Torrente Runner

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Tengo un amigo que se llama José Luis. Es un tipo bastante peculiar, no es un runner como lo entendemos todos. No piensa como un runner, no actúa como un runner, no vive como un runner. Y sin embargo se apunta a carreras. A simple vista no dirías que practica algún deporte, es blandito, de cara ancha y con algo de barriga. Está muy lejos de ser un peso pluma de rostro afilado de los copan la primera fila de las carreras populares.

La especialidad de José Luis son los 10K y las Medias Maratones. Nunca entrena de forma específica para ellas, de hecho nunca entrena de forma específica para nada. Es de esos que puede estar seis meses sin entrenar y luego con unas pocas semanas se pone de nuevo en su nivel habitual. Termina una carrera y sabes que no volverá a entrenar en meses. Él sólo entrena cuando tiene cerca alguna competición.

Siempre se apunta a las mismas carreras. Año tras año la del barrio no falta. Cuando se abren las inscripciones me llama y me dice “¿qué, nos hacemos unas carrerillas?”. Puedo estar meses sin hablar con él, sin encontrármelo en ningún parque corriendo, pero sé que cuando me llama es porque se acerca la carrera del barrio.

Cuando me llama, hace tanto tiempo que no entrena que casi ni se acuerda de cómo empezar. Me pide consejos que sé que no va a seguir, él es así. La naturaleza le ha dado condiciones para correr, pero no las aprovecha. Entrena dos meses y queda en mejor lugar que muchos que como yo que entrenamos todo el año, maldita genética. En el colegio era de los que sacaba sobresaliente en educación física a base de aplicar la ley del mínimo esfuerzo. Hoy tiene barriga y le cuesta algo más, pero a nivel popular se desenvuelve bien.

Hace tiempo que decidí no salir a correr con él. Los entrenamientos los solía dirigir yo, a él le daba igual. “Hoy quiero caña”, me decía. De hecho siempre decía lo mismo. Lo de intercalar entrenamientos de calidad con descanso no es para él. Después de estar todo el verano sin entrenar y bebiendo gin-tonics sólo pensaba en machacarse desde el primer día. Porque él no es corredor, es competidor. Entrena para ganar la carrera del barrio, no por el placer de correr. Fuéramos rápido o lento ese día, a él sólo le obsesionaba una cosa, las chicas. “Joder, ¿has visto a esa?, vamos a pasar rápido para impresionarla”. En cuanto veía una chica en ropa técnica se volvía loco y olvidaba de lo que estaba haciendo.

Lo de las chicas todavía era soportable, pero más de un día estuve a punto de tener problemas por su afán competitivo. Veía a un tipo haciendo series y aunque reventara tenía que seguirle y adelantarle en los últimos metros. Él es así, se ponía detrás de los “objetivos” en el parque y a darle hachazos a todo el mundo. Da igual que tocara rodar lento, él entraba al trapo con todo el mundo y adelantaba haciendo gestos de victoria con los brazos. Eso no sienta demasiado bien. Quiero seguir corriendo en un entorno seguro, así que me busqué excusas para entrenar a otra hora. Ahora madrugo más, pero voy seguro.

Una vez me convenció para hacerle de liebre en la carrera del barrio. Nunca más. Tenía algún tipo de apuesta con un amigo de la noche y quería hacer un tiempo imposible, hora y treinta y cinco en Media Maratón. Tenía que bajar casi diez minutos su mejor marca y sólo había entrenado seis semanas desde el año pasado. Me explicó que iba a darle el chip a un primo suyo para que le hiciera el tiempo con el que ganar la apuesta y pavonearse en la barra del bar, pero lo convencí de que un auténtico runner no hace eso. A partir de ese momento su cabeza comenzó a idear toda clase de maquinaciones para hacer la marca deseada.

Al recoger el dorsal le contó una mentira a la chica que entregaba las bolsas del corredor y se llevó dos, la suya y la de un pobre tipo que aún no había acudido. Se vanagloriaba de haber conseguido dos camisetas técnicas. El día de la carrera mi objetivo era llevarlo a ese 1:35:00, para mí era un buen rodaje ya que estaba empezando mi plan de maratón. Y si podía ayudarle pues mejor, que a pesar de todo lo conozco desde niño. La organización nos había situado en el tercer cajón y salimos en el primero, casi detrás de la élite. Qué vergüenza, había gente que me conoce y que se preguntaba qué hacía yo allí. Pero José Luis fue abriéndose camino hasta el primer cajón y tiraba de mí.

La carrera fue un disparate. Salió como un tiro, me adelantaba incluso a mí que era su liebre. Tuve que decirle seriamente que me obedeciera o me negaba a ir con él. En cada giro recortaba hasta el máximo que se podía recortar, para metros después ponerse a mi altura de nuevo. A los cinco kilómetros ya se había dado cuenta de que no iba a conseguir el objetivo. Estar todo el año sin entrenar y los kilos de más no ayudan. Se olvidó entonces de recortar todas las aceras que veía y se puso a criticar a la organización. “Vaya mierda de carrera, qué circuito más malo, vaya porquería de avituallamiento”. Así en voz alta estuvo el resto de la carrera mientras cientos de corredores nos adelantaban y nos miraban con cara de asombro.

Desde ese día no he vuelto a ver a José Luis. Yo continúo con lo mío, entreno cuatro días a la semana y he vuelto al gimnasio. Incluso me ha dado por hacer alguna carrera de trail en verano. Sé que en cuanto llegue el Otoño José Luis me volverá a llamar y me dirá “¿qué, nos hacemos una carrerillas?”.   

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