La lucha interna de la mejor vallista española

La lucha interna de la mejor vallista española

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Teresa Errandonea, de 25 años, ha tenido que salir de su zona de confort al lado de casa para encontrar lo mejor de sí misma en el atletismo. “No era culpa de nadie, sino mía que, después de tanto tiempo, necesitaba otra cosa. Y en la vida hay que tomar decisiones”. 

Todo empezó ese día en el que ella le propuso a Ramón Cid quedar para tomar un café y Ramón Cid, ese tipo curtido en mil batallas que parece saberlo todo, le dijo:

-Yo creo que te puedo ayudar.

Fue ella, Teresa Errandonea, la que provocó esa cita, la que le preguntó a Carlos, el hijo de Ramón Cid con el que sale desde que tenía 16 años y que también es un atleta que ha llegado a hacer 2,09 en salto de altura:

-¿Cómo entrena Ramón? 

Hasta entonces Ramón solo era el padre de su novio con el que había coincidido en alguna celebración: cumpleaños y cosas así. Pero ahora Ramón Cid es el hombre que entrena a Teresa Errandonea en San Sebastián. El mismo hombre que en estos días de clausura le manda los entrenos cada mañana por Whattsap o directamente coge el teléfono y le pregunta:

-¿Qué tal de ánimos?

Y ella, Teresa Errandonea, le contesta, sonriente, que ella está bien y que claro que volveremos a soñar y a cumplir sueños como este último invierno en Gallur o en Orense y a abrazarse porque fue un invierno entre abrazos, mágico antes de que cayese esta tormenta que nos metió a todos en casa.

Entonces Teresa se compró un rodillo que colocó en el trastero del piso de Irún, a 25 minutos de San Sebastián, donde sueña con bajar algún día de los 8 segundos en los 60 metros vallas y de superar los 12.84 que era la mínima olímpica en 100, una alternativa real, a día de hoy, real como la vida misma.

Nosotros nos sentimos encantados de creer en ella, de imaginarla algún día en una final olímpica y de recordar que todos tenemos derecho a soñar.

Mientras tanto, ella se defiende de la adversidad haciendo circuitos de fuerza en casa, entrenando en las escaleras de su comunidad de vecinos o en esa recta de 50 metros que tiene en el garaje de la que nunca imaginó que pudiese sacar tanto provecho.

Los vecinos, que la ven, lo entienden:

-Ellos me conocen como la chica que corre.

Teresa Errandonea, en realidad, corre desde los ocho años cuando empezó en Irún. Allí estaba toda su vida hasta que, metida en esa lucha interna consigo misma, decidió que tenía que cambiar y le dijo a Ibon Muñoz, el entrenador con el que llevaba toda la vida, que se iba. Que tenía que irse. Y no fue fácil.

-Claro que no fue fácil -admite ella-, porque al decírselo sentía que le estaba fallando a él y en esta vida no conozco nada peor que fallar a las personas. Pero yo no podía seguir así: no estaba bien. Me sentía bloqueada. Tuve algunas lesiones que tampoco me beneficiaron. Había pensado, incluso, en dejar el atletismo hasta el día que se lo dije: ‘Mira, Ibon, este no es un problema tuyo, es un problema mío que necesito salir de aquí, necesito salir de esta pista de Irún’.

-Y se fue.

-Me fui porque tenía que hacerlo. Eran muchos años en el mismo sitio: yo siempre había estado allí. No he tenido ninguna experiencia en el extranjero ni en ningún otro lugar. El cuerpo me pedía un cambio. Tenía esa lucha interna que debía solucionar y, una vez que se lo dije a mi entrenador, me dije, ‘Teresa, ahora se lo tienes que decir a Ramón Cid y él tiene que aceptar’, pero fui, se lo dije y él aceptó y empezó, para mí, una nueva etapa.

Hoy, Teresa Errandonea habla en voz alta de la felicidad, de la conformidad consigo misma.

-Que no, que no, que Ramón no es ningún sargento, entre otras cosas porque no le damos motivos. Pero es que, además, le tenemos tanto cariño que procuramos hacer todo lo que nos dice. Al final, él ha pasado por todos los caminos por donde yo pretendo pasar.

En el último cumpleaños de Ramón Cid el grupo de entrenamiento le regaló “un Ipad nuevo”: Teresa Errandonea colaboró como la que más.

En realidad, la felicidad con la que colaboró en ese regalo significó todo lo que buscaba cuando tomó esa decisión de venir a entrenar a San Sebastián, cuando se alejó de la que podía haber sido su zona de confort para toda la vida en Irún donde lo tenía todo a mano al lado de casa. “Sin embargo, para ir a San Sebastián tengo que coger el coche y no se tarda mucho porque es autopista, pero sí es verdad que la entrada a la ciudad es lenta”.

Desde entonces, han pasado casi dos años y este invierno se han recogido los resultados con una brillantez que nos supedita a escribir de ella o a preguntarle qué ha cambiado con Ramón Cid.

-Yo, sobre todo, diría que para trabajar la resistencia en los 100 vallas hacemos series con 12 vallas separadas 8 metros cada una. Pero, no sé, cambiar cambian demasiadas cosas porque cada entrenador tiene su método y son tantas cosas: las series, los arrastres, la fuerza, la técnica… El primer año, para mí, ha sido de adaptación. Pero sé que el atletismo es así, que en el atletismo se necesita tiempo.

-Eso dice todo el mundo.

-Yo quiero comprobar hasta donde puedo llegar y tiene que ser a partir de ahora. Mire, si no fuese por el atletismo yo ya no viviría en casa de mis padres y, en vez de trabajar a media jornada en la empresa en la que trabajo, creo que podría hacerlo a jornada completa y entonces sí podría independizarme. Pero quiero saber lo que puedo hacer en el atletismo. No quiero arrepentirme de nada. No quisiera decir en el futuro, ‘me gustaría haberlo intentado’, y ya no poder hacerlo.

Hija de un visitador médico y de una empleada de la Agencia Tributaria, Teresa Errandonea ha pensado alguna vez en ir al CAR de Madrid o de Barcelona. “Sí, sobre todo cuando empecé en la Universidad. Tuve esa idea. Tuve esa tentación. Pero después desistí porque me encanta vivir aquí, al lado de la costa, poder coger una tarde e irme a una cala; me encanta el paisaje y me encanta vivir rodeada de mi familia, de mi gente, tener un problema y tenerlos aquí al lado. Por eso no me veo viviendo en ninguna otra parte”.

Mientras tanto, su vida se divide en dos. Una, por la mañana de 8,30 a 13,00 horas donde trabaja en el departamento financiero de una empresa. La otra vida es por la tarde cuando se viste de atleta. Sueña como atleta y se machaca como una atleta que, a los 25 años, se prepara para sacar lo mejor de sí misma. Quizá por eso esta fue una conversación desordenada y optimista llena de oportunidades: ella nunca fue una atleta tan buena como ahora.

Nosotros tampoco la esperábamos con la rotundidad de este invierno  que un día ella resumió así en redes sociales.

-Los sueños a veces se cumplen y los míos han empezado a hacerse realidad – escribió tras lograr la tercera mejor marca española de todos los tiempos en los 60 metros vallas.

Después, añadió:

-Gracias, Ramón Cid, todo esto es tuyo.


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