¿Puede todo el mundo bajar de 3 minutos en un 1.000? 

¿Puede todo el mundo bajar de 3 minutos en un 1.000? 

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La respuesta más habitual es que ‘no todo el mundo puede hacerlo’, pero lean y entenderán que la principal satisfacción tal vez sea la de intentarlo. 

Tenía 45 años. Gabi tenía 45 años y llevaba una temporada magnífica. Traía 2 horas y 49 minutos en maratón. También había hecho 36 minutos en 10 kilómetros: una orgullosa biografía que entonces casi formaba parte de su número de identificación fiscal. Por eso aquella tarde, cuando todavía existía la pista de La Peineta en Madrid, quería saber qué se siente al bajar de 3’00” en un 1.000 como si fuese un libro de divulgación científica. Tenía hasta una liebre de lujo como José Luis Capitán, que entonces era atleta de élite para abordar esa empresa que un hombre como el velocista Ángel David Rodriguez, que hoy tiene 38 años, intentó por última vez a los 18. “De juvenil llegué a hacer 2’52″”. Hoy, ya ni se lo ocurriría intentarlo y no lo puede decir de un modo más rotundo ni coloquial. “Paso de sufrir tanto”. 

Porque, efectivamente, bajar de 3’00” en un 1.000 tiene su leyenda y su dificultad. Su propio argumento en el que un personaje tan enriquecedor como el entrenador José Luis Mareca se lo hubiese explicado entonces a Gabi mirándole a los ojos. “Aunque haya niños y niñas de 12 y 13 años que bajen de 3’00”, sin un entrenamiento específico, eso no quiere decir que sea fácil ni que todo el mundo puede hacerlo”. Todavía lo constata hoy en las pistas de Zaragoza donde “hay opositores que, a pesar de prepararse durante meses para lograrlo, no lo logran lo que nos lleva a esa conclusión que decía al principio: no todo el mundo puede bajar de 3’00″”. Sin embargo, al mismo tiempo vuelve a recordar que no todos nacimos en la misma familia: “Ahora, tengo un niño de 13 años que ha hecho 3’00” y una niña de 12 que ya va por 3’02″”.

En realidad, correr por debajo de 3’00” significa hacerlo a 20 km/h como constató Gabi desde la primera zancada. No había un segundo que desperdiciar como si fuese una película de  suspense. “A lo sumo, yo añadiría la palabra: depende”, argumenta José Manuel Aranzabal que, aparte de haber sido un buen atleta, tiene el título de entrenador nacional. “Para mí, la anécdota crucial es la que tantas veces nos ha contado Juan del Campo, que hoy es el entrenador de moda, cuando él empezó a entrenar con Antonio Postigo sin haber entrenado nunca. Entonces Postigo tenía la costumbre de hacer un test de 1.000 metros que está marcado en el Paseo de Coches de El Retiro. Juan Del Campo hizo 2’42” y Postigo se quedó de piedra. No podía ser de otra  manera. Pero, claro, Juan fue el atleta que, después con un entreno específico, llegó a hacer 1’50″00 en 800″. Al retratar este ejemplo, Aranzabal pretende explicar que “lo que tú puedas hacer no quiere decir que yo lo pueda hacer” lo que, en realidad, no te acerca ni te aleja de la felicidad.

Solo es la misma regla que nos llena de curiosidad por intentarlo. La misma que nos lleva a sacar esta historia de una pista de alto rendimiento; a volver a Gabi aquella tarde en La Peineta o a pensar en usted mismo, que tal vez sea un ciudadano anónimo que tiene derecho a hacerse esta pregunta. El entrenador de Valladolid Uriel Reguero nunca le daría “una respuesta directa porque puede llevar a equívocos, y no es mi intención. Hay factores intrínsecos y extrínsecos como la edad, el sexo, los niveles de experiencia, de entreno, de fuerza o el consumo máximo de oxígeno que delimitan esa pregunta”. Pero, a partir de ahí, arranca la posibilidad de descubrirse a uno mismo como pretendió Gabi aquella tarde. Sus marcas en distancias superiores no desconfiaban del objetivo. Su media semanal de 100 kilómetros tampoco buscaba un milagro. “Pero llegar a correr por debajo de 3’00” significa tanto en algunos casos…”, insiste Aranzabal. “Yo creo que hace falta un entrenador y un entrenamiento específico de dos a tres meses que se empiece con una buena base y en los que se potencie la fuerza y la técnica de carrera. De lo contrario, hay gente que no lo podrá hacer nunca”, añade él, que llegó a parar el crono “en 2’38” con 25 años en uno de esos entrenamientos en Benidorm cuando yo competía por tantos sitios… Qué tiempos aquellos…”

Mareca también podría recordar que él llegó a hacer 2’36” con 19 años. “Pero ahora, por bien cuidado que esté, sería imposible que yo pudiese hacer frente a ese desafío, porque todo tiene una época”, delata a los 60 años, en los que ha visto pasar a su lado “a tantos atletas y a tantos opositores” que tiene motivos para decir que genéticamente “no todo el mundo puede bajar de 3’00”.  Porque no todo el mundo puede revolucionarse hasta ese extremo. No todo el mundo puede alcanzar esa velocidad, “porque la vida es así” y no es ninguna ofensa.  Ángel David Rodríguez, a lo sumo, ya se imagina a su edad haciendo “3’20” y justito”, y eso que él corre 100 metros en 10 segundos, y eso que él coincide con “un velocista como Yunier que tiene 2’40” en el 1.000″. Pero volvemos a lo de siempre: depende, porque todo depende, como nos explican los libros de historia. La diferencia también está en la genética que no permite menospreciar a nadie. Ni siquiera a ese ciudadano anónimo que va sentado a su lado en el Metro, que parece que nunca volverá a correr y que tal vez tenga, dentro de él, una genética soberbia como la tenía Aranzabal cuando sufrir era un placer o como la tenía él cuando hablaba de su propio entrenamiento estrella, “un 1.000 y un 500 con 10 minutos de descanso en el que el 500 podía salir en 1’15″”.

También recuerda que eran tiempos “en los que la Federación popularizaba las pruebas Open y este reto de bajar de 3’00” en un 1.000 estaba en pleno apogeo como ahora lo está la larga distancia”. Pero todavía hay gente que quiere conocerse más y que quiere saber si su sangre es compatible con este objetivo. Nada es más honesto que explicar que no será fácil como comprobó Gabi aquella tarde en La Peineta en la que aceptó este trabajo. Desde la primera zancada advirtió que cada minuto duraba lo mismo que en el maratón: 60 segundos. Y no era un chantaje sino una realidad. Una de esas realidades de la vida que iba a demostrarle que el entrenamiento no es un justificante de pago y que, entre las posibilidades de hacerse mayor, también está la de quedarse en la orilla: 3’02”. Tenía 45 años cuando le pasó esto. Gabi tenía 45 años cuando paró el crono en 3’02” en aquel 1.000. Hoy, a los 61, ya nunca más volvió a intentarlo. Quizás porque hubiese sido jugar en dirección prohibida o quizás no le motivaba lo suficiente. Pero eso ya sólo lo sabe él porque, al final, la vida es una cuestión de motivación.

@AlfredoVaronaA 

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