¿Quién puede bajar hoy de 4’52” en 2.000 metros?

¿Quién puede bajar hoy de 4’52” en 2.000 metros?

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El récord nacional ya tiene 33 años, logrado por un medallista olímpico de 1.500 como José Manuel Abascal en La Albericia (4’52″40).  Y es verdad que ya apenas se hacen pruebas de este tipo, pero ¿por qué no volver a ellas ahora que va a recuperarse el estadio de Vallehermoso?  

 Hoy voy a regresar al año 86, al 7 de septiembre de 1986, a la vieja pista de La Albericia en Santander, donde aquel día no cabía nadie más. Una locura en un estadio que entonces se preparaba para ver algo único, con las cámaras de TVE de testigo. No fue un error. 33 años después, no ha vuelto a verse nada igual. El récord nacional de 2.000 metros, que aquel domingo impuso José Manuel Abascal, sigue ahí quieto: 4’52″40. Es verdad que ya apenas se hacen pruebas como esta, pero 33 años son muchos años como para no volver a darle las gracias. Hoy, incluso, me arriesgo a preguntar cuál de los atletas de ahora sería capaz de batirlo. Me gustaría que alguien que lo lea se sienta capaz, identificado.

Hablamos de palabras mayores. No cabe duda. Abascal era entonces un atleta de 28 años que un mes antes había corrido en 3’32” en el mitin de Bruselas. Dos años antes, había sido bronce en los JJOO de Los Ángeles completando ese memorable podio: Coe, Cram, Abascal. En realidad, si existía un carácter indomable era él, José Manuel Abascal, capaz de entrenar sin camiseta en los Picos de Europa, donde descubrió un kilómetro de hierba absolutamente llano, a 1.600 metros de altitud, al lado de vacas, ovejas y caballos, en el que hoy lo único que ha cambiado de sitio son las piedras. El resto sigue igual, incluidos sus recuerdos que son los de un hombre nacido en Alceda, en la falda del puerto de El Escudo, hijo de trashumantes, que, antes de ser atleta, se dedicó a descargar sacos de azúcar de los barcos para ganar un dinero. Quizá por eso la suya luego fue una carrera tan bien aprovechada. En los años ochenta, Abascal tenía un caché de 1.800 € por carrera, increíble.

Pero el caso es que hoy me sitúo en aquel día, en aquella vieja pista de La Albericia, donde la idea de Abascal era batir su propia marca, que entonces estaba en 4’54”. Tenía que pasar el 400 en 58 segundos; el 800 en 1’58”; el 1.000 en 2’27”; el 1.200 en 2’57” y el 1.600 en 3’56” y jugárselo todo a una carta en el último 400. Tenía dos liebres como Antonio Paez y Avelino Hidalgo, que entendieron rápido que aquella mañana iba a ocurrió algo grande. Abascal les gritaba, ‘tira más’ después de pasar el 1.000 un segundo por encima: 2’26”. Pero es que aquel día Abascal se sintió pletórico. Un día antes había encontrado la motivación, que le faltaba en aquel final de temporada, al llegar a La Albericia y ver aparcado a las afueras tres camiones de TVE. Su cabeza se anticipó al futuro, que tantas veces es la mejor forma de lograr lo que uno pretende.

La carrera fue a las doce de la mañana. Pero Abascal, al que le costaba mover mucho la musculatura, se levantó antes del amanecer, a las seis de la mañana. Salió a rodar a esta hora 20 minutos muy suaves a la pista, con cuatro progresiones de 80 metros. Luego, fue a desayunar a la cafetería Picos de Europa. Todo era natural, incluida la tensión de aquel atleta, que indudablemente tenía algo distinto. Allí arriba, en aquel kilómetro plano de los Picos de Europa, tenía marcada cada piedra con pintura, cada 100 metros medidos por él mismo con cinta métrica, todo al milímetro. Y, además, allí al lado había un lago de agua fría donde, a falta de masajista, metía las piernas para recuperar.

Abascal pasó el 1.500 en 3’39” en La Albericia y ya iba solo. Las dos liebres ya no podían hacer más por él. Pero el estadio, abrazado a la hazaña, no se resignaba a que aquello no acabase bien. La zancada de Abascal permitía el deseo. Aquel 7 de septiembre de 1986 iba a terminar los últimos 400 metros en 56 segundos. 33 años después, ver el vídeo aún es emocionarse: no necesitamos banda sonora. Abascal era el retrato del atleta que, sin ser un superclase, poco a poco iba logrando todo lo que se proponía. Él siempre ha defendido que, por encima de todo, era un tipo duro, más resistente que rápido como había demostrado en los JJOO de Los Ángeles donde las tres carreras (primera ronda, semifinal y final) se disputaron en tres días seguidas. A otros les mataba. A él le iba bien.

José Manuel Abascal es hoy un hombre de 61 años y nunca será coincidencia encontrarse con él hablando de atletismo. Yo hoy he elegido ese día como podría haber escogido cualquier otro. Pero es que envalentona hablar de récords que duran 33 años. Es más, se me ocurre pensar que ahora, que va a reinaugurarse un estadio mítico como Vallehermoso, le alimenta a uno a pedir que regresen pruebas como ésta de 2.000 metros. Tendría su cosa, porque coinciden los entrenadores que “este es un récord de los difíciles”, únicamente apto para atletas que tengan entre 3’35 o 3’36” en 1.500. Y aun así seguirá sin ser fácil: 4’52″90.

Pero si la vida son retos, si casi siempre se trata de mejorar lo que un día se hizo, adelante. Aquí estamos para explicar que hay recuerdos que merecen compartirse como el de José Manuel Abascal y las cosas que hizo por este deporte que une a esta comunidad nuestra. Por eso, si yo fuese ustedes, buscaría un rato y vería el vídeo de ese día. Allí encontraran a un hombre que no sólo era un triunfador. También estaba a punto de ser profeta en su tierra y que en ese momento iba a detener el tiempo durante 33 años.

Quizá por eso hace unas semanas me parece que el mundo se convirtió en un lugar más justo. Entonces leí a Abascal en su usuario de Facebook que una productora le había propuesto “rodar una película a nivel internacional” sobre su vida. Es más, ilusionado y sorprendido, añadió que la película ya ha iniciado “el proceso de preproducción, con preparativos como la búsqueda de localizaciones, escaleta, guión, plan de rodaje etc”. Y quisiera suponer que en algún momento esa película deberá pasar por la pista de La Albericia. Regresará entonces al 7 de septiembre de 1986.

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