El precio de ser atleta: “No me tomo ni una Coca Cola”

El precio de ser atleta: “No me tomo ni una Coca Cola”

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Hijo de un camarero, que llegó a correr la media en 1h 2m, Ouassim Oumaiz, el atleta de Nerja, fue plata en el Europeo de Cross de su categoría tras Jakob Ingebrigtsen. “Tengo tiempo para ser el mejor. Pondré todo de mi parte”, dice

En la élite se ata todo. Acaba de terminar el entrenamiento Ouassim Oumaiz y deja caer de la máquina de bebidas un Aquarius Zero. “El azúcar es como un veneno”, explica Antonio Serrano, su entrenador. De hecho, Ouassin, en su ambición por ser uno de los grandes atletas del siglo, promete que él ya no se toma “ni una Coca Cola. Nada de bebidas gaseosas, ninguna”. Y puestos a recordar algún exceso solo se le ocurre el día después del Europeo de Cross en Tilburg donde fue segundo en su categoría por detrás del noruego Jakob Ingebrigtsen. “Entonces me tomé unas magdalenas”. Pero, al margen de eso, no se le ocurre nada más que recordar a Ouassin Oumaiz. Un chico de 19 años, dueño ahora mismo de la habitación 504 de la residencia Blume desde el año pasado cuando se proclamó “campeón de España junior de Cross y de 1.500 en pista cubierta”. Un currículum que hoy es su declaración de intenciones para explicar que el tiempo está de su parte. “Quiero pensar que tengo tiempo para ser el mejor’, justifica sin menospreciar el futuro. “Mi deber es pensar que puedo ser el mejor. Es la única manera de lograrlo. Al principio, nadie es el mejor. No creo que El Guerrouj naciese siendo el mejor”.

Quizás por eso una de sus maneras de motivarse es El Guerrouj. Es más, a su edad, es incapaz de contabilizar las veces que ha visto la carrera en la que El Guerrouj batió el récord del mundo de 1.500 (3’26″00). “Cada uno tiene su forma de motivarse”, insiste Ouassim, cuyos ojos son una invitación perfecta para soñar. El poder de la juventud y de las caras que todavía no tienen arrugas que le hablan a uno con una limpieza formidable de la vida. “Amo este deporte. No me cuesta trabajo vivir pensando solo en correr y en mi familia, porque ellos se lo merecen todo. Por eso en los grandes momentos cuando compito siempre me acuerdo de ellos. Mi familia me hace mejor. Me ha hecho mejor”, añade él que, a pesar de su ascendencia marroquí, nació en Nerja, en Málaga, donde un día su padre instaló su domicilio, “en una casa de tres habitaciones que queda a ocho minutos caminando del mar”.

Así lo quiso el destino que puede ser sabio. “Mi padre fue allí a competir y entonces conoció al dueño de su actual trabajo en el chiringuito de Ayo, el mismo que se hizo tan famoso en la serie de ‘Verano azul’. De hecho, mi padre hoy es uno de los camareros lo que me recuerda lo difícil que es ganarse la vida. No es un trabajo fácil pero hay que trabajar. Hay días como los miércoles en los que él no sale hasta las once de la noche”, explica Ouassim al que quizá hierve la sangre cuando regresa a su adolescencia. “Cuando yo vivía en Nerja, mi padre se preparaba específicamente para ayudarme a mí en los entrenamientos, en las series, después de salir del trabajo. Me acuerdo que con 16 años llegué a hacer con él un 1.000x800x600x400x200 a una media de 2’43”, porque mi padre fue atleta. Un buen atleta que llegó a correr la media maratón en 1hora, 2 minutos y que llegó a tener a una  leyenda como Said Aouita como entrenador”.

Sin embargo, su padre hoy es un hombre de 49 años. Uno de los camareros de Nerja lo que es una inigualable manera de explicar el día de mañana que nunca fue fácil para los atletas de la clase media. “Por eso quiero ser el mejor. Tengo que intentarlo para que luego todo sea más fácil. Es mi apuesta. No tengo otra por ahora. No trabajo, no estudio… No pienso en lo que estoy perdiendo sino en lo que estoy intentando. Por eso tengo que devolver a mi familia lo que ha hecho por mí. El hecho de que yo pudiese venir a Madrid… Al principio, estuve en un Colegio Mayor y ese era un dinero, unos 500€ mensuales, que salía casi todo del bolsillo de mi padre. Pero no sólo eso, sino las concentraciones que he hecho este último año en Etiopía o en Estados Unidos… Cada concentración, aparte de los viajes, no sale por menos de 1.000€, y ése es un dinero que yo debo agradecer a mi padre, que siempre está ahí para lo que sea, para lo que necesite. Por eso no puedo fallarles. No quiero fallarles y no pienso hacerlo”.

Entonces se acuerda del Europeo de Cross donde corrió maravillosamente y, nada más terminar el noruego Ingebrigtsen, se dirigió a él para darle la enhorabuena. “Me dijo ‘congratulations'”. Pero lo realmente importante fue estar ahí, rendir  homenaje a este sueño que hoy está ubicado en la residencia Blume, donde cada día se levanta a las ocho de la mañana. El resto del día no se salta ni una coma de cada lección que aprende en la pista o que le da su entrenador. “Él sabe lo que tengo que hacer. Me da seguridad cuando termino el calentamiento y me explica lo que hay que hacer”. La otra parte procede de una lección imbatible: la humildad que se respira en su casa. La necesidad de buscarse la vida, de dar respuesta a esa pregunta. El ejemplo de sus dos hermanos mayores de 23 y 24 años. “Uno emigró a EEUU a aprender inglés y ahora está de monitor en un gimnasio de Miami y el otro trabaja con mi padre de camarero en Nerja”. La inocencia que despierta la pequeña. “Tengo una hermana de nueve años que también hace atletismo”. El cariño de su madre, la que se desvive en casa por los demás y la que nunca pide nada a cambio.  “Nos recuerda que todos somos uno”.

Quizá por eso fue interesante llegar esta vez a la Blume, pedirle cita al atleta, compartir este rato. Me ha gustado el sentimiento que este muchacho le pone a su profesión. Sus ojos llenos de poesía y sus piernas que cada día le hacen más fuerte. “Si no es porque ahora le pagan un fijo más alto en los crosses, la medalla de plata del Europeo de Cross no ha cambiado nada su vida”, razona su entrenador. “Hay una beca pendiente que debe llegar pero que todavía no ha llegado”. Sin embargo, el dinero no roba el tiempo a los sueños. No es el momento. Hay días como estos que lo recuerdan, entrevistas como ésta que uno haría hasta gratis. Quizá porque la respuesta está en los ojos de este muchacho de 19 años: Ouassim Oumaiz. Todavía no nos ha emocionado pero puede emocionarnos como solo nos emocionan los que se imaginan dueños de su propio destino. “Quiero tirar del carro en mi familia”, resume él. “Comienzo a tener edad de hacerlo y voy a desear que el tiempo me de la razón como se la dio a Él Guerrouj”. El precio en su caso,ya lo han leído, es el de no beberse ni una Coca Cola, espejo impertérrito de su vida de atleta. “Ya tendré tiempo cuando me retiré, ya tendré…”, ironiza en una despedida que ojalá sólo sea un ‘hasta luego’, hasta la próxima vez que el atleta nos conceda motivos.

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