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“Sí sin mis brazos”

La fotografía lo dice todo. Recuerda que, a los 10 años, perdió los dos brazos en un poste eléctrico. Una discapacidad del 87%, que, sin embargo, no ha impedido a Manuel Blasco participar en Mundiales ni desafiar las 3 horas en maratón. Porque, en realidad, sus brazos siguen estando en su mente. 

No es la pena, sino la voz: la voz de lo imposible. Tampoco es la poesía, sino la voluntad: la voluntad de uno mismo. El regreso a un tiempo que ya no existe en el que él, que hoy tiene 56 años, entonces tenía diez. Jugaba a las afueras del pueblo, en un descampado con otros niños “a ver quien se subía primero a un poste eléctrico sin tocar los cables ni nada”. Hasta entonces, él era un niño normal, “que tenía unos padres maravillosos” y que era “hijo de un zapatero” que tenía las paredes de casa forradas de libros. “Incluso teníamos una enciclopedia Larrouse… ¿Quién la tenía en los pueblos de aquella época?”. El pueblo era Ejea de los Caballeros, en Zaragoza, donde la vida de este niño iba a cambiar para siempre a los diez años. El destino iba a pegar una puñalada a sus brazos que hoy sólo son “el miembro fantasma que todavía existe en mi mente”. Pero su cabeza miente y la fotografía no lo hace, porque ese día de 1972, uno de esos días de pueblo que parecía anónimo, se saltó las reglas de juego como comprobó él al despertar en la cama del hospital. “Yo lloraba y le  preguntaba a mi madre, ‘mamá, ¿dónde están mis brazos?’ y ella no sabía contestarme”, recuerda.

 Él es Manuel Blasco, el mismo hombre que entonces tenía diez años, el mismo que luego fue sexto en un Mundial de Berlín de 10.000 metros o el mismo que hoy guarda en casa siete medallas en los campeonatos de España. El mismo, en definitiva, al que una descarga eléctrica, “que entró por un brazo y salió por el otro”, le cortó los brazos en 1972. El mismo que sigue soñando con esos brazos o el mismo que, a los pocos días, “ya estaba jugando al fútbol en el hospital”, porque los niños son así. Los niños, en realidad, nunca se resignan como volvió a comprobar él cuando sus padres le enviaron a estudiar a Madrid, “al instituto Nacional de Reeducación de Inválidos, en Carabanchel bajo”, donde estuvo cuatro años. Convivió con chavales, educados para convertir sus limitaciones en virtudes. “Al final, la mente humana se adapta a todo”, dice ahora él, que aprendió “a escribir con la boca y con la mejilla a los once años en la operación Plus Ultra”. Desde entonces, nunca ha dejado de escribir ni de aprender. De hecho, llegó hasta la universidad y terminó Trabajo Social, “y nunca nadie, ningún profesor, me dio a mí más tiempo para que terminase un examen”.


La fortaleza de uno mismo es un arma tan poderosa como la imaginación

No importa que tenga una discapacidad del 87%. No importa, porque la fortaleza de uno mismo es un arma tan poderosa como la imaginación. “Sólo pierdes una vez en tu vida, que es el día de tu muerte, y ni siquiera tengo tan claro que sea así”, matiza él, un hombre poderoso porque ha sabido encontrar la alternativa. Por eso me ofrezco a que hoy nos dé una lección de vida y entonces lo primero que se le ocurre es recordar la figura de su padre. “Mi padre decía que en la vida había que tener siempre una sonrisa”. De ahí que él no renuncie a ella, ni siquiera en los momentos más duros, en esos momentos que para los demás forman parte de lo cotidiano y que, para él, representan una hazaña imposible, “como ir al servicio, ponerme unos calcetines o un gorro en la cabeza. Hasta el simple hecho de comprar un décimo de lotería”. Pero entonces la magia está en él y en su modo de vida en el que, a pesar de no tener brazos, es capaz de ayudar a su madre a limpiar el polvo en casa y, gracias a unos tirantes, nadie le tiene que ayudar a ponerse los pantalones del chándal, porque siempre va en chándal, hasta en las bodas. “Es lo más cómodo para mí”, argumenta. “La ropa también forma parte de mi autonomía. Sé hasta donde puedo llegar. Soy realista. Yo no aspiro a llevar unos pantalones de pinzas. Sé donde estoy”. 

Sin embargo, ese mismo hombre ha llegado a entrenar hasta 140 kilómetros para preparar maratón. “Mi mejor marca fueron 3 horas y 3 minutos en el maratón de Madrid de 1994”, recuerda él, alejado casi siempre del dramatismo. Su cómplice es su sonrisa que le ayuda a sentirse libre, incluso las cuatro veces en las que se cayó y se rompió la clavícula. “Cuando me caigo intento echar las manos al suelo, pero no las encuentro. Mis manos sólo aparecen en mis sueños”, insiste como declaración de intenciones de su vida. “No sé si he roto con lo imposible. Supongo que todo se puede mejorar. Todos tenemos la posibilidad de mejorar cada día y yo no seré la excepción. Pero he sabido perder el miedo. No tengo pesadillas por las noches”. Por eso no tiene sentido pensar en lo que pudo ser y no fue. “Al final, la mayor mentira que existe es la vida. Cada uno tenemos que jugarla con nuestras propias bazas. Yo sólo me igualo a los demás en los sueños. Entonces nadie tiene que ponerme la botella en la boca en los avituallamientos, porque me la pongo yo. Tampoco aprieto las teclas del ordenador con la lengua porque lo hacen mis manos, ni voy corriendo mirando al suelo por miedo a caerme como aquella vez en la que me rompí la barbilla. Pero aun así, una vez que despierto, no tengo problemas en volver a ser feliz”. 


“Corriendo he descubierto que existe la igualdad”

 Quizás entonces se convierte en un hombre brillante al que da gusto escuchar. “Todos tenemos la posibilidad de adaptarnos a casos extremos como el mío. Sólo hay que convencerse de que es posible”, insiste él, que hoy es un hombre mayor que hace casi 26 años, en las Paralimpiadas de Barcelona 92, se convenció de que corriendo podía descubrir una vida mejor. “Fui a ver esos Juegos y vi que las marcas que se hacían eran parecidas a las que yo podía hacer. Si ellos corrían por debajo de 4’00″/km ¿por qué no iba a hacerlo yo? Sabía que podía hacerlo y que sólo necesitaba intentarlo”. Luego, su afán de curiosidad llegó a la meta. Todavía lo hace porque no hay día en el que deje de correr una hora diaria. Una filosofía de vida imperdonable en la que no importa que su fotografía sea distinta ni más difícil. “Yo no tengo el impulso de los brazos”. Pero entonces lo compensa “tirando de riñones”, que son sus ángeles de la guarda. Sobre todo, en las cuestas que tiran hacia arriba, donde ha encontrado algo más valioso que el esfuerzo. “Corriendo he descubierto que existe la igualdad. Al menos, es una manera de reducir distancias con ella. Una especie de integración para mí que me permite demostrar que yo también puedo estar ahí: las carreras son las mismas para todos”.

  Y lo dice él, que desde los diez años tal vez lucha en territorio comanche. “Sólo he trabajado un año y medio o dos en mi vida, porque la gente es reacia a dar oportunidades a gente como nosotros”. Por eso preparó oposiciones y aprobó con muy buena nota cinco de las seis veces que se presentó al IMSERSO. “Pero se trataba  de un concurso oposición y, al valorar los méritos, perdí la plaza que me había ganado en el examen”. Sin embargo, ya no vale la pena discutir con lo que pasó. Ni siquiera con lo que pasará, porque a él, Manuel Blasco, siempre le quedarán los sueños para romper con lo imposible. Para recuperar a ese niño de diez años que utilizaba los cubiertos para comer y que corriendo se impulsaba con los brazos. La diferencia es que hoy ya no hace falta representar a la pena. El tiempo de mirar hacia el cielo con rabia, en realidad, nunca existió. “Mi padre, que murió en 1992 de un cáncer, no lo hubiera entendido. No me dejó hacerlo”, insiste hoy. 

@AlfredoVaronaA 


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6 Comentarios

    • Pues si, Juan se merece ese premio y más, en los colegios ha hado verdaderas lecciones d que para él…,no.., , no. Existe.
      Un saludo.

  1. Impresionante. Imagino la situación y sus sensaciones al despertar después del accidente y ver en qué había quedado y me apena mucho la historia. Pero por otro lado, ver a una persona tan fuerte mentalmente, me hace admirarle sin conocerle. Su vida ha tenido que ser muy complicada. Todo mi respeto y admiración hacia él.

  2. José Ramón Gaspar. Todos los años en Navidad, llega a nuestra casa la carta de Manolo, dirigida a uno de mis hijos, amigo suyo, con la más sincera Felicitación escrita por el mismo. ¿Con la boca… con los pies..? Lo que sí estoy seguro que está escrito con el corazón. Veo este reportaje y quiero felicitarte por tu tesón, consigues lo que otros no alcanzamos. Tengo ocasión de que llegues a mi blog, como muchas veces he pensado y desde él te envío un fuerte abrazo. Te felicito Manolo.

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