¿Qué se siente en la pancarta de meta?

¿Qué se siente en la pancarta de meta?

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llegada a meta
Hay gente que no te conoce de nada y a la que, sin embargo, eres capaz de emocionar cuando cruzas la línea de meta. Hoy te lo vamos a demostrar, te vamos a hacer pensar. 

Nunca lo había pensado. Ni siquiera se lo había preguntado a nadie. Es más, el domingo en la carrera de Canillejas tampoco hizo falta que se lo preguntase a nadie.

Pero en medio de toda esa gente, allí le vi a él acompañado por la soledad, respaldado por el silencio y apoyado en una de esas vallas que separaban a los corredores de los espectadores de la pancarta de meta.

Y luego la vi a ella, que, metida allí dentro, iba de un lado a otro del escenario con una cámara con la que fotografiaba la vida.

Y luego me contó. Y luego nos contó que acababa de fotografiar a gente que, aunque quiera olvidar, no podrá olvidar. Y que cuando regresase a casa iba a tener algo más que contar a sus dos hijos, a la mayor de 13 años y al pequeño Telmo.

 Pero su trabajo es así: tiene, además, un salario emocional. 

Y ella es Natalia Freiré, la misma mujer que hoy cotiza a la Seguridad Social como periodista de Radio Marca. La valiente que, sin saber nada de atletismo, se especializó en atletismo. Hace cuatro años crió y educó un programa ‘El último runner’ donde se manejan emociones que acaban con el silencio.

Él es Miguel Centeno, un hombre del Diario Sport que vino a Madrid desde Barcelona a cubrir la carrera de Canillejas, a pegarle un abrazo a su amigo José Cano y a reducir la distancia entre las dos ciudades.

 Y, efectivamente, era él quién estaba apoyado en esa valla como lo está en otras tantas veces o en otras tantas carreras. Porque Miguel es el responsable de patrocinios del diario Sport en todas esas carreras. Y se acostumbró a viajar. Y, desde entonces, una de las rutinas que le acompaña es la de situarse junto a la meta con la misma calma que el que se sienta a ver el mar.

No se sabe entonces si aprende música o conciencia.

Podría aprender hasta algo más importante:  entender la capacidad de los demás para emocionarnos o para hacernos sentir mejores. Y eso es  lo que yo luego le escucho decir a Miguel mientras se entregan los trofeos. Y me hace pensar. Y tantear esa idea que ahora estoy tratando de organizar: mañana escribiré de esto.

¿Qué se siente debajo de la pancarta de meta?

Y él, Miguel Centeno, es un hombre que viene del rugby, un deporte en el que las cicatrices sientan cátedra. Pero, en realidad, en el rugby sucede lo mismo que debajo de una pancarta de meta.

En ambos casos nos traen voces broncas o deslumbrantes en las que el corazón marca diferencias.

 El corazón es lo que nos impide sentirnos solos. El que demuestra que esta vez no hay esfuerzos innecesarios. El que nos recuerda que cada historia merece ser contada como explicará luego Natalia Freiré, cuya cámara de fotos parece esta vez un árbol de Navidad. No se ha marchado de la meta hasta que llegó el último runner. Cuestión de valores. Rinde culto al nombre de su programa. Y en el tránsito ganó ella, que fotografió a ese hombre que llevaba tatuado un corazón en el corazón; a ese  padre que terminó a la vez de su hijo, o a ese hijo que acabó por primera vez una carrera tan larga.

Pero también fotografió a esa mujer que, nada más llegar, miró hacia arriba y le regaló un beso al cielo que sólo ella sabe lo que quiere decir. Y a todos esos que llegaron y parecieron no sentir ninguna otra cosa que no fuese cansancio.

El mismo cansancio que provocó que algún día algún familiar sospechase de nosotros y hasta nos preguntase, perplejo, si esto que hacemos no es un sufrimiento que podríamos evitar.

¿Qué necesidad tienes tú…?

Quizás uno entonces les hubiese pasado el número de Miguel Centeno, un tipo que continúa en pie viendo a los atletas llegar, recogiendo sus emociones. Y él es el mismo hombre capaz de coger su moto en una semana de vacaciones y llegar a San Petersburgo o de marchar con la autocaravana quién sabe dónde en los meses de verano y encontrar sensaciones que sólo se encuentran cuando uno abre los ojos.

Y ese es el mismo hombre que continúa frente a la pancarta de meta, porque se trata de eso: de abrir los ojos y, si los abres, podrás o no valorar el esfuerzo de los que alzan los brazos, de los que paran a toda prisa el reloj o de los que nunca bajarán de 40 minutos….

Pero Miguel lo valora.

Porque esto no ata: enamora. 

Y por eso, a golpe de ver a los demás, él ya ha participado en carreras. Y participó en Canillejas. Y si una lesión no se lo hubiese impedido hubiese vuelto a participar esta vez.

Y podría haber sido uno de los corredores que se hubiese colado en la cámara de Natalia, esa mujer que, en realidad, tiene el baile de San Vito. Viéndola uno entiende por que sus orígenes están en el teatro.

Si no hubiese formado una familia, tal vez nunca hubiera salido del teatro y hoy estaría en Valladolid o en Puertollano viajando de madrugada, narrando emociones como todas estas emociones anónimas que siguen aterrizando en la línea de meta…. 

Y esas son las emociones capaces de representar lo mejor de la semana.

Y eso es lo que más hay que valorar: a toda esta gente que llega, sea aquí o sea donde sea; a toda esta gente que está donde quiere estar y que no sabe, o no lo ha pensado, que sus emociones también  emocionan a gente que no les conoce y con la que posiblemente nunca intercambiarán los buenos días.

Hasta el domingo, yo mismo nunca me paré a pensarlo. Por eso nunca me había imaginado escribir lo que he escrito ni intentar dar respuesta a una pregunta que es casi imposible de responder, ¿qué se se siente al cruzar la meta?, porque son tantas historias…

Pero, en fin, también tenemos derecho a escribir de lo imposible. A tocar la gloria con las teclas. A darles las gracias a los que no conocemos en nombre de Miguel Centeno, que ya volvió a Barcelona. Tenía que estar allí a primera hora del lunes, en la reunión de las diez. Pero mereció la pena venir a Madrid, pegarse la paliza en coche, la fuerza de la costumbre.

Natalia también marchó feliz a su casa. Quizá ahora ya está preparando el siguiente programa, buscando una banda sonora que marque diferencias, haciendo cosas parecidas quizás a las que se hacen en el teatro.

Y no importa que los números de su programa no cuadren o que no termine de aparecer ese gran patrocinador. Porque cuando ella se pregunta ‘estoy donde quiero estar’ responde sí. Y, como si volviese a ver Casablanca, cada día que pasa recuerda: ‘seguimos tocando, amigo, seguimos tocando’. 

Y mañana volverá a fotografiar a los demás. O la fotografiarán a ella debajo de una pancarta de meta donde no importa si ganas o sobrevives, porque siempre  habrá gente que no conoces de nada que te lo va a agradecer.

Que se quedará con tu cara.

Y que te recordará que, en realidad, esa es la magia de la vida, la de no saber todo lo que pasa.

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