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La minoría que insulta en el Heliodoro

Todos conocemos o hemos visto a algún insultador en acción en el Heliodoro. Son una ruidosa minoría pero estos comportamientos son inaceptables y deben ser extirpados.

Panorámica de la grada de Tribuna durante un partido de este curso.

Panorámica de la grada de Tribuna durante un partido de este curso. / ANDRÉS GUTIÉRREZ

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Manoj Daswani

Santa Cruz de Tenerife

El sábado pasado escuché en el Heliodoro ciertos términos despectivos contra un jugador del Tenerife cuyo nombre no voy a repetir. Lo contaba el lunes casi a pie de página en este espacio. Luego, compartido en el vertedero infinito de las redes, el artículo de aquel día puso frente a su espejo a los insultadores que se dan cita en el Estadio cada 15 días.

Entre lunes y martes encontré en X (antes Twitter) excusas de todo tipo para justificar los improperios que escuché con mis oídos. Primero vino la negación. Una horda de opinadores me acusaba de haber fabulado sobre la situación que vivió el jugador, canterano para más señas; y me aseguraron con contundencia –como si tuviesen orejas en todas las gradas– que insultos no hubo. De ningún tipo. Como mucho, si acaso, algún silbido o murmullo.

Horas más tarde, cuando ya varios aficionados presentes en el Heliodoro ya corroboraron –también a través de las redes– que efectivamente sí hubo exabruptos (y graves), entonces las excusas fueron otras. «Hombre, no generalicemos, no fue para tanto… Además, también se insulta a otros futbolistas y no se monta tanto lío», fueron algunas de las excusas que leí con atención.

Si son asiduos al fútbol lo sabrán igual que yo. Son minoría, pero hay aficionados que acuden al estadio creyéndose con el derecho a vociferar todo tipo de descalificativos, no vaya a ser que se quede sin saber lo que pensamos el del asiento de al lado. Por ejemplo, que el futbolista A es un paquete, que B habría de volverse a su país y que el canterano C mejor se habría quedado con la Sub 19, acompañado de un sonoro «hijo de p…», que eso siempre ayuda a subrayar el enfado.

Esta columna no es una crítica a nadie en concreto; es una reflexión en voz alta porque erradicar el exabrupto nos compete a todos. De mis primeras veces en el Heliodoro –años noventa del siglo pasado–, recuerdo que a los jugadores negros se les obsequiaba entonces con el sonido gutural del mono cada vez que tocaban la pelota. A los lectores más jóvenes quizás les sorprenda saber que aquello se le hacía también a los que eran del Tenerife.

Poco a poco, el fútbol ha ido combatiendo el racismo y otros males que le acompañaron durante décadas. Eran lacras presentes en el conjunto de la sociedad, que en los estadios encontraban el escenario idóneo para campar a sus anchas y amplificarse. En este sentido, el Rodríguez López ha ofrecido notables y sobradas muestras de madurez y civismo en los últimos tiempos. La inmensa mayoría de su afición se comporta de manera ejemplar. Pero eso no es incompatible con que sigamos dando la batalla contra esa minoría que ha hecho de la agresión una costumbre. Y que además se cree con el derecho de emitir ciertas faltadas que todos seguimos oyendo (con frecuencia, no nos engañemos) en nuestro querido Heliodoro en pleno 2026. Chirría que se siga viendo como algo natural, más todavía cuando en muchas ocasiones los destinatarios del mensaje son los jugadores del equipo al que uno acude a apoyar. Esta semana le pregunté a uno que ha vivido la situación de insultado varias veces y me constató lo evidente. «Abajo, todo se oye».

Más llamativo aún es que no se ponga el foco en el insultador, sino en la presunta capacidad que debe desarrollar el futbolista para permanecer ajeno a quien se acuerda de sus muertos –con perdón– en pleno partido, quien le sugiere sin ruborizarse que se vuelva para su país o el que sigue creyéndose con la superioridad moral para invitar a gritos a una árbitra a dedicarse a otra cosa. Pudiera parecer que comportamientos como estos estaban ya superados pero la realidad es otra. Y para muestra, un botón extraído de esas redes en las que sigue fluyendo el odio, señal grapada a este tiempo confuso que nos ha tocado vivir. «¿No quieres oír insultos? Pues vete al Auditorio. Allí seguro no le chillan al pianista». Como si el del fútbol fuese un territorio excepcional donde el atropello verbal sí estuviese permitido. La barbaridad se comenta sola. Juzguen (y reflexionen) ustedes mismos.

Fuente: El Día - La Opinión de Tenerife