¿Hasta qué límite puede llegar nuestra capacidad de sufrimiento?

¿Hasta qué límite puede llegar nuestra capacidad de sufrimiento?

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Imagen de la Burriac Atac 2018
Imagen de la Burriac Atac 2018

Si alguien esperaba encontrar en estas líneas una serie de ecuaciones probadas científicamente, definidas y ‘cuadriculadas’, me sabe mal que se lleve una decepción. Sí citaremos durante el artículo a expertos, a atletas y a gente relacionada con el mundo del deporte sobre este tema, pero el trasfondo real será inducir a todos a hacer una pequeña reflexión.

El indudable, infrenable y cada vez más extendido arte del ‘running’ ha conseguido algo que quizás otros deportes o actividades no habían logrado hacer por los siglos de los siglos. Ha llegado a unos límites que en el caso de muchos deportistas podrían parecer inalcanzables. Hablamos del cansancio, el sufrimiento, la capacidad de sacrificio. Aquello que habitualmente lucha dentro de nuestra mente para quitarnos la idea de salir a correr. Esa especie de ‘ser maligno’ que nos percute y que intenta, con más o menos éxito, dependiendo del caso, que no nos levantemos del sofá. Más allá de ritmos, de zancada, de si hacemos tiradas largas o cortas, de si somos mejores en distancias más o menos holgadas, eso es lo que define a un corredor, ese es el verdadero baremo a la hora de clasificar a los ‘runners’.

La ‘otra’ clasificación de los ‘runners’

Porque sí. Hay corredores con una predisposición casi diríamos innata para salir al asfalto, a la montaña, al tartán, donde sea. Donde sea, a la hora que sea y en las condiciones que sea. Ni siquiera llegan a sentir esa batalla interna en sus mentes. Se proponen salir, lo hacen y no solo cumplen, sino que habitualmente llegan más lejos de lo que se habían propuesto habitualmente.

Y, por otro lado, están los que sí deben lidiar con esas voces interiores que divergen, que chocan. Unas veces gana el ‘ser maligno’, otras el ‘pepito grillo runner’. Este grupo, en el que por cierto y lamentablemente me incluyo, es el más numeroso. Porque sí, porque somos ‘débiles’. Débiles evidentemente entre comillas porque tenemos obligaciones, porque tenemos jornadas largas, porque tenemos una vida personal que cuidar y de la que ocuparnos. Y, además de todo ese cúmulo de cosas, queremos cuidarnos, hacer deporte, mantenernos en forma. Salir a correr. Y todos estos ingredientes forman un cóctel que no siempre acaba en un sabroso ‘Bloody Mary’ o ‘Cosmopolitan’, sino que a menudo nos vence la fatiga y no somos capaces de cumplir con el plan establecido con la mejor de nuestras voluntades.

Sufrimiento y estado de forma: dos elementos que convergen

Todo esto nos lleva al ‘quid’ de este artículo. ¿Hasta qué límite puede llegar nuestra capacidad de sufrimiento? Porque claro, una vez el ‘pepito grillo runner’ gana la partida y salimos al asfalto (o donde sea), luego hay otros condicionantes. Nuestro cuerpo no siempre manifiesta la misma predisposición para rendir. Hay días muy buenos, otros regulares y otros en los que definitivamente hubiera sido mejor no salir. Pero como no lo sabemos, como nuestro cuerpo es un organismo independiente que desgraciadamente no siempre podemos controlar, salimos igualmente.

Una vez en el asfalto, en el tartán, la pista o cualesquiera que sea la superficie sobre la que hemos decidido prodigarnos en esa ocasión, entra en juega la capacidad de sufrimiento, el nivel de ‘pasarlo mal’ al que estamos dispuestos a llegar o sobrepasar. La campeona del mundo de Kilómetro Vertical y de Skyrunning Laura Orgué nos comentaba en la Bolsa del Corredor que “siempre digo que hay dos tipos de sufrimiento, el de cuando estás entrenado y el de cuando no.  Creo que los corredores de montaña podemos decir que disfrutamos sufriendo porque llevamos unas horas de entreno detrás y es un sufrimiento en clave positiva, pero si no diríamos que es sufrimiento del malo”.

El sufrimiento de un profesional no dista tanto (a su manera) del de un ‘amateur’

Está claro que siempre hay que extrapolar el ‘sufrimiento’ de un profesional al de un amateur. Pero cada uno en su medida y en su contexto no tienen porque ser tan diferentes. Es obvio que si estamos en forma podremos llegar más lejos y tendremos una capacidad de sufrimiento más amplia porque nuestro cuerpo nos responde mucho más que cuando estamos en horas bajas. Es ahí cuando llega antes esa temida barrera mental en la que nuestra cabeza nos empieza a martillear diciendo que “hoy no, no aguantas, no puede ser, en otras ocasiones has hecho ese mismo recorrido, pero ahora no puedes, no te alcanza”.

En nuestro artículo ‘Correr una hora: Consejos y tabla de entrenamiento’ hablamos, entre otras cosas, de cómo un corredor principiante poco a poco va aumentando su capacidad de sufrimiento conforme crece también su estado de forma y la ‘pérdida del miedo’ a afrontar retos cada vez más ambiciosos. “Ser capaz de correr durante 30 minutos seguidos. Para los runners principiantes, esto puede llegar con unas semanas de entrenamiento. Con aproximadamente unos dos meses o dos meses y medio, siempre que se mantenga suficiente constancia, el organismo se va a adaptando al sufrimiento que supone correr durante 30 minutos de manera ininterrumpida”.

Una delgada y fina línea entre sentirte poderoso y ‘estar en el pozo’

Al final, la delgada línea entre disfrutar del entorno y de nuestra salida y el sufrimiento, el cansancio extremo, es tan pequeña, tan estrecha que apenas cambia de un estado a otro casi sin darnos cuenta. Muchas veces nos vemos bien, poderosos, dominando nuestro cuerpo y el entorno, y en un abrir y cerrar de ojos estamos ‘en el pozo’, sufriendo, sacando la lengua en cada zancada, viviendo casi una penitencia. Son estados más o menos efímeros, pero que se manifiestan casi siempre.

Ya para terminar y dejar en el aire un poco la reflexión y que cada uno pueda llevársela a su terreno, recordar el análisis que Jordan Santos (Licenciado en Biología y Doctor en Fisiología del Ejercicio) hizo en la Radio del Corredor sobre cómo aparece la fatiga, qué la origina y como a base de ejercicio físico podemos combatirla. “Básicamente, una de las tendencias para explicar la fatiga que se produce en esfuerzos máximos es que uno de los posibles responsables es la caída de la oxigenación cerebral que se produce cerca de la extenuación. Digamos que con el ejercicio físico nuestra oxigenación cerebral mejora porque la frecuencia cardíaca es más alta, bombea más sangre al cerebro y el cerebro es uno de los músculos más importantes en el rendimiento”.

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