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Opinión

Hugo Scoccia

Hugo Scoccia

Escritor.

De Cristiano Ronaldo a Cristiano Llorando

Cristiano Ronaldo, en un partido con Portugal.

Cristiano Ronaldo, en un partido con Portugal. / EUROPA PRESS / Europa Press

Un desplante a tu propio país, un berrinche contra los tuyos, es un final trágico para una leyenda. Y es que no hay manera más triste de acabar una carrera de éxito demostrando que la edad y la experiencia no te han conducido hacia la senda de la humildad. Que al fin y al cabo es esta la señal que debería completar el círculo del éxito.

A pesar de los trofeos, de la gran cantidad de goles y de la enorme fortuna amasada; de todo el trabajo hecho para llegar a ser uno de los mejores goleadores y conseguir el más esculpido físico de la historia del fútbol; a pesar de venir de la miseria absoluta sorprendiendo al mundo con un bello ejemplo de superación y talento, el ego ha acabado ganando la batalla.

Y lo que parecía ejemplar se acaba convirtiendo en el antiejemplo. La tristeza es doble: la arrogancia nunca es bienvenida, en ningún caso es aceptable, pero que provenga de un inmenso deportista como lo es Cristiano Ronaldo, hace que la penalización se duplique. He aquí el espejo donde no deben mirarse las jóvenes estrellas.

Lamine Yamal tiene delante de sus narices la manera de ser que no debe ser. Uno puede sentir a veces que es el mejor jugador del mundo, el más guapo y el más rico, pero jamás de los jamáses debe gritarlo a los cuatro vientos. No es cuestión de ser sincero y transparente. Es más bien saber diferenciar el peso del pensamiento y el de la verbalización. «Que te alabe el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos» que dice uno de los proverbios del Antiguo Testamento.

-No aceptar la realidad-

A Cristiano Ronaldo no le ha sentado bien la realidad. Y Jorge Jesus, el seleccionador, tiene la difícil y ardua labor de hacerle ver a la estrella de su equipo que ya no es estrella. Como es normal a su edad. Lo vimos todos en el Mundial: Ronaldo entorpece y ralentiza el juego de sus compañeros, provoca, con su afán egótico y su obsesión por sus títulos personales y esos ansiados mil goles, que el equipo no pueda llegar a ser todo lo competitivo que podría llegar a ser.

El resultado es un desplante que avergüenza a mucha gente de su país, que interpreta el abandono como un gesto irrespetuoso hacia ellos y la selección. La rabieta y el lloriqueo es parte del modus operandi de Ronaldo que, siempre que se ha visto en un segundo plano (o cualquier plano que no sea el primer), ha utilizado la soberbia o el lloro para victimizarse y así robar la atención a quien realmente la merece. Nunca ha aceptado que, pese a ser un jugador leyenda, a su lado ha habido otro mejor; nunca ha aceptado la derrota ni el éxito ajeno. Y entre ego y ego, entre rabieta y rabieta, las leyendas se desvanecen. Hasta en su propia tierra.