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Abraham Olano, ciclista de leyenda: “Yo pasé mucha hambre, mucha miseria”

Tiene 51 años, sus memorias de África y una vida plena de ciclista en la que sólo le faltó subir al podio en el Tour de Francia. Hoy hablamos con él.

Ha pasado tanto tiempo que ya no parece que fue ayer. Hoy, Abraham Olano es un hombre de 51 años. Una biografía potente en el ciclismo. Un ciclista para siempre que esta mañana ha hecho 100 kilómetros y que ayer fue por dos veces campeón mundial. Hoy, vive en Tolosa donde a menudo les habla a los jóvenes del ciclista que fue. La experiencia forma parte de su patrimonio. También trabaja para la Federación guipuzcoana. Y no hace mucho tuvo sus memorias de África en Gabón, donde se convenció de que “la felicidad no depende de tener más cosas”.

¿Sigue siendo tan ambicioso?
¿Qué es ser ambicioso?

Ha cumplido usted 51 años.
Sí, el tiempo pasa muy rápido. Sobre todo, cuando veo a mis hijos que ya tienen 23, 20 y 18 años. Su niñez ya es historia y a veces uno no entiende cómo ha podido pasar el tiempo tan rápido. Pero ésa es la realidad. El mayor ya ha terminado la universidad y ahora está estudiando una segunda carrera mientras trabaja.

Fue un buen ciclista. ¿Qué hizo usted por los demás?
Un día me pidió un autógrafo una mujer que el día en el que fui campeón del mundo en Colombia dio a luz. Me dijo que vio nuestra carrera y que disfrutó tanto que eso le permitió entrar más calmada en el paritorio y que nunca se olvidará de mi victoria.

Fue inolvidable.
Gracias.

He leído que ha estado trabajando en África.
Antes de la pandemia, estuve trabajando en Gabón, un país del África Central para crear escuelas de ciclismo. Pero sobre todo allí me di cuenta de que sin apenas nada, sin hipotecas, sin aires acondicionados en verano, esta gente es feliz. Sin embargo, nosotros siempre nos estamos quejando. Siempre le estamos pidiendo más a la vida y llega un momento en el que hay que saber dar marcha atrás y no pretender tener tantas cosas.

¿Y volverá a África?
Quiero volver en cuanto se pueda, sí, porque hay mucho por hacer: en 2026 el Mundial se disputará en África.

Fue usted el sucesor de Indurain.
Así me lo pusieron. Pero con el tiempo te das cuenta de que nadie es sucesor de nadie, y aún menos de Indurain. Siempre supe que era imposible.

Tenía 25 años.
Yo ya había apalabrado con Echavarri ir de segundo de Miguel Induraín al Banesto. Al menos, dos años y, de repente, me encontré que me quedaba como jefe de filas porque, para mí, Banesto era el equipo de Miguel y estar a su lado era como seguir estudiando en la mejor universidad. Pero un día Echavarri me dijo: ‘Miguel no va a seguir y te vas a quedar tú con la responsabilidad’.

¿Y eso le agobió?
No, ¿cómo va a agobiarte que confíen en ti? Pero cambió mis planes: yo quería vivir con Miguel lo que había vivido en Clas o Mapei con Toni Rominger. No necesitaba prisas. Pero hay veces en la vida que las cosas se adelantan.

¿Y fue un problema?
No, un problema no. El primer año en Banesto ya quedé cuarto en el Tour, y eso no es fácil. Jamás había pensado en llegar a tanto. Yo era un ciclista de pista que pesaba 86 kilos. Así era imposible en el ciclismo de carretera. Tuve que trabajar mucho para perder peso. No fue una transformación de un día.

¿Pasó hambre?
Claro. Todos los ciclistas de alto nivel pasan hambre, miseria. Es parte del día a día y lo debes aceptar. Llegas de entrenar y, si fuese por ti, te comerías una vaca. Es más, te lo mereces. Hiciste mucho esfuerzo. Pero no puedes porque entonces no harías bien tu trabajo: controlarte con el pan, con el dulce…, es parte de tu trabajo.

¿Cuántos años pasó sin comer un donuts de chocolate?
No, eso no. Siempre he pensado que al vicio hay que darle un momento. Yo recuerdo que de lunes a viernes era tajante. Pero los fines de semana siempre tomaba algo de dulce porque, para mí, era como una motivación más: esperabas ese momento, lo deseabas, tu propio cuerpo se lo merecía.

No caía tan bien Abraham Olano
No lo sé. Es verdad que se valoraba más a gente como Chaba Jiménez que era más agresivo en su forma de correr. Pero cada uno debe sacar provecho de sus cualidades: yo no era tan espectacular. Las contrarrelojs no son tan espectaculares. Pero ésas eran mis cualidades. De ellas supe sacar provecho. De eso se trataba.

El 98 fue su año.
Gané la Vuelta a España y el Mundial de contrarreloj. Pero tuve otros años buenos. En el 99, si no me hubiese caído en El Angliru, en el 95 fui segundo en la Vuelta a España frente a un equipo tan fuerte como la ONCE… No sé. Fueron muchos años. Hubo de todo pero es que los demás también trabajaban muy fuerte. Sí es verdad que me hubiese gustado subir al podio en el Tour. Estuve cerca, pero…

¿Compensó todo en el ciclismo?
Siempre digo que sí. De joven me gustaba montar en bicicleta. Logré que se convirtiese en mi profesión. Eso es lo más bonito que le puede pasar a uno. Yo soy hijo de un eletricista en Tolosa. Soy el tercero de seis hermanos. Si no es por el ciclismo supongo que, como los mayores, me hubiese dedicado a la electricidad. Y no hubiera estado mal. Pero no hubiese vivido lo que viví.

¿Y ahora?
Bueno, pues aquí me tiene. No quiero vivir sin hacer nada. A mí me gusta enseñar ciclismo. Creo que puedo hacerlo. Es una forma de vida para mí.

¿Qué aprendió de Toni Rominger en el Clas?
Me enseñó a calentar para las contrarrelojs y acabé siendo campeón del mundo contrarreloj. Pero sobre todo con él aprendí a ser meticuloso. Yo era muy joven cuando él estaba. Toni ya llevaba una carrera muy extensa y me llamaba la atención que no era un hombre que le pidiese grandes ambiciones a la vida, que no iba por todas partes soñando despierto, diciendo quiero esto o quiero lo otro, voy a tener… Rominger era un campeón de lo más normal. Fue un hombre que ganó cuatro Vueltas a España.

¿Y con qué sueña usted ahora?
No lo sé. Siempre hay ilusiones por hacer. Si no las hubiese qué sería de la vida. No quiero ni pensarlo. Pero lo importante es saber que lo que te propones se puede lograr. Yo fui el ejemplo. Tenía el hándicap del peso para ser ciclista. Pero supe cómo superarlo. Y no fue fácil.

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Publicado por
Alfredo Varona

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