Ya podemos morir tranquilos

Ya podemos morir tranquilos

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Álvaro Martín, Diego García y María Pérez encuentran la perfección en los 20 km marcha

Nadie puede acusarte de no estar preparado para contar esto. Es casi una amenaza frente a la intimidad lo que ha sucedido hoy en los 20 kilómetros marcha. Un prodigio arquitectónico que explica que hoy todos seamos marchadores y que la familias de Álvaro Martín, Diego García o María Pérez hayan crecido hasta el infinito en una sola mañana. No hay casa con tantos metros cuadrados para albergar a tanta gente que hoy desea darles un abrazo. Es el premio de contar lo que ni siquiera te había dado tiempo a soñar. La ley de lo imposible. El Museo del Prado del atletismo. El sábado 11 de agosto. La marcha, la que casi nunca nos falla. La misma que hoy nos traslada 24 años atrás al podio del maratón de Helsinki (Fiz, García y Juzgado) cuando tantos de ustedes aún no habían nacido. Entonces sentimos que no es lógico tanta perfección. Hoy volvemos a sentirlo. Volvemos a titular como innenarable esta mañana lluviosa de Berlín en la que uno no sabe por quién empezar, si por Álvaro, si por Diego o si por María. Hasta Miguel Ángel López, sexto clasificado, insinuó que algún día puede volver a ser el que fue. No desesperamos. Hay días que nos separan de la palabra imposible: no es invulnerable.

La literatura disfruta. Incapaz de hacer frente a esta gente, la literatura se ha quedado sin adjetivos. Cuando eso sucede significa que hay que viajar muy lejos, aterrizar, incluso, en un mundo que desconocíamos. No sabíamos que Álvaro Martín y María Pérez se habían puesto de acuerdo para ganar. No sabemos cuál de los dos montó esta conspiración, pero nos da igual. No hace falta que nos den explicaciones que no habiten en sus medallas de oro; en el rostro, que desvirtuaba el sufrimiento, de Álvaro que el gran Gerardo Cebrián comparaba al de Miguel Indurain, o en la economía de María de la que participamos todos. Hasta ustedes mismos, aunque no se lo crean, porque cuando hay un atleta español tan cerca del cielo no hay sangre capaz de inmunizarse. Son las cosas del entusiasmo. La única bandera que no tiene patria. La única que hoy es capaz de viajar en menos de hora y media desde Extremadura a Berlín. Señor Álvaro Martín: ya nos ha concedido usted derecho para imaginar su medalla olímpica en Tokio.

Porque hoy es hoy. Hoy podemos morir tranquilos, que también es una sensación muy interesante. El placer es comparable al que te deja la película de tu vida, la película en la que María Pérez siempre sería Meryl Strep. La misma película que coronaría a Diego García Carrera. El tercer hombre siempre es importante y acaso imprescindible. Máxime si trae un valor añadido: la incertidumbre. Un ingrediente que permite contar grandes historias y que hoy, en vez de desesperarnos, sólo nos hizo sufrir. Viajó en las piernas de Diego García Carrera, responsable de ese sentimiento tan noble llamado agonía. Hasta el final no nos atrevimos a celebrar su medalla de plata porque la amenaza de Mizinov, el atleta ruso, nos asustaba como una hipoteca a 25 o 30 años. Pero lo que no sabíamos es que hoy éramos imbatibles. No sabíamos que este sábado íbamos a contar la crónica más bella del mundo. No sabíamos que lo íbamos a lograr gracias a la marcha. Una especialidad con manchas de leopardo en nuestro país y en la que lo único que nos faltaba era unir a un hombre y a una mujer en lo más alto del podio. Queríamos ser prudentes. No queríamos que ustedes nos acusasen de locos.

Pero, ya ven, al final todo llega. Nunca más volveremos a desconfiar de la locura. Nunca más volveremos a olvidar esta mañana del 11 de agosto que nos recuerda que las emociones son como los médicos de guardia. Siempre están ahí por lo que pueda pasar. De ahí que hoy haya sido más fiel a ellas que nunca y, si me volví loco escribiendo, no me culpen a mí. Culpen a estos tres atletas que se pusieron de acuerdo, Álvaro, Diego y María; que desafiaron a la perfección y la encontraron en un sábado que recuerda que la vida es maravillosa. No lo olvidemos nunca.

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