El maratoniano que no esperaba nadie

El maratoniano que no esperaba nadie

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Iraitz arrospide
A los 29 años, sólo tiene dos de antigüedad corriendo. Iraitz Arrospide, empezando a entrenar cada día a partir de las siete de la tarde, trabajando 40 horas semanales en Sheffield, ha llegado a correr el maratón en 2h18m09seg en Berlín. Buscará en Sevilla clasificarse para el maratón del Europeo.  

Hoy ha amanecido a -4ºC en Sheffield, donde aguarda una pequeña gran revolución. Podría empezar con él o con su entrenador, ese hombre John Wood que le ha convencido de que “si vas a competir en asfalto debes entrenar en asfalto”. Por eso cada tarde, a partir de las 19:00, Iraitz Arrospide se marcha a correr a las afueras de la ciudad, donde da libertad al atleta de fondo que desconocía que habitase dentro de él.

“Hasta los 20 años, yo jamás había corrido nada”, dice desde Sheffield, donde se trasladó hace cinco años “con una beca Erasmus” y donde hoy, licenciado ya en ingeniería industrial, tiene “un trabajo estable”. No le queda cerca de casa, “porque tardo hora y media en llegar en tren”. Tampoco tiene jornada intensiva, “porque me levanto a las 5.50 de la mañana y como pronto regreso a casa a las 18.15 de la tarde”. Pero en esa empresa, que se dedica a fabricar piezas de aviones, Arrospide es un hombre feliz de 29 años que, a la espera de ser padre en marzo por primera vez, ha llegado a correr el maratón en 2 horas, 18 minutos y 9 segundos. El precio ha sido “una media de 120 kilómetros durante 16 semanas”. Así que hay motivo para preguntar a un hombre así si aspira a clasificarse en la distancia para el Europeo del próximo verano. “Al menos, yo voy a intentarlo en Sevilla”, admite.


“He descubierto que me gusta el deporte de resistencia. Por eso le pongo tanto interés porque alrededor del deporte no sé qué es lo próximo que puede ocurrir”.

Pero antes de llegar a Sevilla queda mucha vida por explicar en Sheffield, donde Arrospide fija las reglas de juego. “El caso es que para mí esto de correr no deja de ser un hobby”. Un hobby que a él, un guipuzcoano de Tolosa, ya le ha permitido comer en el mismo stand que Mo Farah en la media maratón de Newcastle. Tuvo ese derecho como atleta de élite, porque su marca, ese 2:18:09 de Berlín, cotiza fuerte y él tampoco lo achaca a nada sobrehumano.

“Es verdad que hasta los 20 años yo nunca había corrido, pero a mí tampoco se me puede explicar sin el deporte. Yo era nadador. Comencé a nadar a los 13 años y si hubiese tenido una técnica mejor… Si hubiese empezado a los siete u ocho años, que es cuando realmente se adquiere la técnica… Hice cosas a nivel de Euskadi y llegué a ir a algún campeonato de España. Pero, sobre todo, la natación me dejó mucho trabajo de fuerza, infinidad de horas en el gimnasio que es algo que queda para siempre: un sufrimiento que no se olvida nunca y que supongo que ahora se nota corriendo“, añade él, sobrino de un ex ciclista profesional (Jon Arrospide) y primo de Gastañaga que, después de jugar en la Real Sociedad, lo hace ahora en el Nàstic de Tarragona.


“Todo esto son sensaciones recientes, porque yo no nací atleta. No tengo siquiera formación de atleta”

“Si es por familia…, pero no sé si lo mío es genética o no… También puedo decir que mi padre se dedica a la cría de pollos”, rebate él, Iraitz Arrospide, un hijo único que acepta que  la diferencia está en su cuerpo. “A lo largo de toda mi vida, siempre me ha pedido hacer algún tipo de ejercicio. He descubierto que me gusta el deporte de resistencia. Por eso le pongo tanto interés porque alrededor del deporte no sé qué es lo próximo que puede ocurrir. En realidad, ni lo pienso, porque es una de las ideas que nos mete John Wood, mi entrenador. No pienses. Se trata de correr, nos dice. No de pensar. Es más, hasta que llegamos a la pista nunca nos dice el entrenamiento que vamos a hacer ese día. Siempre razona que así no perdemos el tiempo pensando en los entrenos. Ese tiempo no nos lo va a devolver nadie”. Máxime para un atleta como Iraitz, que no dobla nunca, capaz de concentrar 23 kilómetros en una sola sesión. “Pero esas son mis reglas. Mis reglas de juego”, matiza él mismo, especializado en lidiar “con esos 20×400 con 200 metros de trote que, a los ritmos que los hacemos, son como una cuchilla. Pero la realidad es que luego uno acaba el entrenamiento y ya imagina lo que hará mañana. Y, para mí, todo esto son sensaciones recientes, porque yo no nací atleta. No tengo siquiera formación de atleta. Sé que estoy en un país como Inglaterra, donde este deporte tiene una tradición enorme, pero entonces, cuando tenía edad de conocerla, yo estaba metido en la piscina”. De ahí que el suyo sea un sueño sin permiso en el que hoy no se trata de repartir las culpas, sino de multiplicar el tiempo.


“Cuando empecé a correr la única motivación que tenía era la de mejorar cada año mi marca en la Behobia-San Sebastián”.

“Trabajo ocho horas diarias, pero tampoco es un trabajo físico… No puedo perder esta oportunidad laboral que estoy viviendo en Sheffield. De hecho, espero que algún día me abra las puertas para volver a España. Pero eso será a medio plazo”, razona él que esta tarde, cuando vuelva a casa de trabajar, volverá a vestirse de atleta. “Hace cinco años, cuando llegué a aquí a estudiar, dejé de correr. No veía este clima para mí, estos inviernos, esta oscuridad…, pero eso no quiso decir que dejase de hacer deporte. Me metí en el gimnasio, donde gastaba la energía hasta que llegó el verano. Entonces empecé a correr cada sábado las carreras de parque que se hacen en Inglaterra. Y vi que, sin entrenar gran  cosa, hice 33 minutos en 10.000 y 1 hora 11 minutos en media maratón”. Y entonces cambiaron las reglas de juego. “Desde octubre de 2015 estoy haciendo cosas que no había hecho nunca, porque yo no era así. Claro que no. A los 20 años, cuando empecé a correr, la única motivación que tenía era la de mejorar cada año mi marca en la Behobia-San Sebastián. Tuve que dejar la piscina, porque me desplacé a estudiar a Villafranca. Cada vez necesitaba más tiempo en el agua y cada vez yo tenía menos tiempo. Me olvidé del desencanto saliendo a correr, pensando en la Behobia”.

Hoy, sin embargo, el maratón es parte de su certeza y de su incertidumbre. “Fui al maratón de Londres con una preparación muy justa e hice 2 horas y 24 minutos y dices… ‘¿qué puede pasar aquí más adelante?‘, y ahora, hace unos meses, voy a Berlín y 2h 18 minutos…” En un escenario así, no importa que hoy haga un frío indomable en Sheffield para que él, Iraitz Arrospide, vuelva a salir a correr, a despertar el fondista que lleva dentro, que es como el poeta que no sabía que existiesen las letras. Una carta de amor que pide una nueva oportunidad. “Soy feliz porque tengo la suerte de trabajar en lo mío y de tener un trabajo estable”, explica. “Pero a la vez saco tiempo para correr, para dar un paso más cada día y quién sabe si tendré alguna opción de clasificarme para el Europeo... El problema es que la marca tiene que estar hecha para el mes de marzo. Si tuviese un poco más de tiempo… Mi pasada temporada terminó muy tarde y ahora voy a llegar muy justo al maratón de Sevilla”. Pero esa también es la incertidumbre del deseo que nació en Tolosa y hoy se aloja en Sheffield como si fuese el protagonista de cualquiera de las películas de Ken Loach que arrancaron en Sheffield.

@AlfredoVaronaA 

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