Con los ojos morados por el KO en Getafe, salió Pep Guardiola y dijo: “Los árbitros no existen para nosotros. No tengo nada que decir sobre eso”. Sin más. Un deportista reivindicando la deportividad, rasgo tan poco habitual que dejó boquiabierto a más de uno, acostumbrado a que la industria del estiércol enfoque en exclusiva los errores arbitrales. Cuesta encontrar deportistas en el deporte. Los vemos en el rugby, donde las decisiones arbitrales se acatan. En otras especialidades hay que espigar para encontrar ese rasgo: la deportividad. Salió Pep, dijo lo que dijo, mandó una lección mayúscula en el más amargo de sus días y ganó una de sus mejores batallas.
A mediodía del domingo, en un partido de fútbol femenino, el árbitro pitó falta por manos de la portera fuera del área, que consiguió frenar un balón que iba directo a gol, pero no expulsó a la guardameta sino que le mostró tarjeta amarilla. Las chicas perjudicadas se lanzaron a por el colegiado reclamando justicia hasta que su entrenadora les pegó un grito: “¡Chicas, a jugar! ¡Respeto al árbitro!”. Se hizo un silencio espeso y acataron. Perdieron el encuentro, pero sacaron una lección importante: el deporte no consiste en ganar, sino en competir y respetar, incluso cuando la injusticia o el error te perjudica. Sobre todo, en estos casos. Lección para la vida, que no está compuesta precisamente de victorias mayúsculas, sino de pequeñas derrotas diarias a las que debemos sobrevivir.
De vez en cuando vemos a un entrenador, derrotado por sus flagrantes errores, mayúsculos, gigantescos, escupir porquería sobre el vencedor, como si verter basura pudiera esconder sus meteduras de pata. Y eso vende: la porquería copa portadas. No hay tertulia deportiva en televisión o radio, ni periódico en Barcelona, Madrid, Valencia o Estambul que no centre sus historias en esa miseria insensata. Se argumenta con un pretendido interés del público, al que se le han vampirizado gustos e intereses. Más que el fútbol, lo que parece agradar es el griterío alrededor del estiércol. Demasiado complicada es la vida como para que sigamos degradando al deporte, uno de sus escasos reductos donde valores como la nobleza y el respeto aún encuentran acomodo. Al que levanta esa bandera le acribillan tachándole de meapilas o hipócrita, cuando en realidad es un ejemplo a imitar.
Guardiola, que en otros asuntos yerra o no acierta, dio un golpe importante en plena derrota. Mientras tantos teóricos amigos suyos se subían al carro facilón del “yo ya lo dije”, carro cargado por una derrota en medio de infinitas victorias, Pep ha soltado un mensaje tan simple como enorme. Si todos hiciéramos como él, nuestro fútbol sería bastante mejor y no se venderían menos periódicos.
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