La que has liado, Fernando

La que has liado, Fernando

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Barrio de Canillejas. Humildad. Hijo de camionero y medallista europeo en 3.000 obstáculos. Con ustedes, Fernando Carro.
No lo sé, amigo. No sé cómo empezar ni cómo ahorrar palabras. Canillejas es la primera palabra que se me ocurre. Es más, si estuviese en Madrid me hubiera ido a escribir este texto a Canillejas, a tu calle, a la calle San Venancio, o quizás a la pista del Suanzes en la que empezó todo y en la que aún continúan Del Pueyo e Isidro. El tiempo ya sabes que no pasa por ellos. Canillejas. Hay vocaciones heroicas. Todavía continúan ahí impartiendo vida como si fuese ayer. Pero esto es hoy, amigo, y lo que acaba de suceder en el Estadio Olímpico de Berlín, quién lo iba a decir. Cómo explicárselo a tu padre, a ese camionero que ha pasado media vida en la carretera. El sacrificio. Canillejas. La valentía para no darse por vencido como explicabas hace dos años desde un vagón de Metro o desde un coche de segunda mano. Pero entonces la soledad no pudo contigo. El orgullo hizo su trabajo y por eso estás hoy en Berlín. Venció la máquina del tiempo. Y por eso has demostrado esta noche todo este valor. Canillejas.
Aprendiste que lo peor saca lo mejor de nosotros. Que el mito de Prefontaine no se puede acabar nunca. Que algún día puede pasar como en las películas: los sueños pueden cumplirse. Hay barrios, efectivamente, que no le despistan a uno: Canillejas. El barrio en el que la humildad hace las paces. El barrio en el que José Cano inventó una carrera mítica que cruzó el charco. El barrio que es tu barrio. Canillejas. La pista ésa del Suanzes donde a los chavales les da la bienvenida un magnífico graffiti tuyo que hoy, por encima de un dibujo, es un ejemplo. Canillejas. La maldita Canillejas que en estos días podría reclamar una calle a tu nombre. Sería maravilloso y los idealistas podríamos justificar que has aparecido en Berlín en el momento más oportuno cuando el atletismo español, huérfano de medallas, más  necesitaba a un loco como tú: la melena, la barba, los tatuajes, mi momento, tú momento

Así que no sé qué más decirte, amigo. A mí me gusta mucho escribir pero hay veces en las que no es fácil estar a la altura. Canillejas. No es fácil explicar que no es la medalla de plata. No es fácil explicar tanta emoción metida en  unas zapatillas que conoces de cerca. No es fácil agradecerte esa emoción que no olvidaremos nunca cuando has ido en busca de ese tipo que hoy volvió a parecer imbatible: Mekhissi Benabbad. Pero eso también es Canillejas, ese pedazo de realismo, ese golpe de ‘Cuentame’ que nos invita a sufrir, a llegar apretados a fin de mes y a veces, no muchas, nos compensa con emociones como ésta tuya que, sabrás, ha viajado por toda España. No quiero ni imaginar el grito de nuestro gran José Luis Capitán en Asturias. Canillejas. No quiero ni imaginar al Somalí en casa o a Sergio, a tu querido amigo Infestas, de vacaciones en Laredo, corriendo contigo esos últimos 300 metros. Pero es que no sabíamos que una carrera pudiese ser tan importante ni que un vecino pudiese llegar tan lejos.

Por eso es tan difícil… Me falta imaginación y mira que esta vez estaba avisado. Jugaba con ventaja  gracias a él, gracias a Infestas, el mito del pelo blanco. El portavoz de esta pasión que el sábado a mediodía, después de tú último entreno en el INEF, me enviaba por WhatsApp esa fotografía de despedida que te hiciste con tu gente, antes de marchar a Berlín. Entonces me avisó de que me preparase para algo grande con Fernando Carro. Quise creerle. Porque, como tú bien sabes, eso también es Canillejas, la calle San Venancio, la diminuta pista del Suanzes o ese mismo gimnasio, película en blanco y negro, a la que hoy no se le puede decir nada…. Tiene el orgullo inflado y no dormirá en toda la noche porque hay emociones como ésta tuya que nos hacen mejores personas. Y por eso mismo, amigo, son tan difíciles de contar.
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