La vida: siguiente estación

La vida: siguiente estación

1561
0
Compartir
José María Calvo era un culturista de 21 años al que un coche atropelló y le dejó parapléjico. Hoy, tiene 46 años y sueña con ser campeón del mundo de handbike (ciclismo adaptado). “No soy discapacitado. Tengo otras capacidades”, asegura. 

Desde los 21 años no ha vuelto a andar. Tiene 46 pero es imposible que el drama gobierne esta conversación destinada a hacernos mejores personas o, como mínimo, a descubrir a un hombre como José María Calvo que aquel día, “cruzando un paso de cebra” vio como un Volkswagen Santana atropellaba su vida. No se olvidará del coche ni del conductor, que dijo que no le había visto. El reflejo del sol se lo impidió, pero él sí se dio cuenta rápidamente de que “no volvería a andar”. No perdió la consciencia en ningún momento. Tenía 21 años.

Trabajaba en una empresa de movimiento de tierras al mando de una excavadora, “en la misma empresa en la que ahora trabaja mi hijo, que entonces tenía 3 años y hoy tiene 27”. Llevaba dos años casado, pues su vida entonces iba a cámara rápida. “Me casé a los 18 años. El 1 de enero cumplí los 18 y el día 27 de ese mismo mes me casaba”. Quizás porque su vida se salió de lo corriente desde muy pronto. “A los 10 años perdí a mi madre en un accidente de tráfico”. A los 14, “nada más terminar octavo de EGB”, dejaba de estudiar “porque había que echar una mano en casa” a su padre, que era agricultor. Pero esas eran las exigencias de una familia numerosa de ocho hermanos en la que José María, el séptimo de esos ocho hermanos, nunca dejará de recordar a su madre, “como una supermamá hasta que ese accidente se la llevó. En aquella época no se hacía tanto hincapié en llevar el cinturón de seguridad. La puerta de la furgoneta no estaba bien cerrada, se apoyó en ella y al caer se dio un golpe en la cabeza contra la carretera que resultó letal. Y se fue”. Tenía 36 años la mujer.


Ha descubierto su sexto sentido en el deporte

Sin embargo, el recuerdo hoy es imbatible. “Yo ya tenía edad para recordar”, explica José María, que trabaja seis días a la semana, mañana y tarde, en un puesto de la ONCE en Ejea de los Caballeros “vendiendo cupones” lo que nunca fue la ilusión de su vida. Pero aun así presume de ser “un hombre feliz” que ha descubierto su sexto sentido en el deporte. “Hasta el accidente, yo hacía culturismo. Me gustaba. Me llamaba la atención el culto al cuerpo y en el culturismo descubrí una disciplina en el deporte y en la alimentación”.  La misma disciplina con la que ingresó en el hospital nada más sufrir el accidente. “Vi lo que me había pasado y desde el primer momento dije que no quería que esto, que me había sucedido a mí, cambiase la vida de nadie de mi familia. Me puse el reto de salir lo antes posible del hospital, donde me avisaron que no me iban a dar el alta hasta que no pudiese valerme por mí mismo fuese para hacerme la cama, para preparar la comida, para vestirme o para fregar los platos, para lo que fuese. El reto, en realidad, era inmenso, pero había que aceptarlo. La vida había venido así y no le veía sentido a andar protestando, a decir esto no es justo o ‘yo no merezco esto'”. Tenía 21 años.

La adversidad no se atrevió a vencerle. “Siempre recordaré que entré en el hospital Miguel Servet de Zaragoza el 28 de agosto y en Navidad ya me habían dado el alta, porque yo no lo entendía de otra manera. Tenia que luchar por ello. Hice frente a esos plazos. Tenía que creer en mí. Me acuerdo que cuando me senté en la silla de ruedas por primera vez fui a ver a otros pacientes del hospital que estaban en mi estado. Los había, incluso, más jóvenes que yo, que llevaban años ahí. Desde mi ignorancia o desde mi atrevimiento les quise hacer ver: ‘¿no os dais cuenta de que cada día que pasamos en el hospital estamos perdiendo el tiempo?'”, recuerda José María, que entonces ya era propietario de la misma respuesta de hoy. “Yo me dedicaba a decirles: ‘cuánto antes volvamos a casa antes podremos hacer una vida normal'”. Tenía 21 años y la misma fuerza de voluntad con la que contestó a los médicos aquel día que le comentaron la posibilidad de ir al hospital de parapléjicos de Toledo a recuperarse: “No voy a ir, porque eso significaría mover a toda mi familia y no estoy dispuesto a hacerles pasar por esto”.

La indemnización le permitió comprar y adaptar su casa, “en la que las puertas son más anchas de lo normal”. Había que pensar en la silla de ruedas, porque esa silla son sus piernas desde que aquel  paso de cebra lo cambió todo. El conductor, que era un hombre mayor, ya murió, pero José María sigue aquí. “A tí por venir”, le acaba de decir a una clienta, que le da las gracias tras pagarle el cupón de la ONCE. “Al principio, me costó adaptarme al trato con el público, pero ya llevo ocho años. He sabido encontrar el psicólogo que todos tenemos dentro de nosotros”. La recompensa es esta conversación de un hombre, al que no le gusta que le llamen “discapacitado. Prefiero que digan que tengo o que tenemos otras capacidades porque es así. Todo el mundo puede hacerlo. Has de buscar otras posibilidades que hay dentro de tí. Si lo intentas puedes encontrarlas. Claro que yo daría lo que fuese por volver a andar. Pero no sé si llegará ese día. No sé si las investigaciones avanzarán hasta ese extremo. Mientras tanto, he de pensar en lo que tengo y me gusta lo que tengo: mi casa, mi mujer que es un ángel, mi vida. Incluso, mi edad todavía me autoriza para soñar”. Tiene 46 años.

“Admito que ya es una edad, pero el campeón del mundo de handbike tiene 50 años. Sé que juego contrarreloj pero todos tenemos derecho a soñar. Hay gente que tiene que esperar más para cumplir sus sueños”, insiste él, a día de hoy, innegociable sin el deporte que le ha permitido ser cuarto de España y  coger un avión por primera vez en su vida, nada menos que a Johannheburgo, para competir en el campeonato del mundo de Sudáfrica, donde fue octavo clasificado.  “Yo llegué al deporte por curiosidad. No para escapar de nada. No lo necesitaba, porque tengo una cabeza muy dura”. Así fue su declaración de intenciones desde el primer minuto. “Siempre recuerdo que en el hospital me pusieron un psicólogo para ver cómo estaba mi cabeza y, a los dos días, él mismo me dijo: ‘no vuelvas más porque no lo necesitas'”. Tenía 21 años.

25 años después, entrena seis días a la semana al mediodía. “Aprovecho la hora de comer, el descanso en el trabajo”. Hoy hace ciclismo, pero empezó en el atletismo, “donde hice velocidad, 100, 200 y 400 metros. Tenía mucha fuerza. Venía del culturismo y llegué a ser medalla de bronce en el campeonato de España. Pero me di cuenta de que aquí apenas había pruebas y para competir debía salir al extranjero. Y, aunque todavía haga carreras como la Behobia, no era el plan más óptimo. Por eso me animé con la bicicleta (handbike) que no sólo me ha cambiado la vida. También ha cambiado mi físico. He pasado de pesar 90 a 69 kilos”. Una  nueva aventura, “en la que mi límite está por descubrir y eso es apasionante. Agradezco de veras esta oportunidad: el ciclismo engancha mucho. Cada vez veo que  aguanto más y que puedo ir más rápido. Tenía que perder el miedo a la carretera. Supe hacerlo”, insiste hoy, sin necesidad de  reprochar nada a la vida. Ni siquiera a ese paso de cebra por el que pasa a menudo. Pero la memoria nunca actuó como una una pesadilla. Hoy tampoco. Tiene 46 años y la prueba mas rotunda está en su lenguaje, un arma de destrucción masiva frente a la dificultad. Un ejemplo para toda la vida.

@AlfredoVaronaA 

Compartir

Te puede interesar...

Deja un comentario

Con la publicación de un comentario acepto expresamente recibir la newsletter y soy conocedor de que puedo darme de baja en cualquier momento de acuerdo a nuestra política de privacidad