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La obra maestra de la agonía

Los 50 km marcha nos dejaron algo más que una carrera. Nos dejaron a un héroe que no olvidaremos nunca: el francés Yohann Diniz.

Una vez se lo escuché retratar a Rafa Iglesias y sobre todo a su entrenador Juan Carlos Granado, incapaz de explicarlo de una sola vez. Él seguía al atleta por detrás en bicicleta y, de repente, en el kilómetro 36 de aquel maratón de San Sebastián, sintió que el mundo se había vuelto loco. El atleta empezaba a dejar caer sus necesidades sin avisar y sin dejar de correr por debajo de 3’15”. Pero no había otro remedio. No podía resignarse frente a las inquietudes que procedían de su estomago. El dolor no tenía por qué impedir nada. Él quería ser campeón de España e iba a serlo. Sin la ambición, el mundo sería más pequeño.

Los atletas son así y así se explica una de las hazañas de estos JJOO, la de los 50 kilometros marcha, la de un viejo héroe de 38 años: Yohann Diniz. Hace horas que ya acabó su guerra de Vietnam en Río de Janeiro. ‘L’Equipe’ ya le entregó su portada y nosotros le entregamos nuestro corazón sin pedir nada a cambio. Sería deshonesto. Fue él, Diniz, quien se metió en nuestras vidas antes de darle nuestro número de teléfono. Fue él quien firmó un tratado de paz frente a la agonía. Fue, en realidad, una de esas vidas que nos explican en una sola vida que el atleta es más fuerte que el odio. Así que hoy le adoramos todos, hasta los que nunca se pusieron unas zapatillas, porque Diniz refleja lo que aprendimos de la prehistoria: esa ancestral capacidad del hombre para sobrevivir, la misma que nos enseñó Rafa Iglesias en San Sebastián, tenemos memoria. La memoria está para días así.

AFP
Photo JEWEL SAMAD/AFP

Ser atleta, en realidad, es esto. Un corazón y unas piernas agotadas y a la vez invencibles. Una manera de poner de ejemplo a la ambición, de caer como cayó Diniz y de levantarse como se levantó Diniz. Porque la agonía es así. Sus riesgos son retratados en todas partes del mundo. Viajan a nivel mundial y casi ninguno de los que la conocemos la tenemos tanto miedo. Siempre se puede salir del infierno. Siempre se puede dar la razón a Anthony Perkins en ‘Psicosis’ cuando decía que “todos nos volvemos locos alguna vez” y que la locura no lo impide todo. Y, si acaso, lo magnífica.

Hoy, nos sentimos reflejados en Diniz, en su dolor y en su orgullo. Hasta es posible que no haya prosa en el mundo capaz de explicar un momento así. Pero la magia de la agonía es esa, la de desorganizarlo todo o la de herirnos sin destronarnos. Por eso la próxima vez que volvamos a ver a Diniz tal vez ya no sea con un dorsal atado al pecho, sino en el estrado de una conferencia explicando las múltiples posibilidades del hombre para sobrevivir. Lo agradeceremos. Su palabra ya es ley para nosotros. Su diploma olímpico nos sabe a medalla de oro. Y su vida, como la de Rafa Iglesias, una prueba de que la fragilidad no existe.

@AlfredoVaronaA


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