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Esto es una lección: “Si yo hubiese entrenado a mi hijo, hoy no haría atletismo”

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Carlos Oriach es el padre de Pol, UN ATLETA DE 16 AÑOS QUE ACABA DE HACER 3’45” EN 1.500. Un milagro a esa edad y hoy pretendemos saber cómo se ha llegado a ese milagro. “Pol nunca ha hecho un entrenamiento bestia”, añade el padre que en su momento entendió que, por mucho que supiera de atletismo, él nunca debería ser el entrenador de su hijo.

Merendó un Aquarius que compró en la cafetería del estadio de Serrahima.

Se habían olvidado la fruta en casa. Y lo recordaron tarde cuando padre e hijo ya estaban en el coche, camino de Barcelona, a 170 kilómetros, donde Pol, el chico de 16 años, iba a correr un 1.500 con la tripa vacía, en el Criterium Josep Campmany. No había comido nada desde el mediodía cuando comió unas judías verdes y un filete, nada más.

“Pero no hay problema”, le dijo Carlos, el padre, “hay muchos días que entrenas con la barriga vacía”.

“Hay que tirar de reserva”, sentenció.

Pero lo que no imaginaba nadie es que fuese a ocurrir lo que ocurrió en la pista. Phondy, Fernando García Herrera, el mítico entrenador que hizo medallista mundial en 3.000 obstáculos en París a Eliseo Martín, le había pronosticado que “estás bien, quizás para bajar de 3’50”. Pol le había escuchado “y, aunque mi prueba son los 2.000 obstáculos, veremos, veremos lo que puedo hacer”.

Tampoco imaginaba Pol que, al acabar ese 1.500 en el estadio de Serrahima, le fuese a atizar “la pájara” que le atizó. “Me empecé a encontrar mal y me quedé media hora que no me podía ni mover”. Al volver al coche, para regresar a casa, a Albelda, en la misma frontera entre Aragón y Catalunya, se durmió ante tanto cansancio “y dormí tan profundo que no me acuerdo ni de lo que soñé”.

Tenía motivos para soñar, en realidad. En la pista se había relatado una barbaridad. Culpa suya: una de esas cosas que casi nunca suceden. Carlos, el padre, se dio cuenta al terminar de que ni Abascal, el gran ídolo de su niñez, el atleta que le firmó una fotografía a los 10 años que aún conserva en casa,  fue capaz de hacer esa marca que acababa de hacer su hijo en 1.500 a los 16 años: la quinta mejor de todos los tiempos. 

No se lo podía ni creer, pero tenía que creérselo.

Hoy, tres días después, en la frialdad de una tarde de verano sin exigencias, el padre va más lejos: “No me atrevía ni a pensar en esa marca, ¿para qué vas a pensar en lo que no te parece posible?”

Carlos, el padre, fue el que esa tarde, visto que detrás del mostrador de la cafetería sólo veían bollería y nada de fruta, le dijo, “toma sólo el Aquarius para que no te baje el azúcar”. Carlos, el padre, en realidad, es un atleta que a los 24 años llegó a hacer 8’58″26 en 3.000 obstáculos. Luego, sacó las oposiciones a bombero y, por esas cosas que pasan en la vida, estuvo siete años sin competir hasta que un día volvió.

Tenía 40 años y llegó a hacer 9’24” en los 3.000 obstáculos.

Hoy, tiene 50 y, a pesar de los problemas que le persiguen en el aductor, ha hecho 10’30” este año lo que, entre otras cosas, indica que le ha prestado una genética especial a su hijo Pol: la genética es un arma tan poderosa…

Sin ella, no estaríamos aquí.

No hablaríamos con Pol en una tarde como la de hoy en la que se va a ir a entrenar a las 19,30; en la que sólo se define “como un chaval de pueblo”, que va en autobús al instituto, que ha terminado primero de Bachillerato con una media de 7,2 y que quiere estudiar INEF. Si hace falta en alguna asignatura, va a repaso y, eso sí, en invierno jamás se pone los clavos a no ser que haya mucho barro en los crosses que corre los fines de semana. “De niño, me acuerdo que mi padre me llevaba a los crosses que corría él y tengo grabada esa imagen de una vez en la que le vi ganar e hizo que en el futuro yo quisiera ser como él”.

Su padre, sin embargo, nunca aceptó ser su entrenador. “Si hubiera sido así, seguramente ahora Pol ya no haría atletismo, lo hubiese quejado, y yo no quería eso: yo quería que Pol conociese el atletismo divirtiéndose, que lo interpretase como un juego, porque esa es la mejor forma de conocer este deporte. Temía que yo no pudiera darle eso. No quería arriesgarme a que nos pasase. Los padres deben estar al lado, pero sin empujar, sin apretar”.

Quizá por eso hoy es tan interesante escuchar al padre: Carlos Oriach. “Yo veo en Aragón que cada año se baten los récords infantiles y, sin embargo, luego, cuando llega el momento, de esos chavales no vuelve a saberse… Entonces regresa mi sensación de que si quemas etapas antes de tiempo acortamos la vida de los atletas. Y no es así. Los padres no podemos exigir tanto a los entrenadores. El atletismo es un deporte que no se puede aprender de manera individual, no digo yo que no se haya de mirar el reloj entre los niños, porque todo el mundo lo mira, pero defiendo que hay muchas maneras de mirarlo”. 

En ese sentido Pol representa lo que ha aprendido de su entrenador, de ese cajón de sabiduría: “Corre a lo que el cuerpo te dice que puedes correr, no más”.

Se trata de no quemar etapas. “No buscamos el ácido láctico. Nunca llegamos a la extenuación en los entrenos. Si cuento los ritmos en el último entreno de 3×500, antes de lo de Serrahima, no se lo creerían que luego pueda hacer un 1.500 en 3’45” Pero es que yo no recuerdo el día que Pol se haya metido un entreno muy bestia”, insiste el padre, que todavía va con él “en los rodajes de 12 o 14 km” y le ayuda en las series, “y si veo que no voy a aguantar salgo antes para que él me coja y se esfuerce un poco más”.

Pol es el mediano de tres hermanos. El mismo que entrena por las tardes, al salir de clase en invierno. El mismo que hace seis días a la semana en los que puede sumar “unos 70 kilómetros” y en los que este invierno llegó a hacer 7×1.000 o una pirámide de 3.000×2.000×1.000 a una media de 3’05” “lo que tampoco es tanto”, insiste el padre, “pero es que ahora se trata de eso”.

De vivir, de aprender, de probar lo que nunca has probado.

Pol, que cumplirá 17 años en septiembre, venía de correr un 1.500 hace unas semanas en Fraga. “Hice 3’53” tirando yo solo con mucho frío y con el viento en contra”. Se dio cuenta entonces de que estaba bien, el único pasaporte que se conoce para lograr grandes cosas.

Phondy, un personaje imprescindible en esta historia, el hombre que entrena a padre e hijo, nunca saca las cosas de quicio. “Esto son matemáticas”, le dice. “Tanto tienes, tanto vales. Luego, sólo hay que saber cuadrar los números”.

El entrenador, como el padre, se ha acostumbrado a que Pol casi siempre les digan “bien, bien”, espejo de una manera de ser en la que el padre como la madre, “que trabaja en una agencia de viajes de las de toda la vida”, hablan de un adolescente “que es un gran competidor, que no tiene miedo a nada”.

Entonces uno recuerda que es preferible no tener miedo, que las respuestas casi siempre son más interesantes que las preguntas. “No me acordé de que tenía la tripa vacía. No pensé en nada. Sólo pensé en que me encontraba bien y en correr tan ápido como pudiese”, explica Pol al recordar ese célebre 1.500 en el estadio de Serrahima que ha pasado a la historia: culpa suya.

3’45″56.

Barcelona, Criterium Josep Campmany.

No lo olvidaremos nunca, porque preferimos no olvidarlo. No tenemos necesidad de olvidar cosas que ocurren cada tantísimo tiempo.

Preferimos seguir soñando, que es lo mejor que podemos hacer por ahora en esta historia domiciliada en Albelda, un pueblo de 800 habitantes en la frontera entre Aragón y Catalunya. Aquí empezó todo hace no tantos años hasta que Carlos, el padre, se dio cuenta de que Pol tenía un potencial extraordinario y le ofreció ir a Monzón, donde le iba a recibir un sabio cuando pasó a juveniles: Phondy. “No tenemos nada que perder”, le dijo.

El día de mañana aún es un horizonte lejano en el que “no decimos no a nada y claro que hemos hablado de los CAR y eso”, explica el padre. “Pero si lo que tenemos ahora funciona, ¿por qué vamos a tocarlo? Necesitamos que el  tiempo nos siga dando información y el día que realmente sepamos pros y contras decidiremos”.

Pero hoy es pronto para decidir. Pol Oriach aún tiene 16 años.

@AlfredoVaronaA

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