Richard Virenque: o le querías o le odiabas

Richard Virenque es hoy un hombre de 52 años al que le va bien en los negocios inmobiliarios. Ayer fue un ciclista que no consintió ni un gramo de indiferencia.

O le querías o le detestabas: no había término medio.

Quizá él (que era un tipo rodeado por el amor propio) tampoco lo deseaba.

Así que, si te caía mal, daba la impresión de que le hacías un favor.

Richard Virenque era todo menos discreto, humilde o simpático: no te lo imaginabas viendo ‘El paciente inglés’ o liderando un equipo de RRHH.

Al menos, en el trabajo, donde fue un ciclista que tenía el baile de San Vito.

Un tipo que se negó a vivir en paz, un escalador de película, que no consentía que te aburrieses y que te convencía que el ciclismo podía ser el mejor deporte del mundo.

Sobre todo en sus años buenos en los que Virenque descargaba toda la munición cuando llegaban los Alpes y los Pirineos en el Tour de Francia (siete premios de la montaña) porque, para él, los partidos o se ganaban o se perdían: no existía el empate.

Y por eso ganó en tantos puertos míticos, en Luz Ardiden, en el Mont Ventoux, en Courchevel y hasta en Morzine (¿qué hubiese pasado en Morzine si no se llega a caer Heras en esa maldita curva?)

Y nos hizo sufrir y disfrutar. Y en ese sentido hay que reconocer que le debemos, que le debemos mucho.

Así que el recuerdo no consiente la indiferencia entorno a Virenque, que hoy es un hombre de 52 años, un tipo al que le va bien en la vida y los negocios y siempre que le vemos en las fotografías aparece con un bronceado que nos da envidia y que es muy digno de él.

Al menos, de aquel Richard Virenque, que tenía el pelo rasurado y que clausuró en el Tour de Francia de 1998 cuando el ‘caso Festina’ nos pegó una paliza a todos y en especial a él: “El Tour me creó y el Tour me ha destruido”, dijo.

Luego, cuando regresó tras la sanción, ya nada fue igual.

Nunca volvió a desafiar la general del Tour de Francia ni aproximarse al ciclista que había sido segundo en el 97 y tercero en el 96.

Virenque se convirtió entonces en un buscavidas. Encontró consuelo ganando su etapa en el Tour y atando el premio de la montaña.

Pero ya no se parecía a ese tipo que te encontrabas en el ascensor y no te saludaba, y tampoco se parecía a aquel ciclista que, siendo muy bueno, se creía mejor de lo que era. 

Por un lado, daba su pena. Por otro, te acordabas de aquel ciclista que te parecía tan sumamente orgulloso y pensabas que la vida le había dado su merecido.

A fin de cuentas, eso es lo que nos pasó con Virenque y lo que nos pasa al recordarle: nunca encontrarás el término medio.

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El Junco de Bérriz.

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