Opinión | LA ÚLTIMA
Director de Información Deportiva de Prensa Ibérica
Lluís Mascaró
El cobarde silencio de Mourinho
Hace cuatro días, en un alarde de prepotencia, Mourinho soltó una de sus frases lapidarias: “¡A mí no me calla nadie!”. Solo 24 horas después, el técnico del Madrid se quedó mudo tras el 2-2 ante el Barça en el Bernabéu. El portugués se negó a comparecer en rueda de prensa y le cedió el testigo a Karanka, que ya se acostumbró la pasada campaña a hacer este triste papel de 'voz de su amo'.
Fue una nueva demostración de menosprecio hacia los medios de comunicación pero, sobre todo, hacia los socios y aficionados del Madrid, que tienen el derecho de escuchar lo que piensa su entrenador. Aunque su entrenador solo piense tonterías... La 'caverna mediática' quiso restarle trascendencia al plantón alegando una supuesta 'dinámica de trabajo', según la cual Mourinho cederá mucho protagonismo a Karanka. Pero es que ayer, en la previa de una final (aunque sea del título menos importante de la temporada), Mourinho reincidió en su falta de respeto hacia la competición y hacia el club que le paga.
No entiendo cómo Florentino Pérez permite estos desplantes de su entrenador, que no es más que un empleado del Madrid. Un empleado cualificado, multimillonario, pero un empleado al fin y al cabo. Mourinho se pasa por el forro de los pantalones todas las normas (no escritas, es verdad) de la ética y de la buena educación. Pero no es de extrañar.
El técnico portugués se ha convertido en un monstruo que acabará fagocitando a su presidente, que le ha entregado las llaves del Bernabéu. El año pasado ya le puso contra las cuerdas con sus escandalosas ruedas de prensa, que culminaron con los esperpénticos “¿Por qués?” en la semifinal de la Champions. Y ahora convierte las declaraciones altisonantes en silencios incómodos y cobardes.
Cobardes, sí. Porque el problema de Mourinho, al fin y al cabo, es que no tiene discurso futbolístico. Se ampara en su estrategia de la descalificación para no hablar de lo que realmente importa. Como esto no ha hecho más que empezar y todavía no puede atacar a nadie, prefiere esconderse antes de enfrentarse a las preguntas de los periodistas.
Mourinho, que ha llegado a creerse su particular teoría de la conspiración, no tiene más argumento que el de la mentira. Con el beneplácito de sus compinches de la 'central lechera' se ha construido una falsa lista de agravios que ya nadie se cree. Este ruín recurso, que le costó una sanción ejemplar de la UEFA, se le agotó ya la temporada pasada. Y ahora se ha quedado sin nada que decir. Aunque su silencio no es gratuito. Forma parte de su campaña de victimismo. Lo utiliza para hablar sin hablar. De los supuestos errores de los árbitros, de los supuestos favores que recibe el Barça, de las supuestas manipulaciones del calendario... Es un silencio malévolo, que insinúa, que pervierte la realidad, que genera expectativa donde solo hay insustancia. Como diría don Miguel de Unamuno, “a veces, el silencio es la peor mentira”.
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