llegaban cuatro crónicas bien contadas por Antonio Vallugera, Chico Pérez y Javier de Dalmases, creadores del vínculo con el Tour al sur de los Pirineos.

Arroyo, en el centro con Miguel Induráin (segundo a la izquierda) y Pedro Delgado (segundo a la derecha).. / ARCHIVO PERSONAL PEDRO DELGADO
Arroyo nunca perdía la sonrisa. Era el encargado siempre de llenar la copa de vino del periodista que acudía como invitado a la cena de veteranos que programaba en Ávila para que no recordara algunas cosas que contaba, viejas anécdotas, las intrahistorias del ciclismo que no se comprenderían si no se amara a este deporte.
Tenía una energía innata, la que le hizo acabar el Tour de 1983, el del reencuentro, en segunda posición por detrás de Laurent Fignon, otra estrella derrotada por el cáncer. Y no la perdía con el paso del tiempo. Con 70 años no quería que le hablasen de la jubilación y seguía al frente de su negocio principal, tres lavaderos de coches en Ávila.

Con Pedro Delgado, en 1981. / ARCHIVO PERSONAL PEDRO DELGADO
Arroyo se quejaba del lío de los monumentos que se organizó en Ávila. Quería estar junto al de Chava Jiménez y su cuñado Carlos Sastre, el ganador del Tour de 2008; los tres eran de El Barraco. Al final hicieron dos esculturas entre discusiones. En la de Arroyo se distinguió al resto de figuras abulenses. La familia de Arroyo tenía una granja, una vaca y poca cosa más… hasta que empezó a andar en bici. Su chepa se hizo famosa y ese Tour 83 fue el que enamoró a toda una generación con la Grande Boucle.
Las zapatillas negras
Greciano era el que pintaba de negro las zapatillas con betún porque querían revolucionar al ciclismo llevando calzado blanco que estaba prohibido. Era el más mañoso del grupo y el que se convertía en zapatero antes de irse a dormir. José Miguel Echávarri era el jefe, el director del Reynolds, y el que se puso entre ceja y ceja que había que ir a Francia a armarla gorda. Y el que este lunes lloraba recordando a un alumno que se había convertido en amigo. “Un ángel está en el cielo”, decía.
Es imposible hablar de Arroyo y de aquel Tour sin recordar a Perico, el hijo adoptivo de Ángel, el que llegó a hacer temblar a Fignon hasta que pilló la pájara del siglo XX camino de Morzine, mientras Arroyo ponía en dificultades al jersey amarillo. Eran dos almas libres a las que dirigió Echávarri a grito pelado y que dejaron la estampa de una histórica cronoescalada al Puy de Dôme que obligó a abrir todos los telediarios con sus gestas.
En esas cenas había un tema que le sacaba de las casillas. La Vuelta de 1982, que ganó por delante de Marino Lejarreta, con el que nunca más volvió a hablar. Siempre mantuvo que no dio positivo, que el ‘Junco de Bérriz’ no pasó un control y que todo se trató de un complot para descalificarlo. Acudió a TVE donde quisieron que entregara de forma simbólica el jersey amarillo (entonces el líder de la Vuelta aún no vestía de rojo) al corredor vizcaíno. Se negó en redondo.
El Tour de 1988
Después del Tour de 1983 nunca se sintió cómodo sobre la bici y abandonó el ciclismo profesional en 1988, aunque antes se fue a Francia junto a un joven Miguel Induráin a ayudar a Perico en su empeño por llegar de amarillo a París.
El Tour de 1983 quedó como un símbolo para un grupo de corredores inolvidables con Enrique Aja, Julián Gorospe, Carlos Hernández, Jesús Hernández Úbeda (también fallecido), Celes Prieto y Jaume Vilamajó. Con ellos también corrió Joselu Laguía. “Vi una llamada perdida de Tasio a las 12 y media de la noche y me temí lo peor”. Joselu lo vio por última vez este verano en un homenaje a las viejas glorias que se hizo en Canarias. Este martes los amigos se reunirán por última vez en Ávila y recordarán las gestas del ‘Salvaje'.
Fuente: El Periódico
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