El viejo Gregorio Parra: “Estoy vivo, eso es lo que importa”

El viejo Gregorio Parra: “Estoy vivo, eso es lo que importa”

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Fue la voz del atletismo en televisión desde 1977 a 2006. Un hombre que hoy tiene 72 años, reconvertido en escritor. Un tipo que fue capaz de salir de la UVI, que no se callaba ante nada y que tantas veces nos pareció un cascarrabias desde la cabina de comentarista. 

Hoy es uno de esos embajadores de la nostalgia que habitan por el mundo. Su nombre. Sobre todo, su  nombre: Gregorio Parra. De alguna manera es como abrir la página de un libro que nos recuerda que el tiempo ya pasó y que llevamos más de doce años sin escuchar esa voz. La voz de Gregorio Parra que casi siempre fue la voz del atletismo en la televisión pública, desde 1977 hasta el 11 de septiembre de 2006 cuando narró su última prueba en Sttutgart desde un despacho de televisión, “ya no fui in situ, las vacas flacas empezaban a llegar”. El preludio del 1 de enero de 2007, cuando un monumental ERE en la televisión, no hizo caso de su pasión: “Yo dije que quería seguir y me ofrecí a seguir por casi todos los medios”. Pero los números menospreciaron su pasión y él se retiró diciendo lo que aún dice hoy a quienes le escuchan: “El periodismo sin pasión no merece la pena”. Quizá porque Gregorio Parra fue un apasionado. Un apasionado que tantas veces pareció un cascarrabias. A cambio, fue incapaz de dejar indiferente a nadie. Quizá porque él no se concedía permiso para callarse, esas cosas de uno. “No le veía sentido a callarme. Me parecía más importante decir lo que uno piensa”.

Podía criticar igual una actuación del gran Pietro Mennea que gritar hasta el infinito, “gana, gana, gana”, en el Europeo de Münich 2002 cuando Marta Domínguez venció a Sonia O’Sullivan, porque Gregorio Parra, la voz que tampoco era la de voz de Frank Sinatra, quizá fue un loco. Un loco que hoy es un hombre de 72 años que, por esas cosas del amor, se trasladó a vivir a Barcelona, aunque no duda que pronto regresará a Madrid. “Quiero morir en Madrid”, dice esta vez, como si fuese Jack Nicholson, con esa frente tan amplia, la misma frente que nos narró ocho JJOO, la misma que viajó hasta seis veces al maratón de Nueva York. Pero hoy, en la vejez, no acepta el protagonismo y, a lo sumo, de sus viajes por el mundo, me recuerda la Copa del Mundo de 1985 en Camberra (Australia), donde sólo estaba él y José Ángel de la Casa, “los únicos periodistas españoles que vimos en directo el récord de Marita Koch en los 400 metros (47,60) que aún está vivo”. Qué suerte la tuya, amigo.

Quizá por eso Gregorio Parra acepta que fue un afortunado desde el año 68 cuando entró de becario en RNE. “Entonces veía venir todos los días, a las cuatro de la tarde, a ese hombre o a ese mito de amplias gafas oscuras, llamado Matías Prats, que venía a llamar por teléfono en esos tiempos en los que para hacer una llamada a Córdoba te salía el Servicio de Espera”. Y todo eso también era periodismo para aquel joven, el segundo de siete hermanos de Aguilas (Murcia), hijo de un otorrino, que el día que le dijo que iba a estudiar periodismo, le instó a que llegase a ser  “corresponsal en Nueva York”. Sin embargo, la vida le llevó a los deportes. Al principio, a montajes de partidos de fútbol en ‘Estudio Estadio’ en TVE hasta que en el 77 le propusieron retransmitir una competición de atletismo en Eslovenia en la que debutó Martí Perarnau. Y fue nada menos que a él, “que no había pasado de 6,60 metros en salto de longitud ni de 1,76 en altura saltando a tijera”. De ahí que ese día siempre será inamovible de su biografía. El principio de una era en la televisión en la que no se sabe quién fue más importante: si Gregorio Parra o su voz. No le veíamos en la cabina pero sí le escuchábamos decir, callar, explicar el mundo a su manera.

“Lo mejor fue vivirlo”, resume él que, una vez que empezó a ganar dinero, se suscribió “a  las principales revistas de atletismo que conocía por el mundo. Incluso, por las noches, cuando llegaba a casa,  antes de acostarme, escribía en una agenda las noticias que más me habían llamado la atención en la sala de teletipos de televisión en la que yo pasaba horas, porque entonces no existía Internet”. Pero, sobre todo, Gregorio Parra era el reflejo de una manera de ser en la que él se sentía “un rotundo privilegiado. Había gente infinitamente más preparada que yo y, sin embargo, el que viajaba era yo. Por eso tenía que estar a la altura y la única forma de estarlo en aquellos tiempos era la de buscar información, la de leer y la de decir lo que uno pensaba. Podía hacerlo, porque yo no trabajaba en política, sino en un territorio como el atletismo que te daba libertad plena”. Y hoy sólo se arrepiente de haber tardado tanto en darse cuenta de lo que significó el dopaje en aquellos años, “porque entonces no sé qué hubiese sido de mí. Pero el día que escuché decir a Julia Merino decir que se retiraba porque estaba harta de verle el culo a Sandra Myers…, ese día ya marcó un antes y un después, ese día ya no me volvió a dejar ser el mismo”.

“Porque el atletismo es pasión”, argumenta hoy el mismo hombre que llegó a entrevistar a 256 atletas para un programa que hizo antes de Barcelona 92, ‘Los dioses del estadio’, entre los que estuvieron “Ron Clark, Bob Beamon, Tommie Smith, Zatopek, Carl Lewis y hasta Sebastian Coe al que entrevisté, por mediación de Samaranch, en Bristol adonde Coe había ido a ver un desfile de ropa interior femenina. Y, en definitiva, fue tanta gente, fueron tantos nombres… ¿Qué más se puede pedir a la vida? ¿Quién me iba a decir que iba a vivir lo que viví? Por eso yo digo que no iba a trabajar, sino que iba a divertirme, a acudir a momentos estratosféricos que provocaron que meses antes de prejubilarme me llamasen de televisión y me dijesen que tenía pendiente 140 días de vacaciones… Pero es que no me importaba, me daba igual”. Sin embargo, el tiempo no hizo caso. El tiempo se iba para no volver….”y, por más que quise quedarme en televisión, no hubo manera y tuve que aceptarlo como acepté en su momento lo mejor de mi vida. Al final, la clave está en asimilar cada momento y entender que lo importante es estar vivo, que eso es lo que importa y que, si mañana puedes ver amanecer, ya eres un afortunado. Y no me va mal así”.

Hoy, Gregorio Parra tiene 72 años “y un montón de minusvalías” que proceden de aquel accidente, “en el puente de la Ciudad Universitaria tras venir con mi mujer y mi hija de un operativo en una Final Four de baloncesto en Münich en la que no sé cómo escuché al sanitario de la ambulancia decir de mí, ‘ése está fiambre’. Pero aún no sé cómo el médico de guardia me sacó adelante después de tanto tiempo en la UVI. No lo sé de verdad, porque me rompí el hígado y tuvieron que hacerme una transfusión de tres litros de sangre. Y, sin embargo, aquí sigo hoy, ¿cómo no voy a estar feliz? De acuerdo que tengo mis minusvalías. No puedo alzar más de dos kilos, no puedo levantar los brazos, pero me voy todos los días a mi gimnasio, paso horas escribiendo mi novela que voy a titular, ‘El océano de por medio’, que tiene su lado autobiográfico de situaciones extremas ocurridas en mi familia y que no verá la luz, no. No la editará nadie. Sólo quiero que la lea mi gente, que reconozcan todo el sentimiento que he puesto en ella, porque la vida son sentimientos y aceptar que tú solo eres uno más de esos sentimientos: que en la vida puedes renunciar a todo menos al cariño de tu familia”.

“Me di cuenta al año siguiente de dejar televisión, en los Juegos Olímpicos de Pekín, en los que estaba de vacaciones en Asturias y no sentí necesidad de ver nada. Me sorprendí a mí mismo. No podía imaginar que yo mismo fuese a reaccionar así”, argumenta Gregorio Parra, que nunca más ha vuelto a un estadio de atletismo, “lo que no significa que haya dejado de amar el atletismo. No puedo. No sabría hacerlo. Se trata de la manifestación más pura del ser humano luchando en su hábitat. El culmen de la exigencia  como yo aprendí de mi padre cuando me decía: ‘no tienes por qué ser el mejor, pero sí el más exigente contigo mismo’. Y hoy,  que toda mi vida laboral ya pasó y que casi ha pasado el tiempo para recordarme, aquí me tiene feliz: feliz de haber cumplido, feliz de haberme emocionado y de haber intentado emocionar a la gente y, eso sí, con una única pega: los atletas que me engañaron y que no supe darme cuenta, porque eso también es duro: que le engañen a uno y no se de cuenta, pero, en fin, a todos nos pasan algunas cosas malas en la vida”, insiste hoy después de doce años desde la última vez.

“He vivido para relacionarme con la gente. La gente puede ser excitante. No hace falta que sean medallistas olímpicos. No todos podemos ser como Herbert Elliot, el atleta australiano de 1.500 que se retiró sin conocer la derrota. Pero en todas partes hay gente que merece la pena”, añade él, representante de un tiempo que, en realidad, no fue ni mejor ni peor. Solo fue diferente como les pasa a todos los que tienen la oportunidad de demostrarlo. Quizá por eso hoy volví a este hombre, porque algo nos dejó, algo que no se puede cuantificar y, en definitiva, algo que nos recuerda que los finales existen. A veces, no sabríamos que sería de nosotros sin los recuerdos.

@AlfredoVaronaA 

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1 Comentario

  1. Hola Gregorio,

    me alegro mucho de saber de ti. Espero que todo te vaya bien.

    Un abrazo muy fuerte de Miguel Escalona (entrenador de atletismo Tarragona)

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