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Laurent Fignon: la salvaje historia del ciclista que murió a los 50 años

Antes de morir, Fignon resumió su vida en un libro en el que conocimos al hombre que habitaba detrás de ese ciclista que nos caía tan mal.

– Cuidado con la tristeza, es un vicio.

En su autobiografía, que fue como una despedida a corazón abierto, Laurent Fignon se acuerda de aquella mágica frase de Flaubert y la hace suya.

Su autobiografía, en realidad, es una obra maestra de 316 páginas titulada ‘Éramos jóvenes e inconscientes”  que termina con un último párrafo memorable:  

– Todos los hombres hemos de morir algún día.

Y él, Laurent Fignon (1960-2010) fue a morir al poco tiempo, a los 50 años, a una edad en la que debería estar prohibido morirse.

Pero Fignon fue diferente hasta en la manera de morir: un cáncer de páncreas que rompió todos los esquemas y que no nos dejó tiempo para darle un último abrazo en los Campos Elíseos.

A cambio, nos quedan los recuerdos sin descuentos en los que recuperamos lo mejor y lo peor de Laurent Fignon. Una historia salvaje en la que lo primero que debemos admitir es que él era un señor que nos caía mal.

Hoy, sin embargo, nos damos cuenta que Fignon fue un tipo que nos regaló lo mejor de su vida porque  era  un competidor enfermizo.

Un hombre que nunca dejó de crear oportunidades y que sólo terminamos de conocer, gracias a la letra impresa de su libro:

– Sobre la bicicleta los hombres acaban revelando siempre lo que son: no se puede disimular durante mucho tiempo -explica-. El hombre se encuentra y se prueba a sí mismo a través de la bici. Pone al descubierto sus defectos, sus virtudes, revela sus grandes apetitos.

Laurent Fignon era para nosotros uno de los reyes de la arrogancia: un tipo capaz de escupir a una cámara,  un hombre con un mal perder horroroso al que nunca hubieras sabido cómo abordar para invitarle a tomar un café.

Teníamos esa sensación.

Nos resarcíamos de su arrogancia deseando verle derrotado. De hecho, su derrota el último día en París por ocho segundos frente a Greg Lemond en aquel Tour de Francia del 89 fue nuestra victoria. Pero así entendíamos a Laurent Fignon y no nos importaba reconocerlo. Nos declarábamos en permanente combate con él y con sus posibilidades.

Sin embargo, la literatura obra milagros, capaz de enterrar prejuicios y de reconciliarnos con un tipo  como Laurent Fignon.

Un hombre que relata en el libro el día en el que le comunican que tiene un cáncer muy avanzado, que esto se acaba y que lo mejor de su vida ya ha pasado.

Nos preguntamos entonces si merece la pena ganar dos Tours de Francia y morir a los 50 años. Pero esa pregunta ya no tiene solución.

A cambio, nos queda ese libro en el que Fignon encendió las luces y admitió que él también tenía debilidades: “Yo tampoco sabía gestionar los momentos de crisis personal”.  

Pero, al final, fue un hombre que siempre estuvo ahí pegando tiros a la victoria, tratando de regresar siempre al podio, repitiéndose cada día ‘esto es posible’.

De hecho, aquel Tour del 89 fue una oportunidad que ya no creíamos destinada para él. Desde la lesión del 85 teníamos la idea de que Fignon ya no volvería a estar ahí, de que ya se le había pasado el arroz y de que ya no regresaría el ciclista que arrasó en los Tours del 83 y, sobre todo, del 84.

Hoy, todo eso refuerza la nostalgia de ese animal herido que era Laurent Fignon y que, sin ser el mejor en nada en el Tour del 89, no fue el mejor por ocho segundos:

– Lo más duro empezó al día siguiente de aquella derrota. Contaba mentalmente 8 segundos y cuanto más lo hacía me daba cuenta de la ridícula distancia que representaba. En ocho segundos no tienes tiempo para hacer nada.


‘Éramos jóvenes e inconscientes” de Laurent Fignon

Cuando se hizo mayor decidió cambiar de traje:

– No soy el que perdió el Tour por 8 segundos sino el que ganó 2 Tours.

Hoy quiero escribir que Laurent Fignon fue el heredero necesario de Bernard Hinault. Una prueba brutal de supervivencia. Una exposición imponente del  orgullo más insufrible. Su éxito, en realidad, fue llegar líder hasta esa contrarreloj del último día en París, el de atacar defendiéndose, el de defenderse frente a esas tendinitis suyas mil veces repetidas.

Quizá por eso hoy entiendo que Fignon fue el antihéroe necesario en aquella época y que sin él aquella etapa nunca la recordaríamos igual.  Y fue una etapa tan maravillosa para el ciclismo… Y yo tuve la suerte de vivirla de chaval, de quererla, de sacarla ahora brillo en la memoria y de atreverme a soñar con escribir un libro como “Éramos jóvenes e inconscientes” en el que, por supuesto, también me acordaría de Flaubert:

– Cuidado con la tristeza, es un vicio.

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Publicado por
Alfredo Varona

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